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Por Fernando Chomali
El drama del siglo

08 Jul 09


Hacemos y tenemos, pero a costa de dejar de ser lo que realmente somos. Quisimos construir un mundo al margen de Dios y así, amputamos al hombre y lo redujimos a la categoría de mero material biológico.

Una madre, muy dedicada a su familia, sufría mucho por la actitud irreverente de su hijo adolescente, por sus salidas nocturnas, por su excesivo consumo de alcohol, por su modo de contestar y su violencia.

Esta buena mujer, desesperada, lo increpó y le dijo: “hijo, ¿qué te pasa? Tienes todo: una familia, amigos, vas a un buen colegio, entrarás a la universidad, has viajado, te queremos, tienes dinero para divertirte. Hijo, ¿qué te pasa? Dime, ¿qué te pasa?”

El joven se tomó la cabeza con las manos y llorando le respondió: “mamá, no le encuentro sentido a la vida. Me siento absolutamente vacío, he perdido toda esperanza. Mamá, no tengo ganas de vivir, la vida no tiene sentido alguno para mí.”

Es duro decirlo, pero son muchos los jóvenes que hoy se sienten así. Yo me pregunto: ¿cómo no iba a sentirse vacío y encontrar su vida sin sentido si desde chico le dijeron que tenía que competir y ser el mejor? ¿Cómo, si desde pequeño lo lanzaron en la frenética y, a veces, esquizofrénica carrera de los puntajes y las notas y ni siquiera le preguntaron qué quería hacer ni cómo estaba como persona, como joven? ¿Cómo no iba a sentirse vacío y solo si siempre le hicieron ver que las notas y los puntajes, en el fondo, eran más importantes que él mismo?

¿Cómo no iba a sentirse solo y vacío y ver su vida carente de sentido si los potentes medios de comunicación lo indujeron desde muy niño, con técnicas atractivas y muy bien pensadas, a la desatada carrera del consumo? ¿Cómo, si le hicieron creer que mientras más tenía mejor era, incluso al poseer cosas que no necesitaba?

¿Cómo no iba a sentirse solo y vacío y descubrir su vida carente de sentido si le dijeron que hiciera lo que quisiera, como quisiera y cuando quisiera, con tal de que no diera problemas y se protegiera?

¿Cómo no se va a sentir vacía y hastiada una persona a la que se le muestran los otros como enemigos de los que tiene que defenderse y protegerse? ¿Cómo no se va a sentir solo y vacío un joven al que en vez de ofrecerle altos ideales de vida, altas metas de orden espiritual y social, se le ofrecen entretención y “felicidad barata” en una promo? ¿Cómo no va estar desencantado y sin esperanza si percibe que los aspectos más nobles del ser humano, como lo son la vida pública, el mundo de los afectos y las propias celebraciones sagradas son convertidas en meros medios para lucrar?

¿Cómo, si cuando toda su vida y sus decisiones están encaminadas a responder la pregunta acerca de qué voy a vivir, relegando a un plano absolutamente secundario la pregunta madre de todas las preguntas: ¿para qué voy a vivir y cuál es el sentido más profundo que tiene mi vida?

He aquí el drama del siglo XXI, del que como creyentes hemos de hacernos cargo. Sí, hacernos cargo. He aquí la clave.

Las respuestas no se han hecho esperar. Desde el tango que nos dice que “la vida fue y será una porquería” hasta la esperanza mesiánica en la ciencia y la tecnología, y los que piensan que todo se soluciona con pastillas. He aquí el drama de nuestra civilización: ha perdido el norte, convertido en fines los medios y los medios en fines. Ya no distingue con claridad el bien del mal ni el mal del bien. Ha dejado de lado lo realmente importante para centrarse en lo urgente, lo inmediato y lo banal.

La razón última de este sinsentido y las respuestas que se han dado –que, por cierto, han fracasado– es que se ha pretendido construir un mundo al margen de Dios. Nos hemos quedado con las apariencias y no con la realidad. Nos hemos quedado con el foco que encandila, con la fiesta que embriaga, y hemos desechado la luz que ilumina, la conversación que hace crecer. Hemos preferido el ruido y no la música. Nos hemos quedado con la velocidad del auto, pero hemos olvidado el rumbo.

Sí, he allí el drama del siglo. Hacemos y tenemos, pero a costa de dejar de ser lo que realmente somos. Quisimos construir un mundo al margen de Dios y, así, amputamos al hombre y lo redujimos a la categoría de mero material biológico, de consumo o de hacedor.

Sí, es aquí donde está el corazón del drama de este joven, del drama de Chile, del drama de la humanidad. Acortó la visión de su propia vida y la del mundo porque nadie le dijo realmente quién era: un hijo de Dios creado a su imagen y semejanza.

La respuesta de una sociedad ha sido enrejar y electrificar nuestras casas, “asegurando” todo cuanto tenemos, desconfiando los unos de los otros. Este mundo sin Dios no quiere pensar, le tiene miedo a la palabra verdad y, en nombre de la tolerancia, de la libertad, del “derecho a ser feliz” y del derecho a hacer lo que yo quiera, ha terminado entrampado en sus propios excesos. Este mundo clama, gime, pide salvación.

¿Quién podrá ayudarnos? ¿Quién podrá decirnos que la vida tiene sentido, que vale la pena vivir?

Algunos han puesto la confianza en la ciencia. Sin negar su altísimo valor, el que la Iglesia reconoce, es evidente que no alcanzará nunca a dar cuenta por el sentido de la vida. Eso lo sabemos y nos equivocamos cuando pensamos que lo encontraremos en un viaje exótico o lleno de lujos o en una cirugía estética que nos sacará por un breve instante el pasar del tiempo; o en el auto más moderno o en la casa más lujosa. Aquellos bienes podrán entretenernos o ayudarnos en un momento determinado, pero no salvarnos. Esa es la verdad y lo sabemos. Todos hemos experimentado el vacío que se siente al creer que el hacer o el tener nos va a hacer felices, nos darán auténtica paz o saciarán los anhelos más profundos de nuestro corazón.

Necesitamos salvación, aquella que no podemos darnos a nosotros mismos. El nos ilumina el camino para que vivamos conforme a nuestra dignidad. El se nos presenta como la verdad y la vida y nos dice con claridad que estamos en este mundo por El, por quién todo fue hecho. El nos recuerda que es nuestra meta, nuestra razón de ser. Desde Dios, en cuanto referente trascendente y omnipotente, puede conducirnos a dejar de lado la tiranía de la belleza, del éxito, del figurar, del querer ser admirado y entrar en las exigencias del amor, de la donación, que traen alegría verdadera y paz auténtica.

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Comentarios

4 Comentarios

María Paz :

Publicado Miercoles 15 de Julio, 2009 - 01:44 hrs

Gracias por un nuevo texto inspirador, claro, preciso y conciso.
Fito Paez tiene una canción que dice que la parte más pesada de la vida es vivir atormentado del sentido; en realidad, claro, se refiere a la falta de él.
Va directo al portafolio para mis alumnos.
Gracias.

Rafael Pérez Ortolá :

URL: http://www.diariosigloxxi.com
Publicado Domingo 12 de Julio, 2009 - 15:14 hrs

Desde la distancia, no me suelo perder ese rincón suyo.
Me quedo con su clave ante el drama del siglo, como creyentes hemos de hacernos cargo.
Hacernos cargo de neustra parcela. ¿Cuál es?
En Diario Siglo XXI (diariosigloxxi.com) acabo de publicar HILO SECRETO, esa parcela que uno debe cuidar, ejercitar, remendar, … Pero que no dispone de reglas fijas.
El drama del siglo es un RETO. Y en este, resulta fundamental el amor, la participación, la fe y el buen ánimo; que tanto se necesitan y tanto se menosprecian.
Es importante sumar esfuerzos.
Cordiales saludos.

Beatriz Seguel :

Publicado Viernes 10 de Julio, 2009 - 22:46 hrs

Vale la pena apagar el televisor y comentarlo en familia

Patricio :

Publicado Miercoles 8 de Julio, 2009 - 23:47 hrs

Muy bueno,ojalá lo lean los jóvenes.

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