Por Ricardo Solari
El populismo golpea la puerta
02 Sep 09
¿Es posible una campaña electoral sin ofertones? ¿Existe algún castigo electoral para las promesas incumplidas? ¿Cuántas veces se puede ofrecer un puente a Chiloé?
En el infierno de las campañas electorales, ¿qué es peor, el gran sueño del Nuevo Chile o el prosaico bono de 40.000 pesos de Piñera? ¿Cuántas veces se puede ofrecer un puente a Chiloé? ¿Es posible una campaña electoral sin ofertones? ¿Existe algún castigo electoral para las promesas incumplidas? La “corrección del modelo”, el fin de la UF, ¿constituyen deliberada demagogia o son parte de la dinámica propia del debate de las campañas?
En fin, los estudios de opinión pública sugieren una ciudadanía cansada de cuentos, escéptica de los mega-relatos y enfocada en cuestiones concretas. Pero, ¿quién puede afirmar seriamente que los bienes simbólicos no son decisivos? ¿La honestidad, la condición de género o el carácter de candidato no suman, no generan identificación? Y si eso es así, ¿por qué en la pasada elección presidencial Bachelet obtuvo entre las mujeres más votos que sus oponentes y provocó en el sexo femenino más tasa de participación, menos abstención y más inscripción electoral?
Hemos sostenido que nuestro país está fuera del alcance del populismo. Esta afirmación temeraria ha sido reiterada por intelectuales y políticos hasta el cansancio. Más bien por convicción que por apego a la evidencia. Porque nuestra historia tiene demasiados ejemplos de populismo y también de soluciones autoritarias.
Por eso, a cien días de las elecciones, es importante cuestionar las propuestas y formas de campaña que se mueven en esa dirección. La relación entre el resultado electoral y el bono propuesto por Piñera es obvia, aunque no introduce ninguna perversión nueva a la arraigada práctica de regalar objetos a los electores, clientelismo en boga hace rato en este territorio. O promesas tan genuinamente válidas en su origen, como la de Frei de extender el post natal a seis meses, pero que meditadas más tranquilamente empiezan a tener demasiados bemoles.
Genuinamente populista es el planteamiento original de Enríquez-Ominami a favor de plebiscitar la pena de muerte. Partidarios y detractores tenemos convicciones profundas en esta materia. Nadie que pretenda conducir una nación puede dejar de tener opinión al respecto. Y menos, esconderla por razones de rating. Por lo demás, todos los opositores a la pena de muerte estamos plenamente conscientes de la impopularidad de nuestra posición. A su vez, los partidarios de esta sanción no la apoyan por ser mayoritaria, sino porque tienen definiciones morales y de política pública nítidas al respecto.
Los datos de la creciente escolaridad masculina y femenina y las transformaciones socioeconómicas generan una nueva base subjetiva de la realidad electoral. En uno de los capítulos del interesante libro El arte de clasificar a los chilenos (Universidad Alberto Hurtado y Expansiva-UDP, 2009), los autores, Rodrigo Salcedo, Juan Pardo y Alejandra Rasse, sugieren una nueva manera de estratificación social como resultado de los cambios educacionales, de propiedad (particularmente habitacional) y de ingresos, que hace que la sociedad chilena hoy transite de ser una de pobres a una con clases medias más amplias y un porcentaje mayor de ciudadanos de altos ingresos.
¿Aleja al populismo un electorado más escolarizado y de mayores ingresos promedio? No hay evidencia sólida al respecto. La modernización, el progreso, pueden convivir y, aún más, promover el malestar social. La cientista política Carolina Segovia resume en un capítulo del libro La sociedad de opinión (UDP, 2009) un conjunto muy amplio de indicadores de desafección, desvalorización y pérdida de interés por la política y sus instrumentos clásicos: los partidos y la participación electoral. Aunque no da todo por perdido, la autora percibe significativas tendencias negativas en evolución.
El desencanto gatilla con facilidad la imagen de un mundo de soluciones mágicas, con derechos y sin deberes. Y esto puede encandilar a muchos. Por eso, la competencia democrática debe ser un espacio nítido para ampliar oportunidades y promover meritocracia, para que esa población que se empieza a alejar de la pobreza encuentre un camino, si no despejado, al menos nivelado para seguir avanzando. Y también, quizás para confiar en que concurrir a las urnas tiene un sentido mayor que apenas cumplir con una obligación legal.