Daniel Nieto Dìaz-Muñoz :
Publicado Sabado 12 de Diciembre, 2009 - 13:45 hrs
Sr. Director, en 1970, hace casi 30 años y lo recuerdo, un norteamericano llamado Norman Ernest Borlaug recibía de manos del rey noruego el Premio Nobel de la Paz. Luciendo una calma olímpica, este científico no alteraría para nada su cotidiana tarea de recorrer los campos examinando las espigas de trigo, las nuevas variedades de las cuales nacerían ricas cosechas. Borlaug, recio gringo radicado en México con su esposa desde hacía 26 años, dedicaba todo su tiempo a la llamada “Revolución Verde” que había permitido en pocos años aumentar la producción de los cereales en forma tal que el espectro del hambre que acecha a la humanidad parecía encontrar una nueva línea de progreso.
Sencillo, espontáneo, extrovertido, el Nobel de la Paz aparece en las fotos de la época con unas espigas en la mano, casi como una metáfora de la rama de olivo.
Hoy, 29 años después, sumido el mundo en una confusión sin precedentes, Barak Obama recibe el mismo premio, pero con una arma de fuego en la mano. Vaya tiempos que corren, se recibe el premio a la paz y en el discurso se justifica la guerra. ¿Tiene razón? Tal vez, es cosa de ver la historia y la naturaleza humana. Lo cierto es que Osama Bin Laden, su principal enemigo, piensa lo mismo, pero en vez de premio recibe un precio a su cabeza.
Tal vez debieron ser convocados los dos, porque si en última instancia a Barak Obama le dieron el premio para estimularlo a luchar por la paz, al musulmán también se le pudo invitar por la misma causa. El que esté libre de culpa que lance la primera piedra.
Daniel Nieto Díaz-Muñoz

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