Raghubir Singh, vibra análoga - Revista Capital

Vida & estilo

Raghubir Singh, vibra análoga

A 18 años de la muerte de este excepcional fotógrafo indio, el Met Museum de Nueva York decidió rescatarlo con una retrospectiva. ¿Por qué hoy? Quizás como contrapunto a la compulsión de Instagram.

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Por: Juan José Richards

A veces las instituciones culturales toman decisiones curatoriales que funcionan como verdaderas operaciones de rescate para creadores olvidados. A mediados de este año el Tate Modern de Londres realizó una enorme retrospectiva de la enigmática pintora turca Fahrelnissa Zeid que volvió a poner en valor su trabajo dos décadas después de su muerte.

Al otro lado del Atlántico, el Metropolitan Museum de Nueva York, a través de su sede de arte contemporáneo, el Met Breuer, hizo lo mismo con el fotógrafo indio Raghubir Singh. La muestra Modernism on the Ganges exhibe 85 fotos análogas, impresas en pequeño formato, que siguen cronológicamente la trayectoria de Singh, desde sus primeros trabajos como fotógrafo de prensa, a finales de la década de 1960, hasta sus últimos proyectos inéditos, de fines de los 90.

Se trata de fotos anteriores a cualquier programa de retoque digital y la mayoría fueron tomadas en la calle, sin preparación ni iluminación especial. Se sabe que Singh iba siempre de cámara de mano, con una película de color en el bolsillo. Al elegir a un artista así, el mismo año en que en Instagram se registran más de 500 millones de usuarios activos, el Met propone una pausa en la frenética pulsión global de registrar la vida cotidiana.

Singh nació en 1942 en una acomodada familia de Jaipur y a los 14 años su hermano le trajo de regalo desde Hong Kong una cámara de fotos. Inmediatamente se sintió conectado al dispositivo. Dejó el colegio y se transformó en fotógrafo autodidacta. Consiguió trabajo como corresponsal de revistas occidentales que le hacían encargos de fotoperiodismo y lo proveían clandestinamente de los rollos a color (que estuvieron prohibidos en la India, por tratados comerciales, hasta 1991).

Afinó sus ojos en las vibrantes calles de las ciudades indias. Donde había caos él veía la posibilidad de retratar interacciones humanas íntimas. Sus primeros trabajos exploraron la relación del cuerpo con su entorno: dos viejos amigos jugando ajedrez en una calle inundada de la ciudad sagrada de Varanasi o la lluvia del monzón marcando a través de sus saris empapados los cuerpos de un grupo de mujeres. Hasta que su carrera dio un salto en 1967, cuando una de sus fotos fue portada de la New York Times Magazine.
Desarrolló un ojo privilegiado para capturar cuerpos suspendidos, como el de un muchacho tirándose un piquero al río donde los indios van a morir o el de dos niñas columpiándose frente a una enorme concurrencia de niños y vacas. Tal como su referente, Henri Cartier-Bresson, se especializó en buscar “el momento perfecto” para disparar. Fue un defensor acérrimo de las fotos a color aunque sus pares las consideran vulgares.

Antes de morir en 1999, de un ataque al corazón a los 56 años, estaba trabajando en un proyecto de autorretratos o selfies pero en ese momento eran una oportunidad para re-pensar críticamente el rol del fotógrafo. Una de sus obras más icónicas retrata una tienda ambulante de espejos, donde la calle y todo su dinamismo aparecen fragmentados en una multiplicidad de reflejos. ¿La genialidad? El único cuerpo que está fuera de foco es el suyo, el del hombre con la cámara reflejado en un espejo al filo de la foto.

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