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Por José Miguel Izquierdo
El conteo final desde los márgenes

09 Dic 09


La batalla será dirimida entre quienes se acerquen con mayor efectividad a los electores indecisos y logren encarnar la demanda de cambio y renovación que este segmento tanto valora.

Los últimos días de campaña tienen algo afrodisíaco para los candidatos. Se vuelcan a las calles, transformándolas a veces en chiqueros. Todo, con la ansiedad de captar votos que no han podido tocar, de llegar al punto más recóndito o de empezar a caminar calles que no pudieron atender antes. El frenesí nubla la conciencia y, finalmente, hasta los más conscientes de la derrota se vuelven peligrosas máquinas de destrucción.

El espectáculo es mínimo. El sex appeal de las campañas baja fuertemente hacia el último período y, por lo mismo, cambiar el rumbo de los acontecimientos es muy difícil a estas alturas. Hagan lo que hagan, las cartas parecen estar echadas y sólo un porcentaje mínimo de electores forma parte de la torta a repartir.
A juzgar por los datos de la última encuesta del CEP, ese trozo o porción del electorado que aún no toma su decisión o dice que vota nulo o blanco; es decir, la magnitud de lo que llamamos indecisos, alcanza a un 13% respecto de la primera vuelta, y a un 19% en una eventual segunda vuelta entre Eduardo Frei y Marco Enríquez-Ominami.

Es decir, el tráfago de último minuto se concentra sobre un techo de un millón y medio de personas. El gasto final: la pintura, las últimas impresiones y reimpresiones, bolsas, etc., apunta a ese margen de votos.

De acuerdo con la misma encuesta, el 55% de esos indecisos no se identifica con sectores políticos. Esto es, la gran mayoría es consistente en manifestarse sin opción de voto y, además, no se siente interpretada con aquella forma de dividir las creencias entre derecha, centro e izquierda.

Adicionalmente, podemos hacer un análisis de la historia electoral del indeciso, para ver de qué universo proviene y hacia dónde puede mutar. La encuesta UDP 2009 nos entrega un perfil bastante iluminador. En primer lugar, el 34% de ellos votó en 1988 por el No. Luego el 25% no votó en esa elección y sólo un 8% declara haber votado por el Sí. Complementariamente, de los indecisos un 38% votó por Lagos en 1999 y no por Joaquín Lavín. Sólo un 10% lo hizo por éste. Y en la segunda vuelta de 2005, el 45% de los indecisos dice haber votado por Michelle Bachelet.

Es decir, la historia del indeciso que nos muestra esa encuesta nos habla de un perfil de electores que, mayoritariamente, fue concertacionista. Sin embargo, hoy no toma opción política. ¿Por qué? Encontramos que ellos también son los que mayormente castigan la corrupción del Estado y, sobre todo, perciben que esa corrupción es protagonizada por los altos funcionarios del mismo. Es decir, detectan mayor robo de cuello y corbata que ratería pura u hojarasca, como alguien dijo por ahí.

Los indecisos también son personas que piensan que el país está más unido que el resto de la población. Pero tienen mayor conciencia de que vivimos en una sociedad estructuralmente desigual. Sin embargo, estos indecisos se distinguen del resto fuertemente por no estar dispuestos a pagar más impuestos, aunque ese dinero se destine a programas sociales. Sienten la injusticia, la declaran, pero eso no se encarna en la confianza en el Estado como asignador de recursos.

Todo esto nos habla de un perfil de indecisos que es ambiguo y, por lo mismo, se ha abierto un debate en torno a la probabilidad de que voten por Piñera o por Frei en segunda vuelta. En definitiva, tanto Piñera como Frei tienen un voto potencial sobre este grupo que se manifiesta, en la encuesta CEP, en una magnitud idéntica de 14 puntos, mientras que MEO tiene un potencial de 38% en ese segmento.

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