Por Jorge Heine
Un Nobel para la ciencia política
11 Nov 09
El Nobel de Economía de Elinor Ostrom apunta a un fenómeno más amplio. Durante demasiado tiempo, la profesión económica ha asumido un monopolio del discurso público y de las metodologías de análisis de los problemas sociales.
El Premio Nobel en Economía otorgado a Elinor Ostrom y Oliver Williamson ha sorprendido a muchos, y no sólo por ser Ostrom la primera mujer en recibirlo. Lo que más ha desconcertado a los observadores es que Ostrom no es economista. Ella obtuvo un PhD en Ciencia Política en UCLA, enseñó por muchos años en el departamento de Ciencia Política de la Universidad de Indiana y fue presidenta de la American Political Science Association (APSA), uno de los mayores honores conferidos por la profesión. Decir que “se formó” en la ciencia política, como ha hecho gran parte de la prensa, implicando que después habría derivado a la Economía, es falso. Realizó toda su exitosa trayectoria profesional como cientista política. Como señaló un prominente economista estadounidense, él jamás había escuchado hablar de ella, y dudaba que más de uno en cinco de sus colegas lo hubiese hecho.
Como muchos cientistas políticos, Ostrom hace investigación en Economía Política, pero desde una perspectiva muy distinta del de la economía neoclásica. Esto es, ella hace investigación de campo y basa sus conclusiones en los hallazgos que resulten de ello, y no a partir de abstrusos modelos basados en una noción preconcebida del homo economicus.
En noviembre del año pasado, la reina Isabel visitó la London School of Economics (LSE) y preguntó a la crema y nata de la profesión económica en Gran Bretaña el por qué, si eran tan sabios, habían sido incapaces de predecir la Gran Recesión de 2008. Ante tamaña “caída”, la entrega del Nobel en Economía (en rigor, el Premio Sveriges Riksbank en Ciencia Económica en honor de Alfred Nobel, establecido mucho después de los Nobel originales, y no un “Premio Nobel” como tal) viene a ser un refrescante cambio en la tradición de darlo a modeladores cada vez más abstractos de las operaciones del sistema financiero, muchos de los cuales nada tuvieron que decir sobre la debacle financiera global de 2008.
Uno de los aspectos más fascinantes del ya clásico libro de Ostrom Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action (1990) es que va en contra de uno de los dogmas más asentados entre los economistas: la noción de “la tragedia de los comunes”, o, en buen criollo, “lo que es de todos no es de nadie”. El ejemplo clásico es el de los búfalos salvajes, que corren el riesgo de ser exterminados precisamente por “no ser de nadie”, y del ganado vacuno, que sobrevive tranquilamente, por “tener dueño”. La respuesta de los economistas ha sido que la solución es privatizar, con lo cual el problema se solucionaría (aunque no es obvio cómo privatizar a los búfalos).
A diferencia de los que pensarían en forma opuesta; esto es, que la solución estaría en que el gobierno se haga cargo de las propiedades comunes, Ostrom, en su extenso trabajo de campo en lugares tan dispares como California y Nepal, ha descubierto que las comunidades auto-organizadas son perfectamente capaces de manejar sus tierras, bosques, recursos pesqueros o sistemas de regadío. En momentos en que muchas comunidades indígenas a lo largo y lo ancho de las Américas se encuentran bajo fuerte presión para privatizar lo poco que les queda de tierras comunitarias, esto es pertinente.
Más allá de los indudables méritos de Ostrom, su premio apunta a un fenómeno más amplio. Durante demasiado tiempo, la profesión económica ha asumido una especie de monopolio del discurso público y de las metodologías de análisis de los problemas sociales y de las políticas públicas. El uso de modelos econométricos que hacen abstracción de la realidad es tan dominante que la noción de hacer trabajo de campo, esto es, genuina investigación en terreno acerca de cómo se comportan las personas de carne y hueso, ha sido muchas veces desplazada, con los resultados de todos sabidos. Lo demuestra el fiasco del Transantiago, implementado a partir de modelaciones computacionales de los ingenieros del transporte, sin consultar a pasajeros, alcaldes o conductores.
La Economía, como las otras ciencias sociales, tiene un gran aporte que hacer a nuestra comprensión de los fenómenos sociales. Sin embargo, su instrumental y sus herramientas analíticas y metodológicas no sólo están lejos de tener el monopolio del camino al conocimiento y la verdad, sino que además adolecen de obvias limitaciones, incluyendo la renuencia de sus profesionales al trabajo de campo. Este último año ha provisto abundante evidencia al respecto. Esperemos que el otorgamiento de este premio a la eminente politóloga Elinor Ostrom abra el paso a que este “Nobel” pase a serlo de todas las ciencias sociales, y no sólo de una de ellas.