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Por Renato Cristi
Generation Me

11 Nov 09


La autoestima es un rasgo positivo cuando se funda en la estima a otras personas. Pero la nueva generación manifiesta el lado oscuro de la autoestima: el narcisismo; o sea, la incapacidad de asumir la perspectiva del otro.

En una reciente entrevista en El Mercurio, Ricardo Lagos afirma que la candidatura de Marco Enríquez-Ominami “mandó a jubilar a un conjunto de personas que pasaron de primera división a viejos crack”. Me parece que Lagos apunta bien al cambio generacional en el ámbito político, pero hay que ver aquí un cambio más profundo en la sociedad y en la cultura chilenas.

Se trata de un cambio que no ha sido todavía descrito en su cabalidad. Hemos visto el auge y caída de los baby boomers, y ahora disputan reconocimiento y preeminencia historiográfica las llamadas generaciones X, Y, Z y la del Milenio. Pero se trata de descripciones incompletas que no captan en su totalidad el perfil socio-psicológico de la generación que ha desplazado a los baby boomers.

Este vacío descriptivo ha sido reparado por Generation Me, libro publicado por Jean M.Tweng (Simon & Schuster, 2007), basado en su tesis doctoral para el departamento de Psicología de la Universidad de Michigan. La tesis del texto es paradojal: la generación que ha sucedido a los baby boomers tiene más confianza en si misma y afirma sus derechos con más convicción y energía que la anterior. Pero, a la vez, muestra un alto índice de ansiedad y tendencia a deprimirse.

El argumento de Tweng se funda en 269 trabajos académicos que han medido los índices de ansiedad juvenil entre 1952 y 1993. Esos trabajos abarcan un universo de 40.192 estudiantes universitarios y 12.056 adolescentes.

En su riguroso análisis, Tweng anota una serie de rasgos socio-psicológicos del perfil anímico de la nueva generación. Destaca primordialmente un énfasis en la autoestima. Para la generación actual resulta natural afirmar un sentimiento positivo de sí misma. Cada individuo se piensa como una persona especial que merece realizar sus propias aspiraciones y sueños. La prioridad absoluta se centra en el sí mismo y todo lo demás es secundario. Esto no es considerado como una actitud egoísta, sino como formación del carácter.

La autoestima es un rasgo positivo cuando se funda en la estima a otras personas. Pero la nueva generación manifiesta el lado oscuro de la autoestima: el narcisismo; es decir, la ausencia de empatía y la incapacidad de asumir la perspectiva del otro. Escribe Tweng: “a comienzos de los años 50, sólo el 12% de los jóvenes entre de 14 y 16 años se mostró de acuerdo con la afirmación ‘soy una persona importante’. A fines de los años 80, un increíble 80% aseguró que ellos sí eran importantes.”

Para Tweng, parte del problema se genera en una educación que privilegia las predilecciones del individuo. Permitir a los niños expresar sus preferencias refuerza su individualidad y autoimportancia. “Esperamos que nuestros hijos desarrollen sus preferencias individuales, y ni siquiera soñamos, como lo hicieron otras generaciones, en decidir por ellos”. Se acepta sin discusión el mito de que disciplinar a los hijos equivale a destruir su carácter.

Junto al cultivo de las preferencias, aparece el de la autoexpresión, la tendencia a comunicar que nuestra individualidad es una marca única y exclusiva. Para Tweng, la autoexpresión se manifiesta, por ejemplo, en la moda de los tatuajes y los piercings.

Aunque todavía es temprano para medirlo, el lanzamiento, a partir de 2005, de MySpace, Facebook, You Tube y Twitter puede potenciar, según Tweng, la expansión de la epidemia narcisista.

Este énfasis en una autoestima narcisista, en la importancia que nos autoasignamos, en la afirmación de prerrogativas individuales, convive, paradojalmente, con un alto índice de ansiedad. Tweng comprueba que, en los años 90, los test de personalidad muestran que el estudiante universitario promedio aparece como más ansioso que el 85% de los estudiantes de los años 50 y que el 71% de los estudiantes de los años 70. En el caso de niños y adolescentes, el cambio es aún mayor. Los menores considerados normales reportan niveles mucho más altos de ansiedad que los pacientes psiquiátricos de la misma edad de los años 50.

En su opinión, “nuestra creciente tendencia a privilegiar al individuo conduce a una libertad sin precedentes, pero crea también una enorme presión de valernos por nosotros mismos… El hecho de ser independientes y autosuficientes significa que nuestras frustraciones se magnifican pues no tenemos otra cosa en que fijar la atención.”

La investigación de Tweng se centra en Estados Unidos, pero hay que reconocer que la cultura de la libertad preferencial se ha difundido por el mundo. El caso de Chile es significativo. A partir de 1973, el sistema económico neoliberal nos ha instalado en la órbita cultural norteamericana. La libertad de elegir, importada de Chicago, ha sido prédica diaria en los medios de comunicación, y dirige el sistema educativo y la actividad económica. En este sentido, nuestra juventud ha quedado tan expuesta como la norteamericana al discurso libertario.

Si Lagos tiene razón, y la descripción de Tweng es correcta, la irrupción política de Marco Enríquez estaría determinada por un cambio generacional bien definido. Más que un fenómeno político se trataría de un fenómeno cultural. De ser así, la Generation Me que describe Tweng habría que traducirla en Chile como Generación Meo.

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Comentarios

4 Comentarios

César Díaz :

Publicado Miercoles 25 de Noviembre, 2009 - 15:45 hrs

Don Javier. No concuerdo con lo de calificar de extremista al Sr. Enriquez y su hijo. Claro, habría que definir el centro del cual se es extremo.
No hay que olvidarse que entre los “extremistas” tal vez tendríamos que considerar a las FF.AA, afortunadamente a parte de ellas, que atropellaron la constitución pasando a ser extremistas todo-poderosos y poco respetuosos de ideas y pensar distintas, y lo más importante, de la vida. Tal vez el que considera que el Golpe, eufemísticamente llamado Pronunciamiento militar, es el centro y claro todo lo que se aleja de él es extremismo. Bueno, es una particular forma de ver el tema. Bajo esta situación es entendible, pero por cierto no la comparto.
Tal vez Ud. considere que defender sus convicciones hasta con la vida es una situación de “trastorno narcisista de la personalidad”, grandiosidad, fantasía de éxito, etc.
Hay personas que son consecuentes, por suerte, que no se dejan llevar fácilmente por hechos reñidos con el respeto a la institucionalidad y aplaudir o aceptar atrocidades cometidas en aras del bien mayor, de “sus bienes mayores”.
Hay innumerables ejemplos en Chile y el mundo entero a través de toda su historia de valientes que están dispuestos a defender sus ideales hasta con su vida. Más que atacarlos son dignos de admiración, aunque uno no comparta sus ideas. Generalmente la mayoría, entre los cuales me incluyo, deja pasar sin una protesta clara, firme y definida actos abusivos y atroces.
El Sr. MEO es un miembro de nuestra sociedad tan respetable como cualquier otro, con cualidades y defectos como cualquiera de nosotros y que por cierto no sigue el patrón tradicional o el que a Ud. le gustaría.
No por eso hay que denostarlo con calificativos de narcisista, fantasioso, exhibicionista y rencoroso. Es distinto a Ud. y la ciudadanía sabrá decidir.
Démosle el beneficio de la duda y no lo fusilemos antes de tiempo como ya se ha hecho anteriormente. Un ejemplo, a la Sra. Presidenta un gurú pontificó que no “daba al ancho”. Al parecer sí daba el ancho.
Toda persona tiene algo que decir y hacerlo como estime conveniente y respetarla.
Cada uno de nosotros tendrá luego la oportunidad de emitir su veredicto y no fomentemos una nueva campaña del terror, tan tradicional entre los que ven amenazados sus particulares intereses.

Javier Diaz :

Publicado Jueves 19 de Noviembre, 2009 - 14:29 hrs

El problema de MEO no es solamente que pertenezca culturalmente a la generación ME. Hay que considerar sus rasgos de caracter heredados: no cualquiera es hijo de un extremista que muere batiéndose a tiros. El caso de Miguel Enríquez hay que analizarlo no sólo desde el contexto político sino de los rasgos personales, que pueden configurar un trastorno de la personalidad. A MEO se le ha analizado en forma muy superficial. El tiene un trastorno narcisista de la personalidad, similar al del padre, que se caracteriza por grandiosidad, fantasías de éxito, necesidad exhibicionista de atención y admiración, rencor exacerbado contra sus críticos,falta de empatía, descalificaciones impropias, entre otras.
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Patricio Valdés Marín :

Publicado Miercoles 18 de Noviembre, 2009 - 19:26 hrs

Entre algunos antecedentes que están marcando a fuego la nueva era está el freudiano Alfred Adler y su teoría del complejo de inferioridad. Por 1920 escribía que un individuo, que ha tenido una infancia de rechazos, sufrimientos y burlas, llega a traumarse tanto que adquiere un profundo sentimiento de inferioridad. Como reacción, le surge un “complejo de superioridad.” Enseñaba así que jamás se debe tocar ni con el pétalo de una rosa a un niño si se quiere que pueda realizarse personalmente. En el curso del tiempo la idea adleriana de “realización personal” ha venido a ocupar un sitial de veneración en la terapia de la psicología, impidiendo a cualquier paciente todo compromiso personal y capacidad de solidaridad. Después de todo, debe sobrevivir en el ultra competitivo mundo neoliberal. Seguramente, el permisivo Dr. Spock, que envenenó las relaciones familiares de las generaciones que le siguieron, fue un asiduo lector de Adler.

Hugo Bobadilla :

Publicado Sabado 14 de Noviembre, 2009 - 01:57 hrs

Creo que la critica a esta generacion es injusta. Ese “mandar a jubilar” del que habla el ex presidente Lagos no es efectivo, las figuras politicas actuales eran los jovenes de los 70-80, y no hay figuras emergentes, salvo MEO. Entonces, de que estamos hablando.
Adicionalmente, si tan mal criados estan los jovenes, a quien le echara la culpa el Sr. Cristi?

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