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Por Fernando Chomali
Valores no negociables

25 Nov 09


Faltaría gravemente a mi condición de obispo si dijese que da lo mismo casarse que no casarse, tener relaciones sexuales antes o fuera del matrimonio que ser casto y fiel. Faltaría gravemente a mi condición de pastor si no interpelara a los candidatos a la presidencia sobre su posición al respecto.

Sin duda, hay mucha confusión en temas fundamentales que tocan el corazón de la convivencia, como lo son los vinculados al matrimonio, la familia y al respeto que merece la vida. Son temas que no pueden quedar atrapados por las encuestas, sino que han de ser vistos a la luz de la verdad que hay en ellos, lograda a la luz de la fe y de la razón. Cuando verdades tan fundamentales quedan supeditadas a la opinión, a las encuestas, la sociedad va a quedar a merced de ellas y de allí a la pérdida de horizonte y a que la fuerza de la razón ceda el paso a la razón de la fuerza, hay un solo paso. Pretendo en este artículo hacer ver que estamos frente a dilemas éticos sobre los cuales urge pronunciarse con claridad so pena de emprender como país una marcha sin retorno y con graves consecuencias.

Juan Pablo II dijo a los obispos en 1978 que “cuando un pastor de la Iglesia anuncia con claridad y sin ambigüedades la verdad sobre el hombre, revelada por Aquel que conocía lo que en el hombre había (Jn. 2,25), debe animarlo la seguridad de estar prestando el mejor servicio al ser humano”. Por lo tanto, en mi calidad de obispo, presto el mejor servicio cuando hablo acerca del hombre a la luz de lo que el mismo Dios, Jesucristo, dice respecto de él.

Este tema no es menor. Especialmente hoy, cuando veo con preocupación cómo los aportes más significativos que el cristianismo ha entregado a la humanidad y su cultura, están siendo cuestionados, incluso por algunos que profesan la fe católica. El daño que hacen es inmenso. Y pareciera que no se dan cuenta.

Mientras en el corazón y en la inteligencia de tantos y tantos jóvenes se va configurando el anhelo de formar una familia, muchos proclaman que basta con una simple unión de hecho. Mientras los padres de familia hacen esfuerzos sobrehumanos para que sus hijos se casen y tengan descendencia conforme al maravilloso lenguaje de la naturaleza, algunos postulan que una agregación afectiva de dos personas del mismo sexo debiese tener el estatuto de matrimonio. Mientras los niños lo que más desean son un papá y una mamá en la casa, algunos Estados se los niegan, permitiendo adopciones de parejas homosexuales.

Mientras los jóvenes buscan a través de hermosas y notables acciones de solidaridad el beneficio de los más pobres, otros se encargan de decir que la vida incipiente es mero material biológico que puede ser eliminado como si fuera una cosa. Mientras los jóvenes quieren comprometerse a grandes ideales, en vez de apoyarlos se les dice que hagan lo que quieran mientras “se protejan”.

Una sociedad, si no está cimentada en grandes ideales, que deben provenir de los líderes, es una sociedad que está condenada al fracaso. Se mira en menos a un joven cuando no se cree que puede dominar sus instintos por un bien tan valioso como reconocer en el otro o en la otra a un ser que merece respeto. Se mira en menos a un joven cuando no se cree que puede comprometerse para toda la vida. Todo aquello que no apunta a proponer grandes ideales no es otra cosa que falta de esperanza y de confianza en los jóvenes.

Faltaría gravemente a mi condición de obispo si dijese que da lo mismo casarse que no casarse, tener relaciones sexuales antes o fuera del matrimonio que ser casto y fiel. Faltaría gravemente a mi condición de pastor si no interpelara a los candidatos a la presidencia sobre su posición al respecto. No olvidemos las palabras del supremo pastor a quien los católicos todos, independiente de la responsabilidad que tengamos en la Iglesia, debemos respeto y obediencia, cuando nos dice que “el culto agradable a Dios no es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre el hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos, y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables” (Sacramentun Caritatis 83).

Por lo tanto, el Papa nos invita a aspirar a estos valores, que son el ADN de un tejido social más conforme a la dignidad de la persona humana, como la misma razón puede percibir. ¿Qué sentido tiene apelar a la mediocridad si la propuesta que se nos ofrece es hermosa en sus contenidos y realizable cuando las políticas públicas y la educación van en ese sentido?

Creo que a quienes pensamos que una sociedad que no se fundamenta en los valores antes descritos hiere profundamente al hombre. Nos llegó la hora de exigir pronunciamientos claros. De hecho, en el documento pontificio antes descrito el Papa postula que “los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana”. Continúa el Papa diciendo que “los obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para con la grey que se les ha confiado”.

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