Por Fernando Chomali
La caridad en la verdad
22 Jul 09
La invitación es a una libertad responsable que oriente su actuar a ser más y no solamente a tener más.
El Santo Padre Benedicto XVI nos vuelve a sorprender. Su primera encíclica giró en torno a la verdad capilar de la fe cristiana: Dios es amor. Luego, en medio de una gran falta de sentido de la vida o una búsqueda equivocada de ella, nos dijo que la salvación es una fuente insustituible de esperanza. Ahora nos habla de la urgencia de que la caridad sea en la verdad si es que queremos aspirar a una sociedad a la altura de la dignidad del hombre.
El Papa aborda el tema del desarrollo humano, de la relación del desarrollo con la fraternidad, de la gran familia humana y de la técnica. Comienza la encíclica recordando a Pablo VI y su admirable encíclica Populorum Progressio, así como la doctrina social de la Iglesia, tan bien expuesta por Juan Pablo II en su largo y fecundo pontificado.
El pontífice realiza un agudo análisis del desarrollo en nuestro tiempo, analiza sus bondades, por cierto, pero también sus debilidades vinculadas básicamente a una concepción demasiado economista de ésta, lo que lleva a la necesidad de centrarla en el hombre y en todos los hombres. También se refiere a los derechos y deberes de los pueblos y su relación con el medio ambiente.
El tercer documento con carácter de encíclica aborda también el tema de la familia y el vínculo del desarrollo con la técnica.
Este documento es lectura obligada, pero no como un mero ejercicio intelectual, sino que con el firme propósito de ponerse en movimiento para construir un mundo mejor, más justo y fraterno.
Además, constituye una auténtica novedad que postule que el amor es una “fuerza extraordinaria como motor para trabajar por la justicia y la paz”, en medio de una sociedad excesivamente centrada en el lucro y una en pretensión prometeica de la ciencia, según la cual “la humanidad cree poderse recrear valiéndose de los ´prodigios´ de la tecnología”.
Este amor tiene su origen en Dios, fuente de todo bien, fundamento mismo de la realidad y fuente de todo auténtico humanismo. Claro y preciso, Benedicto XVI nos recuerda que “el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano”.
El Papa se refiere a un tema especialmente provocativo en estos tiempos: se trata de la verdad. Llega a decir que, sin verdad, el amor es preso de las emociones, los sentimentalismos y opiniones contingentes, y que queda vacío. De allí que invita a una búsqueda sincera de la verdad como la vía para liberar a la caridad de la estrechez de la emotividad. ¿Acaso no es eso lo que percibimos en el debate público, que más parece una lucha de quién grita más fuerte que la búsqueda sincera y humilde de la verdad?
Si queremos una sociedad en que prevalezca la fuerza de la razón, y no la razón de la fuerza, es fundamental que hagamos un esfuerzo importante para que la verdad libere al hombre de las meras emociones y de las sensaciones subjetivas, dado que sólo la verdad abre el intelecto al conocimiento por el amor.
Muchos creen que el dinero y el poder son los motores del desarrollo. El Papa nos dice que la caridad como criterio orientador de la acción moral, especialmente en lo referente a la justicia y al bien común, es el verdadero motor, lo que conlleva una dimensión moral ineludible e intrínseca a ella y que sólo se percibe con nitidez a la luz de este prisma.
Una encíclica de este calibre no podía no hacer referencia a la pobreza. Plantea que frente a ella estamos en deuda y que para superarla hemos de comprender el desarrollo de manera integral –del hombre y de todos los hombres–. Ello exige una “urgente necesidad moral de una renovada solidaridad, especialmente entre países en vías de desarrollo y países altamente industrializados”. Este objetivo es posible por la vía de la caridad, iluminada por la fe y la razón y de la “presencia de una verdadera Autoridad política mundial” que goce de “poder efectivo”.
Un desarrollo a la altura de la dignidad del hombre será posible sólo teniendo presentes la dimensión trascendente del hombre y su vínculo con Dios, dado que ensancha el concepto de desarrollo del plano económico al espiritual.
Otro tema relevante, haciendo alusión a la encíclica de Pablo VI Humanae Vitae, es que el desarrollo auténticamente humano reconoce el estrecho vínculo entre la ética de la vida y la ética social. Nos recuerda que “no puede tener bases sólidas una sociedad que –mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz– se contradice radicalmente aceptando y tolerando las más variadas formas de menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es débil y marginada”.
La invitación es a una libertad responsable que oriente su actuar a ser más y no solamente a tener más.
Otro aspecto iluminador está en que, si bien normalmente se postula que a mayor creación de riqueza mayor posibilidad tendrán los pueblos de salir de la pobreza, en este documento pontificio se plantea que la razón última del subdesarrollo es la falta de fraternidad entre los pueblos y que, por lo tanto, la primera movilización ha de ser la del corazón. Sí, la del corazón, el de cada uno. Esta encíclica es una invitación a tomar parte de esta gran empresa que busca la justicia y la paz en el contexto de un mundo más fraterno.
Desde la conversión de cada uno se evitarán los problemas dramáticos en los cuales vivimos y que se manifiestan en que la riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades. Frente a este escándalo de las disparidades hirientes, el Papa nos invita a una nueva síntesis humanista, en la que la apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo.
Profunda y valiente enseñanza, que nos viene especialmente bien en estos tiempos.
Esta encíclica brilla por su profundidad, su certero diagnóstico de la realidad y su gran erudición. El documento pontificio cuenta con 159 citas y además recoge la tradición de estudio y reflexión de la Iglesia al servicio de la humanidad.