Por Fernando Chomali
Hacer algo por alguien
14 Oct 09
Los más pobres de los pobres dependen de los pesos que dejamos en las cajas de supermercados y farmacias… y eso es vergonzoso. Debemos poner al hombre en el centro de nuestras prioridades.
Tal vez porque provengo de una familia que me ha dado cariño y recursos económicos que me han permitido estudiar y desarrollar las habilidades y los talentos que Dios me ha concedido y porque tengo una fe que mueve mi vida para que sea una auténtica entrega, es que me siento movido a mirar la pobreza en la que están sumidos muchos en el mundo y en Chile; cuestión que me duele, me mueve a rezar y a hacer lo posible para que la situación cambie.
Tengo clara conciencia de que con mi esfuerzo no podré eliminar la pobreza en el mundo ni en Chile, pero sí puedo contribuir a que disminuya. Lo mismo vale para cada una de las personas que, junto con agradecer lo que tienen, sienten una genuina preocupación por los que más sufren.
Me ha llamado la atención la enseñanza de Benedicto XVI cuando postula que “el amor –caritas– es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz”. Enseñanza que cautiva, porque colaborar en la construcción de un mundo más justo está al alcance. En efecto, sólo tenemos que vivir en plenitud la razón por la cual hemos sido creados (por amor) y para qué hemos sido creados (para amar).
Son múltiples las maneras en que muchas personas anónimas se han entregado a la causa del amor poniendo en movimiento su ser y su actuar en beneficio de los demás. Conozco ejecutivos que dedican horas preciosas a apoyar a fundaciones que trabajan para mitigar el dolor de muchos. Conozco otros que dedican lo mejor de sus vidas al servicio de los más pobres como, por ejemplo, el padre Renato Poblete. Y tantos voluntarios y voluntarias que de manera anónima contribuyen a favor de los que más lo necesitan. Su única motivación: hacer algo por alguien, movidos por ese anhelo que tenemos en nuestro corazón de vivir en un mundo donde podamos mirarnos como hermanos y que todos tengan las condiciones materiales para vivir dignamente. La “ciudad de los hombres”, nos recuerda el Papa, no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes, sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y comunión.
A pesar del esfuerzo de algunos, y que valoramos y agradecemos, todavía queda mucho por hacer. Tanto queda por hacer que los más pobres de los pobres, como los ancianos y las personas que viven en la calle dependen en gran medida de los pesos que dejamos en las cajas de supermercados y farmacias… y eso es vergonzoso. Se valora la creatividad para conseguir recursos para los más pobres, pero es una señal de poco interés de la comunidad toda si los que deben ser la prioridad de una sociedad quedan al arbitrio de las migajas que sobran. La pobreza en Chile la podemos superar si ponemos al hombre en el centro y nos movemos según la lógica del amor y de la entrega y no del egoísmo o de los gustos personales. No hay más receta que esa. Y la tarea es urgente. Urgente, porque es duro ver en un mismo país educación y medicina de nación altamente desarrollada y educación y medicina de país subdesarrollado. Esta situación no ayuda a promover la paz que queremos y nos debe obligar a todos y cada uno de nosotros.
Algunos han asumido el compromiso a nivel personal, pero también a nivel corporativo. Han sido buenas, mejor dicho excelentes, las experiencias de las empresas que destinan parte de sus recursos a fomentar una mejor educación en las escuelas. Algunas compañías, incluso, han creado sus propios colegios con metodologías eficientes de enseñanza en los sectores más pobres y los resultados se han hecho notar.
Lo que no podemos hacer es vivir como si no pasara nada, encerrándonos en círculos sociales cada vez más estrechos y llenando nuestras vidas de guardias, rejas y seguros. Hemos de asumir con responsabilidad y decisión la tarea que nos incumbe a todos. De hecho, el pontífice nos recuerda que “amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él”. Por lo tanto, no basta con ceder el vuelto en el supermercado. Las circunstancias nos apremian y nos obligan a salir de nosotros mismos y a compartir.
Conozco a una persona que, después de una profunda reflexión acerca de su vida, descubrió que estaba demasiado centrada en sus propios gustos y en los pequeños placeres que le podía deparar su óptima situación económica. Pero al mismo tiempo descubrió que por ese camino la sociedad no iba a llegar muy lejos… y decidió cambiar. Su contribución es que, por cada gasto que considera superfluo, entrega el equivalente a quien realmente lo necesita. Esto lo llevó a ser más austero en su vida y a descubrir nuevas formas de relacionarse con las personas y a descubrir la alegría de que otro, gracias a su decisión, mejoraba su condición de vida. Lo encontré digno de imitar, porque ya no estaba dando lo que le sobraba, sino algo que le significaba un sacrificio.
A veces nos quejamos de la situación de violencia que apreciamos, pero nos cuesta caer en la cuenta de que detrás hay historias de seres humanos que no han tenido las oportunidades ni el ambiente adecuado para ensanchar el horizonte de sus vidas. Y que en ese ámbito siempre algo se puede hacer. Alguien se refería a las instituciones de Iglesia como expertas en mendicidad, al estar siempre solicitando dinero para sus obras sociales. Lo ideal sería que no estuviésemos en esta ardua tarea de conseguir recursos, pero eso sólo será posible en la medida en que acabemos con la pobreza. Gracias a Dios, toda vez que haya un necesitado la Iglesia no trepidará en golpear las puertas para salir en su ayuda. Seremos juzgados por el amor y no por los lujos que nos hemos dado en la corta y efímera vida que se nos ha regalado.