Revista Capital

Lecciones de vida: José María Maza Sancho, astrónomo

Por: Carla Sánchez
Foto: Verónica Ortíz

“En unos meses, voy a cumplir cincuenta años como académico de la Universidad de Chile. Machado dice que nuestras horas son minutos cuando esperamos saber, y así me ha parecido este medio siglo: apenas un instante.

De niño vivía en Parral y siempre quise ser ingeniero. En vista de que el liceo de allá no tenía muy buena reputación académica, me mandaron interno al Barros Arana. Llegué a segundo de humanidades –lo que equivale a octavo básico– con 11 años. Mis compañeros –tenían 12 y 13– me pasaban por una cabeza. Me hicieron bullying, me molestaban por mis orejas grandes y me pusieron sobrenombres desde lo humano a lo divino. Nunca lloré. Me hice amigo de otros tres que eran chicos y flacos como yo. Como si fuera una cárcel, había una cierta resignación de que los más matones del curso eran los que mandaban y el resto teníamos que quedarnos callados.

Mi hermana también se vino internada a Santiago y sufrió el mismo acoso. Pero ella no aguantó y al año siguiente se quedó en Parral. “Pepe, olvídate, te vuelves tú también”, me decía mi mamá, que lloró cuando me vine a estudiar a Santiago. A mí me parecía más importante el objetivo de convertirme en ingeniero, que pasarlo mal en el colegio.

Al año siguiente, volví al Barros Arana con mi colchón envuelto en un saco. Mis compañeros estaban sorprendidos de mi regreso y varios me saludaron con cara de espanto. Desde ese momento dejaron de molestarme y me respetaron más.

Mi personalidad cambió en el internado. En Parral yo era un niño sin complejos: tocaba piano en los actos y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. En el Barros Arana aprendí que la única manera de sobrevivir era ser invisible. Hasta el día de hoy me hacen bromas sobre mi personalidad de dos caras: si estoy en una reunión puedo no hablar nada y pasar desapercibido, o pararme arriba de la mesa y zapatear.

El madurar tan violentamente a temprana edad me marcó. Por eso, nunca quise adelantar a mis hijos. El mundo afectivo y cómo te relacionas con la gente es casi tan importante como la madurez para entender un fenómeno. Siempre he sido muy autoexigente y nunca he considerado que mis resultados hayan estado a la altura de mis expectativas. Nunca he creído que los premios signifiquen que uno es superior o una mente brillante. En ciencia, más del 90% del tiempo estás transpirando mucho, haciendo cosas rutinarias, y el 5% es talento. Siempre les digo a los niños que si a ese trabajo duro le suman inspiración, va a salir algo bueno. Pero el talento puro no existe”.