Por Ricardo Solari
La política chilena hace agua
28 Oct 09
Es tiempo de establecer nuevas reglas, para promover la renovación y enfrentar el desprestigio y la falta de legitimidad del sistema político. La falta de discusión estratégica y el empate en las propuestas no ayudan a resolver los grandes desafíos.
Quizás uno de los síntomas más graves que vive la política en Chile es la desafección, entendida como el conjunto de sentimientos negativos que experimentan las personas hacia el proceso democrático, sus actores (parlamentarios, alcaldes) y sus instituciones (partidos, parlamentos y municipalidades).
Esta desafección respecto del ethos democrático se manifiesta con independencia de las variaciones a corto plazo de la popularidad del gobierno, lo que explicaría por qué nuestra población pueda tener un alto nivel de aprobación de la presidenta (75% según la última encuesta Adimark) y, al mismo tiempo, tan mala percepción de la política.
Por ejemplo, con respecto al prestigio del sistema democrático, el Estudio Nacional sobre Partidos Políticos y Sistema Electoral, realizado a comienzos de 2008 por el CEP, con colaboración del PNUD, CIEPLAN, Libertad y Desarrollo y ProyectAmérica, arrojó entre sus resultados que el 62% de los encuestados declara no tener interés alguno en la política. Y en el caso de la identificación política: si en 2006 el 38% de las personas no se identificaba con ninguna tendencia o coalición, en 2008 ese porcentaje subió al 49%.
En el mismo estudio, sólo el 45% de los entrevistados consideró que la democracia es preferible a otras formas de gobiernos, mientras que un 29% señaló que “a la gente como uno le da lo mismo un régimen democrático que uno autoritario”, demostrando que el cúmulo de asociaciones negativas relacionadas con la práctica política termina dañando la imagen del propio sistema.
El sistema binominal y la baja en la inscripción electoral menoscaban además la legitimidad de las instituciones, como se ve en la drástica caída de la representación ciudadana efectiva de la Cámara de Diputados, que pasó de un 74,5% en 1989, al 53,7% de los electorales potenciales en 2005, según calcula Flacso en su trabajo Agenda Democrática (Fuentes, Ríos, 2007). Los datos del servicio electoral y la actual dispersión de candidaturas nos permiten asegurar con total certeza que este índice bajará del 50% en la composición del siguiente parlamento.
En una clara muestra del fracaso de la inspiración del sistema binominal, ningún bloque obtendrá mayoría en alguna de las cámaras. Probablemente, esta situación colabore a continuar moderando la dinámica de nuestro proceso político. Pero introduce otras dificultades. Lo más probable es que el próximo presidente electo por una minoría de las personas que pudieron potencialmente votar por él, gobierne bajo un presidencialismo devaluado y se profundice un parlamentarismo de facto, generado por la necesidad de construir mayorías para legislar.
Este diagnóstico evidencia la dificultad de acumular fuerzas para hacer reformas difíciles, como las que requieren el sistema educacional y el funcionamiento del Estado. El gobierno elegido, sea en el sea, requerirá mucha cooperación para sacar adelante su programa, porque es evidente que no contará con la fuerza parlamentaria propia para conseguirlo. Sin embargo, la posibilidad de construir los acuerdos necesarios para viabilizar este tipo de reformas se ve mermada por los incentivos al protagonismo personal y la brevedad del período de gobierno de cuatro años, sin reelección.
Se requieren reformas para modernizar la política.
En primer lugar, cambios para ampliar la competencia y la participación, institucionalizando las primarias, corrigiendo el sistema binominal, estableciendo la limitación de los mandatos y la reforma del sistema de partidos, en la lógica de promover su democracia interna.
En segundo lugar, otorgar el necesario reconocimiento a las regiones y a las comunidades locales a través de la elección directa de sus autoridades.
Es esencial construir una nueva lógica de involucramiento de los ciudadanos que les otorgue mayores derechos, pero también mayores responsabilidades en sus decisiones. En este aspecto, algo más de educación cívica en nuestras escuelas sería también una buena noticia.
Es tiempo de establecer nuevas reglas, para promover la renovación y enfrentar el desprestigio y la falta de legitimidad. La falta de discusión estratégica y el empate en las propuestas no ayudan a resolver los principales desafíos de un país, aún en el subdesarrollo. La vieja reflexión de la pérdida de la oportunidad histórica que se encuentra en nuestra tradición intelectual desde Francisco Encina (en Nuestra inferioridad económica) hasta Aníbal Pinto (en Chile: un caso de desarrollo frustrado), revelan que el fracaso de la política y sus instituciones han sido claves en nuestro estancamiento.