Por Ricardo Solari
Pésimos precedentes
25 Nov 09
La conducta incomprensible de los diputados que se opusieron al presupuesto de Educación revela hasta qué punto los parlamentarios terminan rehenes de las presiones.
El rechazo de la Cámara de Diputados, como respaldo a una presión gremial, a la partida de Educación de la Ley de Presupuesto para el año 2010 merece reflexiones. La más elemental de todas, es que sumando y restando, resulta que 33 de los 120 diputados no estaban presentes en la sala al momento de votarse la ley más importante del año. Una tasa de ausentismo demasiada alta para quienes no sólo tienen el deber de legislar, sino también de fiscalizar la actuación de otros poderes públicos.
Y no es que la educación del país vaya a quedar sin financiamiento. A la chilena, se entiende que luego del “gesto” para a la galería (en este caso, acción nada metafórica, pues el recinto estaba lleno de vociferantes asistentes) “alguien” , más allá de los propios deberes de los diputados que rechazaron el proyecto, procederá a corregir esta situación. Los recursos para los subsidios a las escuelas, los desayunos escolares, el pago a los parvularios y la investigación superior y científica serán restituidos por la acción de alguna pieza en el andamiaje institucional del país. Y así, en cada distrito, podrá decirse con certeza que a este “gesto” en favor de los huelguistas no le sigue ningún desenlace irresponsable.
Mala nota en este episodio para Sebastián Piñera, que lidera las encuestas presidenciales y que debería recordar el preciado valor de la gobernabilidad, teniendo en cuenta, en primer lugar, el paupérrimo balance del último gobierno de derecha elegido democráticamente (Jorge Alessandri, 1958-1964), que vivió en todo su período una difícil relación con el Parlamento y una dramática tensión con los gremios. Los parlamentarios de la Alianza, si es que confían en el triunfo de Piñera, deberían haber respaldado el proyecto. Por muchas razones, pero sobre todo, porque este fue objeto previamente de un riguroso análisis en la subcomisión designada para ese efecto. Sin embargo, se subieron al carro, culpando al ejecutivo por no resolver asuntos que ocurrieron hace mucho tiempo; precisamente, en el régimen de Pinochet en el que muchos de ellos participaron y al que admiraron y respaldaron. La actitud de hoy, casi treinta años después, más que reflejar remordimiento, expresa apenas un intento de captura de votos para diciembre.
Se puede alegar con muchos argumentos acerca de las modestas pensiones de los profesores y de la buena condición fiscal actual del país. Pero, ¿cuántas deudas arrastra Chile con su gente? ¿Cuáles son las prioridades? ¿Con qué gradualidad pueden resolverse? ¿No existía acaso este problema hace uno o dos años, cuando sin presión electoral los presupuestos educacionales fueron aprobados por unanimidad?
Marco Enríquez también fallo en esta vuelta. Ni siquiera llego a votar. Aunque MEO decidió desprenderse de su salario como representante popular, aquello no lo exime de deberes tan elementales como coparticipar en la elaboración de la iniciativa principal de la legislatura convocada para el año que termina. Ese tipo de actuaciones hace difícil creer en la eficacia de un régimen de tipo parlamentario como el que promueve el diputado candidato.
Pero el extravío mayúsculo fue el de la Concertación, con la mayoría de sus diputados negando el apoyo al proyecto de la presidenta, para intentar propinar por esta vía una derrota al ministro de Hacienda Andrés Velasco, el más popular del gobierno.
Esa conducta incomprensible revela hasta qué punto los parlamentarios terminan rehenes de las presiones. Una coalición que actúa de esa manera, dividida, dando la espalda a las iniciativas de un gobierno que ha pasado con excelente nota la administración del impacto interno de una grave crisis mundial, aparece claramente desorientada. Debilita, además, con este tipo de conductas, su propia opción para continuar gobernando.
Todos estos precedentes permiten sacar conclusiones. Por de pronto, verificar el impacto cada vez mayor del ciclo electoral en la perspectiva de algunos legisladores. O ratificar que estamos en un período de poco liderazgo político en el país. O por último, percibir que, junto con acoger la infinidad de reformas del sistema político que se proponen, tenemos la obligación de estudiarlas con mucha calma. No sea que las mayorías, esas que no concurren a las galerías del Parlamento, queden cada día más lejos del interés de quienes hacen las leyes.