• 10 mayo, 2018

LAS FUERZAS SOCIALDEMÓCRATAS VENDRÍAN A SER LA MEJOR CONTRAPARTE DE UNA CENTRODERECHA MÁS REFLEXIVA, COMO LA QUE UNO NOTA EMERGIENDO EN LOS ÚLTIMOS AÑOS.

Por Hugo Herrera

Las últimas elecciones y el proceso que ha seguido muestran que las fuerzas socialdemócratas pasan por una profunda crisis. Los socialistas echaron abajo tres candidaturas presidenciales viables. El PPD aún no logra articular una directiva que exprese a los distintos sectores y quedó reducido a una escuálida presencia en la Cámara. Ambos se debaten todavía entre mantenerse más cerca de un espíritu parecido al de la ex Concertación y Lagos, o conservar la inclinación hacia la izquierda del Frente Amplio.
Es importante que en Chile se reconstituya la socialdemocracia. Esa reconstitución es relevante para el país, no solo para ese sector político. También para la centroderecha.
Los grupos socialdemócratas tienen un compromiso con un Estado de bienestar y la mejora de las condiciones de las capas pobres, los trabajadores y los más débiles; pero esos compromisos están enmarcados dentro de un estricto reconocimiento de las instituciones de la República: la división de poderes, la representación y la libertad. No están dispuestos a socavar la legitimidad del Parlamento en aras de atribuírsela a asambleas populares; ni a renunciar a la profesionalización del Estado; ni tienen en su horizonte la superación de la institucionalidad, en una existencia de tipo postinstitucional. Son, en último trámite, republicanos, no revolucionarios.
En todo esto se diferencian de parte importante de la llamada nueva izquierda, aquella que se articula desde las movilizaciones de 2011 y que se encuentra en el Frente Amplio, el Partido Comunista e incluso, aunque más marginalmente, en el PS.
Aquí hallamos una consideración instrumental de las instituciones republicanas. Ellas son concebidas como construcciones que, si bien contienen una dimensión emancipatoria o de plenitud, poseen también un aspecto opresivo. Esto puede decirse, por ejemplo, tanto del mercado cuanto del Estado. Ambos posibilitan cierta plenitud: el mercado, un intercambio libre e informado de bienes y servicios; el Estado, suspender la violencia privada. Sin embargo, ambos son también frustrantes u opresivos: el mercado, en la medida en que allí se privilegia sin contrapeso el interés individual o el egoísmo, termina dañando al menos útil o astuto, o simplemente alienando a sus participantes, centrados en sus propias aspiraciones, sin considerar las del vecino; el Estado daña, en tanto que él es una organización violenta.
El proceso que propone la nueva izquierda es avanzar, dando pasos hacia una superación de estas instituciones. Se dice que se trata de la superación solo de su aspecto opresivo, no de su aspecto emancipatorio. Pero aquí hay una trampa en la argumentación. Pasa que no es plausible pensar –puesta una inclinación hacia el interés personal tan fuerte como la pulsión colaborativa– en un intercambio libre e informado de bienes y servicios sin resguardos institucionales; ni admitir –dado el hecho de la diferencia y el conflicto– una situación de comunidad política sin un orden estatal en último término coactivo.
Entonces ocurre que el énfasis en el horizonte ideal o utópico de la nueva izquierda acaba, a medio camino, incentivando el descuido del marco republicano y del principio de la división del poder social: entre el mercado y el Estado, así como al interior del mercado y del Estado. Se abre así el riesgo de una política populista, como la que nos llena de desazón cada día, en Venezuela.
Reconocer la inverisimilitud de un orden postinstitucional en el cual fueran posibles el intercambio libre de bienes y la paz, sin egoísmo ni violencia, no significa, empero, contentarse con el statu quo. La diferencia entre fuerzas nudamente retardatarias y fuerzas progresistas socialdemócratas radica en que estas, si bien mantienen la lucidez sobre la imposibilidad de una situación postinstitucional, no renuncian a la exigencia política de avanzar hacia reformas que hagan, tanto del mercado, cuanto del Estado, instituciones compatibles con la plenitud humana.
Esas fuerzas socialdemócratas vendrían a ser la mejor contraparte de una centroderecha más reflexiva, como la que uno nota emergiendo en los últimos años. Pues, si bien habrá diferencias relevantes entre ambos sectores, no hay una distancia radical en la concepción institucional y republicana que ambos tienen de la política. El intercambio de dos constelaciones moderadas y reflexivas sería la mejor manera de brindarles una base de sustento y avance a los destinos del pueblo, dentro de una institucionalidad republicana, en las décadas por venir.