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Artículo correspondiente al número 258 (7 al 20 de agosto de 2009)
Los vampiros salen de lo profundo de la noche para entrar al luminoso mainstream de la cultura pop, gracias a True blood, la serie estelar de HBO. Por Federico Willoughby Olivos.
Si el principio de esta década, en cuanto al género fantástico, lo protagonizó el regreso de la magia como un elemento luminoso y esperanzador (toda la saga de El Señor de los Anillos, gentileza de Peter Jackson, y la inocencia aristocrática de Harry Potter), lo que queda por ahora parece ya ser absoluta propiedad de los vampiros. Partiendo el año pasado por la película Crepúsculo, basada en la saga escrita por Stephenie Meyer y con una interpretación del mito de los chupa sangre en clave pop, donde las criaturas no solo no se esconden de la luz, sino que brillan al contacto de ella. El libro es empalagoso hasta decir basta, pero la versión en cine (con música de Muse y Radiohead) sirve como un anzuelo perfecto para una generación de jóvenes que ha mostrado simpatía por la estética gótica y la música “emo”.
Es cierto que, en los 80, Generación Perdida puso a los vampiros en el mismo lugar en el que están ahora: como un mito glamoroso en el cual la juventud puede reflejarse por sus aristas rebeldes y románticas; sin embargo, a diferencia de entonces, el fenómeno no llegó solo. Porque mientras las adolescentes del planeta sufren de amor por Edward Cullen, el vampiro caucásico de la obra de Mayer, el resto del orbe encontró a sus vampiros favoritos en True Blood. La serie, gentileza del premiadísimo productor y director de la emblemática Six Feet Under, es una adaptación de Dead until dark, el libro de Charlaine Harris. Ball descubrió la novela mientras hacía hora para el dentista y le llamó profundamente la atención la frase de la contratapa en que la protagonista decía: “quizás tener como novio a un vampiro no es tan buena idea”.
Protagonizada por una blonda Anna Paquin, la historia transcurre en New Orleans, en un mundo alternativo donde los vampiros decidieron salir a la luz luego de que se empezara a fabricar de manera masiva un suplemento sintético que reemplaza a la sangre que tienen que tomar para sobrevivir. Un mundo donde los humanos cazan a los vampiros para hacerse de su sangre y comercializarla por sus características de potenciador sexual. En ese mundo habita Sookie Stackhouse (Paquin) una telépata que tiene la mala idea de enamorarse de un vampiro en medio de una ola de asesinatos perpetrados, aparentemente, por uno de esos seres de la noche.
Puede que hasta ahí no se aparte de la clásica trama de estas historias (jovencita inocente atraída por un vampiro-malo-que-no-es-tan-malo), pero es la calidad y el oficio de Alan Ball lo que marca la diferencia. No sólo se desenvuelve de manera perfecta en la mitología propia de estos personajes malditos sino que le pone un toque de sabor creole. Al misterio y la sangre le agrega mucho calor, una población sureña plagada por rednecks y tradiciones de la América rural profunda.
No vamos a descubrir a Ball ahora (para eso basta ver la ya mencionada Six Feet Under o American Beauty, que dirigió); no obstante en esa trayectoria están las raíces de su particular mirada; en este caso, una versión menos estereotipada de los vampiros, más sorpresiva y menos cauta en cumplir con los cánones que la propia mitología impone. Lo que no es poco.