Vida & estilo

Juan Gabler

Empresario gastronómico.

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Lo que he aprendido es que cuando se te cierran puertas, hay que ver cuáles se entreabren. Y atreverse a empujarlas. Porque muchas veces uno cree que hay un vacío detrás.

Cuando salí del colegio, saqué un muy buen puntaje, y quería estudiar arte, pero mis padres no me dejaron. Tenía dos opciones: física nuclear (porque era súper matemático) y arquitectura, y opté por esta última en la UCV. Me retiré casi al final, y me convertí de todos modos en artista, pese a la oposición de mi familia, que era muy tradicional.

Así estuve un tiempo, hasta que me hice esquiador profesional, cerca de 10 años, compitiendo en Chile y EE.UU. Llevaba una buena vida. Para el terremoto de 1985 me fui a recorrer en moto la cordillera de la Costa, la zona devastada desde Temuco a Valparaíso. Llegando a Constitución, tomé una curva muy rápido, en un camino de tierra, y caí por el cerro abajo. Me rompí un cartílago, y eso me impidió hacer deporte a nivel competitivo para siempre.

Tuve que reinventarme, y empecé a hacer trabajos de arquitectura. Diseñé y construí la cadena de videos Errols. Abría dos locales al mes. Pero me aburrí, porque si seguía en Chile iba a terminar con una tremenda empresa de construcción. El trabajo estaba creciendo mucho y no quería seguir haciéndolo. Me deshice de la empresa, se las dejé a los trabajadores. Y reduje mi vida a un par de maletas. Es maravilloso: la libertad de tener todo en una mochila y un maletín.

Con lo puesto me fui a exponer a París, me fue bien, vendí todos mis cuadros, pero me empecé a quedar pegado con una polola francesa, y de repente caché que tenía que seguir mi camino, y la dejé y me fui a Berlín. Estuve tres años allá, justo después de la caída del Muro, viviendo como okupa. Con un grupo de artistas nos tomamos un edificio enorme de tres mil metros cuadrados, que había sido el primer centro comercial del mundo.

Me tocó hacer una exposición en Chile, en el MAC, y ahí conocí a mi actual mujer. Nos casamos, y nos pilla la crisis del 98, no teníamos ni uno, nos moríamos de hambre. Me conseguí plata prestada y con otros dos amigos pensamos montar un restaurante. Al principio iba a ser tailandés, pero luego optamos por una parrilla de alto nivel. Yo era vegetariano, pero fui a Buenos Aires a probar carne y conocer los restaurantes.

Así nació Cuerovaca. Era para 70 personas, tenía 160 metros cuadrados; ahora caben 170 y hay 700 metros construidos. Llevamos 17 años y sumé los dos locales de Cívico, dedicados a la comida chilena. Todo se ha hecho a pulso.

Pienso que si uno no cambia de manera radical, se acomoda demasiado. La vida tiene muchas etapas. Quién sabe qué voy a hacer cuando me aburra de esto.

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