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09 Dic 09
1. Los Miserables, de Victor Hugo. Se trata de un clásico fantástico, con una gran película en los últimos años, pero ésta ni de cerca se asemeja a la grandeza de la creación del escritor francés. El musical, apasionante y estremecedor, también es muy atractivo, pero sólo la lectura atenta, emocionada, con sus giros de telenovela actual, puede mostrar realmente la vitalidad de la historia de Jean Valjean, desde su momento de presidiario con una vida casi animal hasta los atisbos de santidad después de su conversión por obra de Monseñor Bienvenido y de la gracia de Dios. Lo demás viene por añadidura: Fantina y Cosette, la persecución de Javert, el amor de Mario, las estafas de los Thénardier, los jóvenes rebeldes que sueñan un mundo mejor, el fracaso, los éxitos, una gran vida, muertes dramáticas. Todo eso, en el ambiente parisino de la primera mitad del siglo XIX, después de la revolución francesa y de Napoleón. Tenía razón Mario Vargas Llosa: leer Los Miserables hace que nuestra vida sea menos miserable.
2. El Señor de los Anillos, la gran saga de Tolkien. El escritor inglés se propuso fundar una mitología para su patria, pero creó una obra para todos los tiempos y para todo el mundo. Quizá convenga comenzar las lecturas con El hobbit y terminar con El Silmarillion, o se puede seguir otra fórmula. Pero bien vale seguir las aventuras de Bilbo primero, y después, de Frodo y Sam, de la comunidad del anillo, con la colaboración del incomparable Gandalf y otras tantas variantes, muchas veces imprevisibles. La obra es el triunfo de “la mano pequeña que mueve al mundo”; de los seres comunes y corrientes que emocionan con la nobleza de sus virtudes, la generosidad de su compromiso, la fortaleza de su amistad. El final del libro –dividido en tres tomos sólo por razones editoriales– está lleno de momentos duales, esfuerzos sin resultados, pero también de la posibilidad de llegar al final del camino con éxito, llevando el yugo, viviendo el sacrificio y… el resto hay que leerlo.
3. El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, y Un día en la vida de Iván Denisovich, de Alexander Solzhenitsyn. Ambos libros están ambientados en los campos de concentración. En lo que Juan Pablo II denominó las “ideologías del mal”: el nazismo, que condenó al siquiatra austriaco, y el comunismo, que persiguió sistemáticamente al escritor ruso. Son dos obras que buscan explicar la vida diaria en un campo de concentración, pero también el sentido de esa experiencia, con sencillez, dramatismo, estilo y una narración basada en las experiencias reales de Frankl y Solzhenitsyn. Los libros ayudan a comprender el, a veces, incomprensible siglo XX; pero también son vivencias humanas que llevan a dimensiones tales como la sicología e incluso a la reflexión religiosa. Los autores constituyen un ejemplo de coraje, espíritu y generosidad para compartir sus experiencias extremas.
Obviamente se puede leer mucho más, y eso depende de los gustos, estilos, maestros, intereses. Lo que es cierto es que si algún profesor alguna vez limitó nuestra fascinación por la lectura, la experiencia demuestra que siempre es posible comenzar de nuevo y leer de la mejor manera posible: no para rendir una prueba o para contestar preguntas curiosas, sino sencillamente para leer por leer: leer con pasión, para ser un personaje más en una historia total, en un cuento de hadas o en el infierno de los campos de concentración.
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