Vida & estilo

Lecciones de vida: Matías Anguita

Ultramaratonista.

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“Vengo de una familia muy normal, sin deporte. Estudié Periodismo en la Arcis, pero no terminé y entré a trabajar a un banco. Partí como administrativo y llegué a ser ejecutivo de ventas. Me quedaron gustando las finanzas y entré a estudiar Administración y Finanzas en las noches. Entremedio me casé y tuve a mi hija. Me separé y siete años más tarde me casé, tuve otro hijo y me volví a separar. Soy una persona muy inquieta, me gusta la independencia y necesito a alguien que se mueva como yo.

Con mi metro 66, pesaba 96 kilos y fumaba tres cajetillas de cigarros al día. Hasta que un día dije: esto me va a matar. Como no hacía deporte, partí caminando y corriendo cada vez que me daban ganas de prender un cigarro. En esa época no se veían corredores, ni había marcas deportivas de moda. Todos quieren todo altiro. Yo fui avanzando de a poco. Si quieres correr, lo primero es tener paciencia.
De tres veces a la semana que corría 5K, pasé a 7K seis veces a la semana. Entonces decidí correr 21 k. De ahí me pasé a la maratón y caché que tenía capacidad para más. Me metí a los ultra, que son todas las carreras de más de 42 kilómetros.

Quería dejar de trabajar y dedicarme al deporte. Hay un efecto raro, no sé si es Chile o todo el mundo. Pero siempre hay alguien que no cree. Me decían ‘estás loco’. La gente te traspasa sus miedos. Hoy doy charlas, y lo primero que digo es ¡bloqueen esos comentarios! Por eso me hice mi primer tatuaje: nada es imposible.

En ese entonces trabajaba en la Fiscalía Sur como subgerente administrativo. Era una buena pega. Empecé a entrenar a amigos, hasta que formé mi propia empresa de entrenamientos. De eso vivo hoy.
Mi primer desafío fue correr de Arica a Cabo de Hornos. Me demoré 63 días en recorrer 4.830 km, en tramos de 80K diarios. Después de hacerlo, me tatué el mapa de Chile. Hoy soy adicto a los tatuajes y he decidido dejar un registro en mi cuerpo de todos mis desafíos.

Después corrí Buenos Aires-Valparaíso: 1.600K en 25 días. Se me inflamó un tendón. Tenía la energía, pero me dolía demasiado. El chileno promedio habría parado. Pero yo no soy un chileno promedio. Los desafíos son 70% cabeza y 30% piernas. Hay que luchar contra la lata, el cansancio, el ‘estoy chato’. Yo soy muy estricto conmigo mismo.

Hace tres semanas llegué de mi tercer desafío: Río de Janeiro-Santiago; 3.200K en 55 días. Este ha sido el más duro, tres países, cambio de clima, conseguirse escoltas. Finalmente, lo más difícil es la logística, que demora como un año de preparación.

Los desafíos me enseñaron que la vida es simple. En dos meses no necesité nada más que comer y correr. Ahora me choca que todos quieran tener más y que quieran mostrarlo. Estamos metidos en una rueda que no para y muy pocos logran bajarse. Yo creo que hay un camino paralelo que llega al mismo lugar.
La gente jura que me levanto todos los días con ganas de correr, pero hay veces que no quiero entrenar. Pero a los 10 minutos de correr estoy feliz. Me muero sin deporte. Me llena el alma, me cambia la cara, el genio.

Tengo 45 años y no creo que logre llegar más allá de los 50 con desafíos. Pero no me preocupa, quiero seguir entrenando y dando charlas motivacionales.

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