Vida & estilo

Juego de espejos

Las fotografías de Josefina López en Galería NAC nos devuelven una incómoda imagen de nosotros mismos como espectadores frente al arte.

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Por: Juan José Richards

n muchacho está haciendo un croquis en el interior de un museo americano, la luz exterior se filtra por un ventanal y cae cenitalmente sobre el blanco de la página. A sus espaldas hay nubes: son algunos de los enigmáticos estudios que el pintor romántico John Constable hizo durante el siglo XIX. Constable produjo cientos de paisajes hechos al aire libre y en 1821 empezó a pintar nubes sin la referencia del horizonte. Ahora, una decena de ellos constituyen el horizonte de una sala de exposiciones y están alineados al interior de una luminosa sala del Yale Center for British Art, en New Haven. Es a través de una foto que vemos cómo un muchacho, mientras dibuja, les da la espalda.

Observar detenidamente la figura de un espectador al interior de un museo genera un desajuste porque activa una compleja red de relaciones de identificación y referencias que nos devuelve una imagen paralizante de nosotros mismos. Desconcertante. Así es la exposición 1/15 de silencio, de Josefina López, en Galería NAC, donde retrata a personas frente a cuadros en museos. La premisa funciona con la lógica de una muñeca rusa: cada obra fotográfica es un portal hacia otras obras. Y así lo confirma Pedro Donoso en el texto que da la introducción a la sala: “El museo es una estación de referencias. Sobre sus muros se conservan las claves de un pasado que volvemos a anhelar como nuestro”.

Aquí, como espectadores, observamos una obra que contiene pasajes a más obras y a su vez a otros espectadores. Ese juego de espejos nos resulta simultáneamente fascinante y perturbador porque formamos parte de él.

La operación, por supuesto, no es nueva. Y quizás su referente contemporáneo más extraordinario sea Last seen, un proyecto que la artista francesa Sophie Calle comenzó en 1990 cuando se obsesionó con The Concert, un lienzo de 1664 del maestro barroco Johannes Vermeer que se exhibía en el Isabella Stewart Gardner Museum, de Boston. Por esa época, Calle –que tenía una muestra en la misma ciudad– agendaba todas sus entrevistas de prensa frente al óleo de Vermeer como excusa para poder verlo. Hasta que una mañana llegó al museo y se enteró de que el cuadro había sido robado.

El espacio vacío que dejó el lienzo se transformó en la excusa creativa para una serie de retratos fotográficos de personas frente a cuadros robados de museos, que la artista acompañó con textos en los que recogía testimonios y recuerdos de personas que conocían las pinturas de memoria: curadores y especialistas, pero también visitantes asiduos y guardias del museo. Su motor era la nostalgia. A diferencia de la operación de Calle que se vale de la ausencia, el gesto de Josefina López (que trabaja también como conservadora de arte) se aboca a la presencia: le interesan los cuerpos que gravitan en torno a una obra. Los que están ahí.

El suyo es un trabajo de alineación narrativa. Cada foto es un acierto porque cuenta una historia. Así vemos un grupo de turistas que parece más atento a la guardia del museo que a la monumental pintura de Rembrandt que tienen delante. O a un visitante que se hace sombra al ingresar al interior de una escultura luminosa de Antony Gormley. Las trece fotografías que López expone en NAC fueron realizadas durante un período de ocho años, en distintos museos, galerías e instituciones culturales del mundo a los que ella llegó a trabajar, investigar o conocer. “Me comporto igual que cualquier visitante. Miro, recolecto y espero. Nada está pauteado. Busco mi posición y mientras los elementos van acomodándose, aguanto la respiración y desaparezco”, dice.

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