Por Fernando Chomali
El suicidio en Chile
30 Sep 09
Puede tener componentes sicológicos, no lo niego, pero detrás de ello se perciben una gran carencia de sentido de la vida y el olvido de la dimensión trascendente del ser humano, así como de su condición de ser social.
Hace algunos días apareció una noticia que me resultó especialmente preocupante. Planteaba que, según estudios de la Policía de Investigaciones de Chile, en nuestro país hay un suicidio cada 5 horas (el año 2008 se suicidaron 1.819 personas); que por cada suicidio hay 20 intentos fallidos y que 9 de cada 10 fallecidos habían entregado algún indicio.
Además, el informe revelaba que los hombres se suicidan en mayor proporción que las mujeres (por cada 10 casos, 8 son masculinos), que los mayores de 75 años son los que más acaban con sus vidas y que las razones aducidas son problemas de salud, la situación económica precaria y el abandono.
En lo que al suicidio juvenil se refiere, las causas se encuentran en las depresiones, las desilusiones sentimentales y el abuso de alcohol y droga (añádase que una causa de muerte importante entre los jóvenes son los accidentes de tránsito, producto de la alta velocidad y de la ingesta de alcohol). Otra razón que puede explicar el fenómeno es que muchas veces el acto suicida se presenta como la fuga y la liberación de un estado de angustia frente a sufrimientos difíciles de sobrellevar; o bien, como un gesto de expiación o acto supremo de “libertad”.
Otro elemento interesante es que en general quien se suicida generalmente no busca la muerte en cuanto tal, sino más bien la solución a sus problemas, frente a los cuales no ve salida. En el fondo, quienes de suyo no quieren vivir y optan por el suicidio son los menos.
Muchas son las lecturas que se pueden hacer de este fenómeno que tanto duele, pero hay una que me parece fundamental para comprenderlo en profundidad: el análisis teológico.
En efecto, el suicidio puede tener componentes sicológicos, no lo niego, pero detrás de ello se perciben una gran carencia de sentido de la vida y el olvido de la dimensión trascendente del ser humano, así como de su condición de ser social. Santo Tomás, inspirado por Aristóteles, planteaba que era una iniuria communitatis.
Esta carencia de sentido de la vida y de la dimensión trascendente y social de la vida aumenta en la medida en que la persona se siente más sola y desprovista de relaciones sociales. No es casualidad que Benedicto XVI nos haya planteado en su última encíclica, La Caridad en la Verdad, que “una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad”. Si hemos sido creados para amarnos los unos a los otros, y es desde aquella experiencia donde vivimos en plenitud, entonces la falta de solidaridad y de fraternidad imperante se convierte en un factor a considerar a la hora de preguntarse por qué son tantas las personas que atentan contra sus vidas. El intercambio impersonal de bienes y servicios y el tener la sensación de que se es un mero engranaje en la sociedad, el cual vale en la medida en que produce y consume sin dejar espacios a las experiencias de gratuidad y de ser valorado como persona, desencadenan un sentido de soledad que muchas veces es difícil de sobrellevar. De hecho, las personas desempleadas y solas son más proclives a atentar contra sus vidas que aquellas que trabajan y tienen fuertes lazos afectivos.
En una cultura centrada en la apariencia y en el éxito personal, a veces no tenemos en quién confiar ni a quién mostrar nuestras heridas y dolores más profundos, dado que eso nos dejaría vulnerables en relación a los otros. Así, hemos olvidado que reconocerse necesitado es una de las demostraciones más grandes de amor y de humanidad, que siempre liberan y ayudan a dimensionar nuestros problemas en su justa medida. Uno de los factores que han aumentado la sensación de soledad está dado por el intento de erradicar a Dios de la esfera pública.
La presencia amorosa de Dios, que perdona e invita a levantarse setenta veces siete, evita que la desesperación llegue hasta el límite. Gracias a la experiencia del perdón no resulta baladí una vida que esté en condiciones y sea capaz de llenarse de sentido, ya que está dispuesta a perdonar, a perdonarse y a recibir el perdón. Los grandes maestros espirituales reconocen que la experiencia del amor de Dios, el perdón y la paz que ello trae conforman un camino seguro para afrontar los problemas y aferrarse con fuerza a la vida, la que se llena de sentido.
Cuando un ser querido se suicida nos deja a todos perplejos y llenos de preguntas. ¿Por qué? ¿Pudimos haber hecho algo? ¿Lo hicimos todo para evitar que sucediera? ¿En qué fallamos? Seamos honestos: muchas veces, si no las más, estamos tan preocupados de nuestros propios asuntos y proyectos que no tenemos el tiempo, y muchas veces no lo queremos tener, para estar con el que lo necesita, con aquellos que muchas de veces de modo implícito pero real nos piden ayuda, afecto y comprensión. Invito a todos quienes leen estas reflexiones a mirar a su alrededor y ver quién está solo o abandonado, angustiado por alguna situación que le ha tocado vivir o clamando con su actitud comprensión y compañía. Tal vez esa actitud más atenta hacia el otro ayude a que el flagelo del suicidio termine.
Por otra parte, es importante volver a la pregunta acerca de la sociedad que estamos formando, qué proyecto de hombre está generando y si lo potencia en su dignidad o lo deja encerrado en un proyecto materialista e inmanente incapaz de proyectarse más allá del aquí y el ahora. Por último, quisiera dirigirme de modo muy especial a las personas y familias que han sufrido la dura experiencia de un ser querido que se ha suicidado. A ellas, todo mi afecto, solidaridad y oraciones.