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Por Rodrigo Delaveau
Rugby y políticas públicas

23 Sep 11



El deporte de la pelota ovalada, que hoy celebra un nuevo mundial, posee ciertos códigos -basados en la libertad, el respeto a las normas y el aprecio por la competencia justa, entre otros- que se echan de menos en el debate nacional.


“Deporte de rotos jugados por caballeros”. Esa debe ser la más cliché y políticamente incorrecta definición de este maravilloso deporte, que vive por estos días su fiesta mundial. Otros señalan que no es un juego, sino una forma de vida (pero fanáticos del futbol, del surf, del esquí, del golf o del tenis dirán probablemente lo mismo). ¿Qué esconde entonces esta práctica que resulta tan formativa para el carácter humano? ¿Qué podemos aprender de ella, no sólo desde el punto de vista recreativo sino de la enseñanza que nos puede entregar para ser mejores personas y con ello construir un mejor país?

La respuesta es bastante sencilla: incentivos correctos. Eso que alguno desprecian porque lo encuentran “economicista” o incluso “mercantilista”. Lo cierto es que se trata simplemente de normas, de reglas que alinean bien las virtudes morales, intelectuales y físicas de los seres humanos, en un juego esencialmente libre.

Veamos. Se trata en primer lugar de un juego que no sólo demanda mucho de sus jugadores, sino también de su árbitro: resulta imposible jugar rugby sin conocer sus reglas. Son pocas, pero claras y muy definidas. Ello hace que el árbitro deba ser aún más versado en su conocimiento. Es aquí donde vemos su primera virtud: todos respetan al árbitro. ¿Por qué? Muy sencillo: si usted reclama, retrocede 10 metros en la ejecución de la infracción a favor del otro equipo. ¿Otro reclamo? Otros 10 metros. Si insiste, simplemente se va para afuera. Y sólo el capitán puede dirigirse al árbitro, claro está. El principio básico es la libertad, por eso el árbitro “deja jugar”, pero sanciona fuertemente el quiebre de las reglas. Domina a la perfección el uso de la ley de la ventaja y no interrumpe el juego con cobros inútiles que suelen perjudicar al equipo al que intenta beneficiar. Eso sí, ello le impone la responsabilidad de permanecer muy atento a cómo se desarrolla el juego, interviniendo sólo en lo estrictamente necesario.

En segundo lugar, no hay lugar para el teatro, la simulación ni la victimización. Más bien ocurre lo contrario: si un jugador da muestras de que ha sufrido un golpe grave, el equipo contrario sabrá que ese es el punto débil del rival, e intentará concentrar su ataque precisamente por ese sector: no muy bueno para el jugador simulador ni para su equipo. He aquí un punto a favor de la reciedumbre y la superación frente a la adversidad como única fórmula para sacar el partido adelante.

Luego está la conformación del equipo. Aquí hay un puesto para cada biotipo físico, pero nadie lo impone por cuotas o regulaciones excesivas. Hay igualdad de oportunidades para altos, bajos, gordos, flacos, rápidos o fuertes, con buena patada o hábiles con las manos: diversidad, pero sin igualitarismos enfermizos ni discriminaciones positivas. Si bien el talento personal puede tener inicialmente un mérito, la diferencia la hace el sacrificio de cada uno. O sea, no importa si uno es “malo para el deporte”: mucho más gravitante serán el esfuerzo realizado en los entrenamientos y, ciertamente, el despliegue, entrega y concentración en el campo de juego. Aquí cada uno se gana su puesto con empuje individual concreto –donde nadie te regala nada– y del cual se beneficia todo el equipo. No hay asistencialismo en el rugby.

Tampoco se niega ni se intenta derogar la fuerza, sino que se ocupa inteligentemente en favor de un objetivo tanto personal como colectivo y las metas se consiguen –literalmente– paso a paso. Esto no quiere decir que no se produzcan de cuando en cuando ciertos abusos y conflictos: si ellos ocurren se sancionan con rigor, pero a nadie se ocurre prohibir los tacles para que no existan peleas.

Finalmente, los jugadores entienden que todo lo que ocurre dentro de la cancha queda en ella. No se confunden los choques en el juego con ataques personales, ni hay espacio para el resentimiento. Terminado un partido, por muy violento que haya sido, los jugadores se saludan y se respetan, particularmente si ha sido un juego duro: siempre habrá un túnel de aplausos para darse la mano y recordar el match en un ameno tercer tiempo.

Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.

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Comentarios

5 Comentarios

Felipe Avaria :

Publicado Martes 4 de Octubre, 2011 - 11:43 hrs

Estimado Rodrigo: te felicito por la analogía con este maravilloso deporte que compartimos en nuestro colegio. Muy buen artículo, un abrazo.

Miguel Ángel Gimeno :

Publicado Viernes 30 de Septiembre, 2011 - 08:21 hrs

Rodrigo:
Gracias por “abrirme los ojos” con tu excepcional analogía que entiendo muy bien y que comparto ya que el rugy ha marcado en mi vida en muchos aspectos de los que haces referencia. Ojalá hubiera más gente del quehacer nacional que haya ido a la “escuela del rugby”en su vida. Otra vez GRACIAS.

PILAR NAVARRETE :

Publicado Miercoles 28 de Septiembre, 2011 - 21:32 hrs

Rugby deporte que logra enseñar maravillosamente el respeto por el otro sin que eso signifique que no puedas también expresar, porque establece claramente las reglas. Nadie tiene dudas en ese campo de juego sobre lo que se puede y no se puede hacer y nadie osaría romper con lo establecido porque “la presión social” que ejerce el resto del equipo en esos casos, lo hace inviable. Ese es el mejor factor de inhibición de conductas desviadas. Y las enseñanzas abarcan incluso a los entrenadores que a diferencia del fútbol no pueden ni soñar en andar gritando desde fuera de la cancha a sus jugadores.
Felicitaciones!! sé lo que tratas de transmitir, lo comprendo y lo has hecho con la caballerosidad de un rugbista.

Alejandro Parra :

Publicado Miercoles 28 de Septiembre, 2011 - 15:54 hrs

No se puede resumir mejor lo fundamental de este deporte.
Y que maravilloso sería si todo esto fuera llevado a cabo en todo orden de aspectos de nuestra sociedad.
Sí así fuera, seríamos una sociedad justa y con metas claras, superando día a día los objetivos propuesto y en conjunto pasando por alto los obstáculos que se presenten en que hacer diario, como los hacen los jugadores en un Ruck, un Maul o en un Scrum.

Está claro que este artículo fue escrito o por un ex rugbista o es claramente un amante de este deporte.

Muy bueno, felicitaciones !!

Renato Pino :

URL: http://www.taxandbusiness.cl
Publicado Miercoles 28 de Septiembre, 2011 - 15:47 hrs

Quedé maravillado con la analogía realizada; realmente nos falta como sociedad, aprender de este hermoso deporte del cual somos algunos fanáticos….

Es de esperas que sus valores se retransmitan y hacer tan bello ejercicio del respeto, el compañerismo, la inclusión y las reglas… para lograr en la medida de lo posible, aquél anhelado bien común…

Mis saludos a Rodrigo, pese a que le agradecí por TW tan buena y precisa redacción de ideas y valores.

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