Por Fernando Chomali
Navidad
23 Dic 09
Esta fecha nos recuerda que las cosas realmente importantes no acontecen en la opulencia sino que en la sencillez.
Me llama la atención (en medio de luces que encandilan, viejitos pascueros, ofertones veraniegos y mucho calor) el pesebre sin el niño Jesús. Siempre me ha llamado a la reflexión, porque el pesebre sin el niño representa de modo cabal nuestra propia vida. Esa cuna vacía nos recuerda que nos hace falta algo que no nos podemos dar a nosotros mismos. Este desear sin alcanzar lo deseado nos lleva muchas veces a una búsqueda frenética de lo que no siempre tenemos tan claro qué es. La verdad es que el pesebre vacío nos recuerda ese anhelo de más que se anida en nuestro corazón, en nuestra mente, en todo nuestro ser.
Esta carencia, que se traduce en la vida cotidiana como una búsqueda, se manifiesta y queda ampliamente colmada en Navidad como esperanza, como espera de algo que nos llega, que se nos regala. En efecto, en Navidad ya no somos nosotros los que buscamos y encontramos lo que nos falta, sino que se trata de otro, de alguien que se manifiesta en nosotros, que se hace presente irrumpiendo nuestra propia historia, abrazándola.
Navidad es pura gratuidad, es puro amor de Dios. Es regalo ofrecido sin pedir nada, sólo acoger el don recibido. Eso es Navidad: la presencia de alguien con mayúscula, Alguien que se hace presente en nuestra historia y nos da todo cuanto necesitamos.
La espera queda ampliamente colmada. Se trata del Salvador que nos abre a una vida nueva en virtud de que Dios irrumpe en la historia de modo absolutamente original, al punto que podemos decir que Dios está en medio de nosotros y que todo lo humano adquiere dimensión trascendente, todo lo pasajero adquiere bríos de eternidad, todo lo que hacemos y somos tiene sentido más allá de las fronteras y espacio temporales.
Me fascina y cautiva ese 24 de diciembre en la noche, cuando ponemos al niño Jesús en el pesebre y desde la fragilidad nos dice Dios mismo: aquí estoy y todas tus preguntas, todas tus inquietudes las respondo desde la propia realidad de Dios.
Navidad es una fecha muy importante, porque nos lleva al misterio mismo de nuestra vida y de nuestro ser. Somos de Dios y cuando nos olvidamos de ello y la vida se pone triste y vacía, cada año en esta fecha aparece El en el pesebre. Ya no hay luz que encandila y nos emborracha, sino luz que ilumina nuestro camino y nos conduce por los senderos de la paz, de la sencillez, de la humildad. Ya no hay gritos que ensordecen, sino música que nos alegra la vida. Ya no hay temor ni muerte, sino que sólo esperanza, júbilo y gozo.
Navidad es la presencia del amor de Dios en medio de nosotros, pero al mismo tiempo es la posibilidad de que nosotros hagamos presente nuestro amor a los demás. Los regalos son eso. Te doy algo manifestando lo que te aprecio y por eso quiero darte algo de mí. Mirando a Jesús, el mejor regalo que nos podemos hacer es, por lejos, perdonar al que nos ha ofendido y pedir perdón cuando hemos ofendido. El mejor regalo que podemos hacer y hacernos es reconciliarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos. El mejor regalo que podemos entregar es nuestra propia vida al que lo necesite. Cada ser humano es un pesebre en espera del niño Jesús.
Navidad nos recuerda año a año que nos ha nacido el Salvador, el hijo de Dios y que sólo a El tenemos que adorar y entregarle lo mejor de nosotros mismos. Es una fiesta hermosa en la que todos nos podemos levantar y hacer resurgir ese anhelo de ser mejores. Además, es una celebración en la que todos, doctos e ignorantes, pobres y ricos, tienen algo que dar y algo que recibir. Esta es la fiesta de la humanidad redimida.
Pero hay algo más. Navidad nos recuerda que las cosas realmente importantes no acontecen en la opulencia sino que en la sencillez. Al ver al hijo de Dios en el pesebre surge la pregunta: ¿cuántas veces deseché lo pobre, lo humilde, por lo grandilocuente, lo visible? ¿Cuántas veces me habré quedado más con la apariencia que con la sustancia y esencia de las cosas? Esas preguntas hay que hacérselas en Navidad y darles rostros concretos. Los padres respecto de sus hijos, la esposa respecto del esposo, y viceversa, el ejecutivo respecto del empleado y el empleado respecto del ejecutivo. La Navidad es la fiesta de la verdad más profunda del hombre y estamos llamados a celebrarla con una gran apertura de mente y de corazón para acoger todo lo bueno que de este hermoso día puede surgir para nosotros, para nuestra familia y la sociedad. Les deseo a todos una feliz Navidad, y de modo muy especial, solidarizo con aquellos que han perdido un familiar querido que no podrán abrazar esa noche. Que la presencia de Dios los colme de bendiciones y los llene de paz.