Vida & estilo

Alerta húmeda

En Chile hay cientos de humedales. Y su reducción es dramática. Pocos saben que estas verdaderas “esponjas” regulan el ciclo del agua y controlan tanto inundaciones como sequías. Que en su interior guardan toneladas de carbono, cuya liberación generaría un enorme daño medioambiental. Y que su destrucción reduce el agua dulce disponible en el planeta. Por Carla Sánchez M.

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humedales

Katherine Kenrick con suerte había oído alguna vez hablar de los humedales. Socióloga de profesión, simplemente quedó maravillada la primera vez que visitó la propiedad de 14 mil hectáreas que tiene su familia en la alta cordillera de la Quinta Región. El enorme predio que había comprado su abuelo George Kendrick en 1911 –supuestamente con fines mineros– era más que una alucinante postal: en sus cerros se escondían numerosos glaciares, esteros y humedales. Todo a más de 2.500 metros de altura.

“Era una belleza sobrecogedora, donde los lugareños llevaban a sus animales a pastar a los humedales. Poco a poco se convirtió en un camping popular, donde el basural era indescriptible”, cuenta Catherine, quien visitó por primera vez el lugar el año 2003. Sin mayores conocimientos científicos, se fue dando cuenta de la riqueza del lugar y de la importancia de su biodiversidad. A pulso y con ayuda de sus amigos partió por restaurar el refugio, demarcar los senderos para mantener el lugar abierto al público y, lo más importante, conservar los cinco humedales y 24 glaciares existentes.

En términos simples, cualquier lugar donde haya agua dulce y biodiversidad constituye un humedal. Su importancia es que actúan como una gran esponja, regulando el ciclo del agua y el clima, y generan recursos hídricos para el consumo agrícola –la actividad que más utiliza el recurso hídrico– y el humano. Además, contribuyen en el control de inundaciones y sequías. Y en sus entrañas guardan toneladas de carbono, cuya liberación tendría un enorme efecto medioambiental.

Asesorada por el abogado Juan Carlos Urquidi, director del área legal de la consultora SustentaRSE, comenzó a tomar las acciones necesarias para proteger su santuario. Porque lo difícil, dicen, es darle el blindaje suficiente a un parque o área protegida para que no se vea amenazada por los derechos de agua, o los mineros. Porque cualquier persona puede inscribirlos sin ser necesariamente dueño de un terreno, argumentando un fin de utilidad pública. “En Chile se reparten los derechos de agua sin asegurar el suministro”, se queja Bárbara Saavedra, directora de The Wildlife Conservation Society-Chile (WCS).

El 22 de mayo de 2012, el Parque Andino Juncal de la familia Kenrick fue designado humedal de importancia internacional por la Convención Ramsar, la cual a nivel internacional vela por la protección y el uso racional de los humedales, mediante acciones locales e internacionales. “Esta área protegida es el esfuerzo más grande en términos de conservación privada de un Sitio Ramsar y de conservación de humedales en ecosistemas de montaña”, explica Alejandra Figueroa, encargada de humedales del Ministerio de Medio Ambiente. Este nombramiento reviste de enorme importancia, explica Figueroa, y es uno de los doce sitios Ramsar que existen en Chile (dentro de ellos figuran el salar de Huasco, el humedal el Yali y el Santuario de la Naturaleza Carlos Anwandter). En total, son 173.960 hectáreas.

“El paciente está enfermo”

Con lápiz en mano, el argentino Stephan Halloy –coordinador de Ciencias de la ONG The Nature Conservancy– grafica en el pizarrón el ciclo del agua y la formación de humedales. “La única agua que se produce es la que viene de las precipitaciones y la nieve, la cual se redistribuye de distintas maneras: la que cae más alto forma glaciares, la que lo hace en la cuenca intermedia forma los ríos, los cuales se insumen y dan origen a los acuíferos (aguas subterráneas)” dice Halloy. Pero existe otro elemento clave, según explica el biólogo, que son los humedales, los que “acumulan el agua y la van largando de forma paulatina. Actúan como reguladores. Los humedales bien manejados previenen los aluviones cuando hay fuertes precipitaciones y las sequías”, detalla.

Halloy está preocupado. Y no es que sea pesimista. Según los diversos estudios que ha realizado, la reducción de humedales es “dramática”. En particular, en la zona mediterránea, donde hay alta presión poblacional, agrícola e industrial. Una situación que se empeora con el cambio climático, “un enemigo contra el cual es más difícil trabajar”, dice.

El otro fenómeno grave es que “los glaciares –que alimentan a los humedales– se están derritiendo. Por un lado, tenemos más agua de la que tendríamos en una situación estable. Un exceso que nos malcría, porque estamos subiendo la demanda de agua hasta el nivel que nos proveen los ríos, cuando en realidad eso no va a ser sostenible, porque los glaciares se acaban”, alerta el científico. Un fenómeno que ocurrirá en décadas: “Calculo que en 50 años, los glaciares de la Región Metropolitana hacia el norte se van a derretir. Eso quiere decir que en medio siglo no va a haber nieve en la zona alta, seguirá habiendo nevadas en invierno, pero lo que se acumule se va a derretir en forma íntegra”, alerta.

¿Se puede revertir la situación protegiendo los humedales? “Sí, se puede palear restaurándolos e incentivando la creación de nuevos”, señala. Algo difícil de hacer, pues “son muy frágiles”, sentencia Figueroa.

Hace 7 años que el Ministerio del Medio Ambiente trabaja para definir la estrategia público-privada y estandarizar las metodologías para el estudio de ecosistemas y herramientas de monitoreo para ver la salud ambiental de los humedales.

“El paciente está enfermo”, dice categórica Figueroa. “Por una parte, les sacamos agua de manera persistente, sin tener precaución respecto a las recargas naturales y de respetar los procesos hidrológicos. No porque llueva concentradamente estamos bien; hemos aumentado las extracciones en agua y las presiones en la cuenca. Los humedales son una alerta de lo que está pasando en las cuencas”, explica la experta.

El Ministerio del Medio Ambiente preside el Comité Nacional de Humedales, el cual está integrado por 16 instituciones públicas (entre ellas la Subsecretaría de Pesca, la Dirección General de Aguas y la Conaf). Según explican, es difícil hacer un catastro de cuántos humedales existen en Chile, pero se calcula que el 2% de la superficie del territorio de Chile continental está cubierto de agua. En total, 756.629 hectáreas, las que en su mayoría están concentradas en la zona austral, en particular en la Región de Aysén y Magallanes. Ésos son los cálculos que maneja el Centro de Ecología Aplicada del Ministerio.

El 2006 se priorizaron 14 humedales alto andinos –ubicados en la zona cordillerana– por su importancia ambiental y ecológica. “Hoy, sabemos que este número debe ampliarse, hay un gran número humedales, pequeños, grandes, permanentes o temporales, sostenidos por la interrelación de aguas subterráneas, en una compleja matriz difícil de imitar”, alerta Figueroa, consciente de que en Chile “falta fiscalización y coordinación entre los distintos actores. No podemos seguir entregando los mismos subsidios que hace 30 años atrás. Hoy ha aumentado la población y nos falta una cultura para avanzar respecto a la sustentabilidad, lo que no significa tener que ponerle candado a los humedales”.

Las “esponjas” de la Patagonia

“Imaginen una esponja muy grande. Gigante. Más grande que una o muchas canchas de fútbol... ¡Mucho más! Imaginen que está empapada en agua fría, y que su superficie es blanda, suave y está brillantemente coloreada”, escribió en su blog la bióloga Bárbara Saavedra para graficar las turberas, como se conocen a los humedales que existen en la Patagonia. A diferencia de los clásicos humedales que están cubiertos de juncos, en las turberas crecen distintos tipos de musgos.

La situación de estos “icebergs de vegetación” preocupa a Bárbara Saavedra, quien se ha especializado en su estudio. “Bajo el musgo verde-rojizo, vivo y llameante, hay una montaña de materia vegetal que los sostiene, hundida en el subsuelo. Ese material invisible es la turba, la que en Chile se extrae para uso industrial como sustrato para champiñones o bulbos de flores, principalmente. “Tierra de hojas” milenaria... irreemplazable”, explica.

Esta ecóloga, partidaria de que por ley todos los humedales estén protegidos, trabaja en el Parque Karukinka, en Tierra del Fuego, donde hay más de 80 mil hectáreas de turberas.

“En nuestro país (tal como en Argentina), las turberas son los únicos ecosistemas vegetales terrestres que no podemos proteger. Aunque queramos. Ello porque se les considera dentro de la ley minera, y como tal, aunque alguien sea dueño de la superficie (incluyendo al Estado), otro alguien puede pedir una concesión y explotar la turba”, alerta Saavedra.

Pero la falta de protección de las turberas reviste de una amenaza incluso mayor: éstas contienen las reservas de carbono terrestre más importantes que, a su juicio, existen en el planeta. “Tal como los bosques mantienen carbono en sus estructuras como la madera, este iceberg vegetal contienen millones de millones de toneladas de carbono ‘atrapadas’ en el subsuelo. De hecho, las turberas del mundo (que cubren sólo un 4% de la superficie del planeta), contienen el doble de carbono que tienen todos los bosques del mundo”, dice. Y en caso de que se destruyeran, esas toneladas serían liberadas, generando un desastre medioambiental. •••

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La recuperación de humedales

Desde el mundo empresarial, los expertos destacan el trabajo que ha realizado Minera Los Pelambres en Laguna Conchalí (al norte de Los Vilos), el único sitio Ramsar protegido por una empresa privada en el país.

El año 2000, el humedal fue declarado Santuario de la Naturaleza y reconocido como sitio de interés internacional debido a su biodiversidad. Para ostentar la categoría de sitio Ramsar, Antofagasta Minerals generó una alianza con el Estado para postular y obtener dicha denominación, la cual finalmente se consiguió en 2004. Hoy están en plena elaboración de un Plan de Manejo del humedal, que considerará la participación de grupos de interés locales.

“En Antofagasta Minerals –y en este caso Minera Los Pelambres–, reconocemos la importancia de la conservación y el manejo sustentable de la biodiversidad, fomentando un impacto neto positivo sobre ella producto de nuestras actividades de desarrollo minero”, explica Gabriel Fuenzalida, jefe de Medioambiente de Antofagasta Minerals.

El sitio cuenta, además, con el apoyo del Centro Andrónico Luksic Abaroa (CALA) de Difusión del Medio Ambiente y la Minería, el cual tiene el objetivo de reforzar el carácter turístico del sector, permitiendo la difusión de la Laguna Conchalí, la riqueza arqueológica de Punta Chungo y Pupío, los usos del cobre y la compatibilidad entre la actividad minera industrial y la protección del medio ambiente. Un esfuerzo que ha tenido sus recompensas: “El año 2011, Minera Los Pelambres recibió por parte de la Comisión Ramsar para las Américas, el segundo lugar en un concurso en la categoría Gestión de Humedales”.

Pero AMSA no es la única empresa interesada en participar de la conservación de humedales. En 2006, la división Andina de Codelco manifestó su interés en el Parque Andino Juncal. “Querían ver la posibilidad de intervenir el territorio para ver si había minerales, hacer tranques de relaves, etc. Pero se dieron cuenta de que este lugar les servía mucho más como instrumento de compensación”, explica Juan Carlos Urquidi. De hecho, el lugar ya contaba con la declaración de impacto ambiental aprobada y el reconocimiento Ramsar.

“En una primera etapa –y siempre y cuando se cumplan todas las condiciones para celebrar el acuerdo– Codelco podría aportar hasta 2 millones de dólares al parque de la familia Kendrick.

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