Por Ricardo Solari
Reality y elecciones presidenciales
05 Ago 09
Los actuales candidatos se esfuerzan por opinar de temas sustantivos como economía, medio ambiente y educación. Sin embargo, la instalación de las campañas en la televisión está puesta ahora en un formato más cercano al reality.
El reality Pelotón de TVN se ha transformado en el programa de televisión más visto de los últimos cuatro años. Los realities se destacan también en otros canales. Mega con La Noche, y Canal 13 con 1910. TVN además entrega un resumen en la mañana y luego un anticipo a media tarde (Pelotón PM), antes de la transmisión nocturna en el horario prime. La última semana de julio, cerca de un millón de hogares presenció la exhibición de estos programas cada noche.
Desde la exhibición de Big Brother en Holanda en 1999, adaptado en 70 países, el formato de los realities se impone en todo el mundo y sus temáticas alcanzan cada vez más aspectos de la experiencia humana. Una productora inglesa, por ejemplo, acaba de comprar los derechos para grabar la vida de una familia encabezada por una mujer que tiene 14 hijos, incluyendo los únicos octillizos sobrevivientes de Estados Unidos, procreados mediante inseminación artificial.
En Chile, el género se inauguró en 2003 con el programa Protagonistas de la Fama, con un conjunto de personas anónimas que vivieron conflictos y se transformaron en famosas por la decisión del público. Los realities en boga abundan en celebridades que arriesgan la eliminación por su desempeño en pruebas físicas o de sociabilidad. En el caso de Chile, como buenos latinos y a diferencia de los países nórdicos y anglosajones, las pruebas físicas son una excusa para exponer conflictos psicológicos y pasiones. Una suerte de voyerismo social hace que los televidentes contemplen esta convivencia cotidiana de personajes reales atados por un hilo dramático que le da continuidad, tensión y dinámica.
En la televisión se sabe que hay una fuerte tendencia a copiar formatos exitosos, no sólo para ahorrar los costos y riesgos de la innovación, sino también porque captar la naturaleza cambiante de las audiencias es particularmente complejo. El único proceso efectivamente demostrado de ensayo y error en esta industria es la adhesión frente a la exposición masiva de un producto, reflejada en el rating. Ver televisión es un acto individual que está indisolublemente asociado a una conversación pública respecto de esa experiencia. El reality, por la cercanía de sus temáticas, es un género particularmente eficiente para motivar esa conversación pública.
Según una encuesta del Consejo Nacional de Televisión, el 76% de los chilenos consume todos los días información a través de la televisión y por tanto es este medio el canal principal a través del cual la población sigue las elecciones presidenciales. Esta situación establece una relación de gran complejidad entre las campañas y la televisión, dominada hoy por el reality. Y no se trata de desarrollar absurdos juicios morales sobre un género televisivo particular. Y mucho menos en una industria en que, como en el caso de Chile, participan activamente –entre otros actores– el Estado y la Iglesia Católica. Pero no hay que menospreciar el impacto que tiene la conversión de la televisión en la forma en que se percibe la contienda presidencial.
No creo que esta campaña sea más sucia que otras y tampoco me parece que sea carente de ideas. Todas las campañas electorales en democracia tienen algún componente negativo. En 2005, por ejemplo, se indagaron hasta la saciedad las relaciones de pareja de nuestra actual presidenta, en busca de conexiones que la perjudicaran.
Lo que ocurre es que los tiempos han cambiado. En la disputada campaña entre Joaquín Lavín y Ricardo Lagos, la aparición de los candidatos era la primera noticia en los informativos con cuñas sobre desempleo, cuestiones valóricas o sobre la seguridad pública. Me consta que los actuales candidatos presidenciales se esfuerzan todos los días por opinar en temas sustantivos como economía, medio ambiente y educación, pero ocurre que la instalación de las campañas presidenciales en la televisión está puesta ahora en un formato más cercano al reality. Y ese formato funciona en torno al conflicto, la interpelación y la denuncia. Y eso es lo que exhibe la pantalla.
Reitero que no observo que esta campaña sea más sucia, ni menos carente de ideas que las anteriores. Existen los Océanos Azules, los Tantauco y muchas otras iniciativas que agrupan gente que piensa políticas públicas. Sólo que se deben con urgencia ingeniar instrumentos y mecanismos que permitan que el gran público conozca esos contenidos, que involucren y motiven a participar. Quedan escasos cuatro meses para que el reality no consuma la definición ciudadana.