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Donde Hewlett conoció a Packard

Artículo correspondiente al número 211 (24 de ago al 06 de sept 2007)

Muchas grandes empresas comenzaron en un garaje y probablemente la mayoría tampoco fue concebida para cambiar el mundo, pero a juzgar por la forma en que Bill Hewlett y Dave Packard planearon su compañía parece que su verdadera intención fue rendir tributo al poder de la creatividad humana. Por Daniel Trujillo Rivas, desde Palo Alto, Estados Unidos.

 

Cuenta la leyenda que cuando William Hewlett y David Packard se metieron en un garaje para fabricar el primero de los miles de instrumentos que llevarían sus apellidos, ni siquiera tenían en mente hacer un buen negocio. Lo suyo, simplemente, era inventar. Corría 1937 y por esos días Palo Alto no era más que un grupo de barrios de clase media organizados en torno a la universidad de Stanford, donde Hewlett y Parckard habían sido alumnos de Fred Terman, verdadero gran maestre en las sombras de la Orden del Silicio, figura clave en el surgimiento de la industria tecnológica tal como hoy la entendemos y responsable directo de que al egresar como ingenieros eléctricos, ambos tuvieran la cabeza llena de ideas. Tan llena como vacíos sus bolsillos de estudiantes esforzados. Bill Hewlett partió a estudiar un postgrado al MIT, al otro lado del país, y Dave Packard, profesor recién casado, arrendó el primer piso de una casa en el 367 de Addison Avenue, una de esas tranquilas calles soleadas con amplias veredas y con grandes árboles de bucólica sombra.

 

Al regresar su amigo, Packard armó en el patio, con la aprobación del dueño del inmueble (que vivía con su familia en el segundo piso) una modesta pieza para que se instalara Hewlett, justo al lado del hoy legendario garaje. Contaba nada más que con un viejo catre militar, un espejo y un lavamanos. Se equivoca quien cree saber lo que es comenzar desde abajo sin haber visto esta habitación de austeridad sobrecogedora.

 

La casa nunca fue propiedad de ninguno de ellos y durante décadas fue cambiando de dueños, quienes –concientes o no de la historia que ahí se escribió– por alguna razón nunca modificaron su estructura. Fue adquirida recién en 1987 por HP Corporation, restaurada y conservada como un tesoro patrimonial, con el apoyo del registro Nacional de Lugares Históricos. Desde 2005 luce orgullosa un monolito que la señala debidamente como el preciso lugar de nacimiento de Silicon Valley.

 

Seis décadas más tarde el paisaje no parece haber cambiado mucho. Ubicado a unos 45 minutos del cosmopolita San Francisco, Palo Alto no es precisamente un lugar excitante, en apariencia, porque aquí y allá, en torno a las áreas residenciales, como satélites orbitando Stanford, se encuentran las instalaciones de las empresas tecnológicas que conforman el Valle del Silicio, con sus estilizados edificios de muchos metros cuadrados de superficie, pero pocos pisos de altura, generosamente provistos de estacionamientos y rodeados de hermosos parques. Acá se diseña el futuro, pero Palo Alto es como un pueblo tipo American pie dentro de un campo de golf gigante, donde nadie parece inmutarse por nada y, aunque parezca increíble tratándose del epicentro de la industria informática mundial, es imposible encontrar un cibercafé o descubrir a alguien pegado al Blackberry. De hecho, nadie parece trabajar por estos lados.

 

El campus central de HP no es la excepción. Si bien es temporada de vacaciones, la notoria ausencia de personas resulta alarmante para los latinos, acostumbrados a creer que trabajar duro es sinónimo de presentismo. Tenemos un imaginario donde decir trabajo es decir galeras. Los anfitriones nos explican que HP tiene una política muy usual en la industria, que es el trabajo a distancia. La mayoría de los empleados viene dos veces a la semana, para juntas o cosas puntuales. La soledad reina entre las grandes plantas libres con amplios cubículos individuales, salas de reuniones y zonas de descanso que exhiben en las paredes cuidados diarios murales dando cuenta de los avances de este programa de reciclaje o este otro proyecto comunitario. El silencio apenas es interrumpido por el leve zumbido de los servidores.

 

El ambiente induce al visitante a preguntarse ¿en qué está HP?

 

 

 

Corazón grande, calculadora pequeña

 

 

Conocer la historia de la compañía es el paso previo y necesario antes de informarnos sobre su presente y futuro. El recorrido nos lleva hasta las oficinas de los fundadores, el despacho interconectado de Bill y Dave, conservado también como un pequeño museo, donde todo está tal como lo dejaron. Otra leyenda cuenta que ellos impusieron la política de “puertas abiertas” para que cualquier empleado entrara directamente a hablar con ellos. La decoloración del parquet prueba la veracidad de la historia: el sol nunca llegó al espacio entre el muro y la puerta abierta.

 

Aquí se pueden ver documentos y fotografías de sus prolíficas existencias, caracterizadas por el emprendimiento, el servicio público y la filantropía. William Hewlett nació en 1913, se casó dos veces y tuvo cinco hijos. En su larga lista de contribuciones sociales figura la creación del Palo Alto-Standford Hospital Center y la Fundación William y Flora Hewlett, organización que todavía coordina su obra benéfica, principalmente en las áreas de la salud y la educación. Pero sin duda su vida giraba en torno a la empresa, donde su aporte se notaba en el área técnica (era el Giro Sintornillo del dúo). Ocupó los principales cargos ejecutivos hasta 1996 y luego permaneció como miembro del directorio hasta su fallecimiento, el 12 de enero de 2001.

 

David Packard, un año mayor, era el hombre de las lucas. Ya sabemos que se consiguió el garaje e hizo maravillas con los 538 dólares que reunieron como capital inicial para fabricar su primer invento, un oscilador de audio ideado por Hewlett, con quien tuvo una carrera paralela que se diferencia por su participación en política: en 1969, Richard Nixon lo designó subsecretario de Defensa, cargo que ocupó hasta 1971. Continuó siendo asesor de los gobiernos republicanos en el tema y tuvo gran amistad con Ronald Reagan. A partir de los 80 y hasta su muerte, el 26 de septiembre de 1996, Packard dedicó la mayor parte de su tiempo y dinero a proyectos filantrópicos. Al morir, en su testamento dejó 4 mil millones de dólares a la Fundación Packard.

 

En los pasillos aledaños a sus oficinas se exhiben los principales inventos de HP, de manera tal que el recorrido sirve como línea de tiempo, comenzando por el famoso oscilador de audio. Walt Disney fue uno de sus primeros clientes, compró ocho de esos instrumentos para desarrollar el sonido de la película Fantasía y luego se hizo imprescindible en la industria de las telecomunicaciones, segunda guerra mundial de por medio. El éxito del invento fundamentó el despegue de HP, que paulatinamente, se fue posicionando como líder en el desarrollo de equipos electrónicos de prueba y ensayo, hasta que en 1968 entraron en el negocio de las calculadoras. En esta senda marcaron hitos que a la postre serían fundamentales en el desarrollo de la computación actual, por ejemplo la HP-35, de 1972, la primera calculadora electrónica de mano que tres años más tarde evolucionaría hacia la HP-65, la primera programable, luego hacia la HP- 41C, de 1979, la primera alfanumérica, y la HP-28C, de 1987, la primera que resolvía problemas algebraicos simbólicamente. Tal visión hoy nos parece simple y obvia, pero vaya que tiene gracia ser el primero. Se trataba de desarrollar calculadoras cada vez más completas y poderosas, pero tan pequeñas que pudieran caber en el bolsillo de la camisa. Vistos en retrospectiva, estos artilugios aún se ven voluminosos y la nostalgia provoca sonrisas cuando nos topamos con el otrora tan admirado reloj pulsera-calculadora, creación de HP a mediados de los 70 con inspiraciones 007 y toda la parafernalia de Bond, pero, para ser justos, un armatoste. HP entró al mercado de las computadoras en 1966 con la 2116A, diseñada para reunir y analizar los datos producidos por otros instrumentos de HP, utilizadas para control de procesos, administración de alarmas y supervisión de máquinas. Importa señalar que los primeros modelos apenas cabían en la habitación. En 1972, se lanzó de lleno a la incipiente informática comercial con la serie 3000, un sistema multiusuario que se hizo muy conocido por su alta fiabilidad y que ha evolucionado hasta hoy en una familia completa de computadoras. En 1982, HP presentaba la primera estación de trabajo, HP 9000 y más tarde su primer PC: la Touchscreen 150, provista con MS-DOS. No anduvo muy bien hasta que 1985 salió a la venta la Vectra, una máquina basada en el 286 que fue la primera de una línea completa de PC compatibles con IBM.

 

 



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