Revista Capital

Roberto Careaga recomienda

Bob Dylan, Trouble No More. Bootleg Series 13. 1979-1981
La cantera de Bob Dylan es interminable. No solo se trata de los discos con canciones nuevas que nunca para de publicar, también de la Bootleg Series que periódicamente rescata descartes, inéditos y presentaciones en vivo que Dylan ha ido dejando diseminados. Hay basura ahí, pero también joyas. Este año apareció Trouble No More, el disco número 13 de la serie. Recoge temas entre 1979 y 1981, período en el que Dylan se reveló como un ferviente católico. Es cierto que los discos de esa época tienden a agotar en su grandilocuencia, pero la selección de Trouble No More –recomiendo la versión resumida disponible en Spotify– es de una energía apabullante: casi siempre en vivo y acompañado por banda de poderosos rockeros, muchas veces con un coro góspel, Dylan suena como un predicador vehemente y rabioso que con su voz macerada en mil caminos polvorientos pide: “¡¿Cuándo vas a despertar?!”. Puede que sea el típico rock para estadios de los 70, pero yo imagino otra cosa: como el soundtrack perfecto para leer Meridiano de sangre, esa novela de Cormac McCarthy sobre un grupo de salvajes que avanzan por un desierto aterrador, con ecos bíblicos en todas las páginas. Dylan, de hecho, podría ser un personaje del libro: un músico nómade anunciando el apocalipsis.

Carrere. Colección Compendium, Anagrama
La verdad se puso de moda en la literatura. Javier Cercas habla de las novelas sin ficción. El mejor en el rubro es el francés Emmanuel Carrere. Lo conocí con Limónov, ese libro que más que con las reglas de la narrativa, opera con la brutalidad de un afiladísimo cuchillo para contar la vida real de Eduard Limónov, un poeta salvaje, punk y nacionalista soviético de los 70 que terminó como un enemigo de Putin en la Rusia de hoy. Lo leí mientras escribía la biografía de Rodrigo Lira y mi aspiración era escribir un libro así. No logré tanto. Editorial Anagrama acaba de lanzar Carrere, un libro que reúne tres de sus mejores libros: El adversario, Una novela rusa y De vidas ajenas. La primera aspira a clásico: Carrere cuenta cómo el ciudadano Jean-Claude Romand un día de 1993 mató a su esposa, sus dos hijos y sus padres ante la posibilidad de que descubrieran su doble vida por 20 años: no era médico, no trabajaba en la OMS. Todos los días no hacía más que subir a su auto y leer todo lo que tenía a mano.

Bojack Horseman. Netflix.
Vi Stranger Things, pero no me da para Game of Thrones, tampoco para House of Cards. Quizás tengo Netflix por los monitos: mis hijos podrían vivir en canal Kids y yo encontré lo que buscaba en Bojack Horseman, una serie de dibujos animados para adultos perfecta para quienes en los 90 nos formamos con Los Simpson. Ambientado en un universo en que conviven humanos y animales, Bojack es un caballo que vive de su antigua fama en un sitcom familiar, pero ya a los 50 años es un vago promiscuo que toma demasiada cerveza y whisky, nunca les dice no a la drogas y, sobre todo, es un narciso patológico. Es un perdedor, claro. La serie tiene un humor delirante y, casi siempre, amarguísimo: en la primera temporada –son cuatro–, Bojack debe escribir unas memorias y hace un repaso de su vida descubriendo lo obvio: nadie le importa y hace todo por conveniencia. Es un caballo despreciable. Un despreciable al que uno quiere.

Ehiopiques Volumen 4: Ethio Jazz & Musique Instrumentale, 1969-1974, Mulatu Astatke, 1998
En alguna lista de recomendados de Spotify me apareció la canción Tezeta (Nostalgia). Se puede flotar con ella: sobre una delicada base de piano y guitarra rítmica sin apuro, un saxo suena desplegándose con misteriosa calma, cada vez más hipnótico. Es un sonido exótico interpretado bajo las normas del jazz. La canción es parte de Ehiopiques Volumen 4, serie que recoge el jazz etíope y en este volumen todo es de Mulatu Astatke, un músico de Etiopía que cruzó los sonidos tradicionales de su país con los ritmos de Duke Ellington. Si vieron la película Flores rotas, de Jim Jarmush, lo conocen, porque el soundtrack es casi todo de él. Yo no lo sabía hasta escuchar este disco, capaz de transportarnos a un lugar lejano, fuera de Occidente.

Feria antigüedades barrio Brasil
Hace unos años buscaba una caja de madera que, al menos, pareciera antigua. La encontré en la Feria de Antigüedades del barrio Brasil. Es un gran galpón ubicado en la esquina de la calle Brasil con Presidente Balmaceda, y aunque no es para nada un lugar secreto, nunca hay mucha gente. Es un lugar silencioso, de otro tiempo: hay unos 50 locales con diferentes tipos de muebles y antigüedades, algunos de verdad valiosos, otros más accesibles. En un costado, hay un pasillo con los objetos más caros y ahí uno se transporta a un mundo sorprendente y algo irreal.

Torta de Snickers, de Daniel’s Backery
Es una bomba calórica: una trozo grande de una torta a base de mantequilla de maní y chocolate, coronada por un pedacito de una barrita de Snickers. Una persona controlada debería comerse la mitad, o compartirla. Para mi gusto es el plato dulce estrella de la cafetería Daniel’s Backery, que tiene una carta muy atractiva –incluye salados– y en la que también brilla un brownie blanco. Está en Celerino Pereira 1530, esquina Amapolas, un barrio residencial de Ñuñoa al que llega mucha gente.