Por Alejandro San Francisco
Buenas noticias en las universidades chilenas
15 Sep 09
Podemos estar confiados, ya que las buenas noticias en la educación superior hablan de un sistema que avanza, de posibilidades que se abren para los jóvenes, una competencia que obliga a estar atentos y una época que permitirá construir nuevas oportunidades.
Una de las peores distinciones que se hacen en el sistema universitario es la de universidades públicas y privadas. Nadie sabe qué significa exactamente cada una de ellas ni tampoco la utilidad de dividir así el modelo universitario. Más aún: cuando se pregunta cuál es cuál, aparecen dudas y confusiones que, a la larga, impiden un análisis razonable del régimen universitario chileno. En la educación superior hay muchos problemas, actualmente: excesivo centralismo (amplia primacía de Santiago en materia universitaria), carencia de una masa crítica importante, proyectos universitarios complejos, falta de recursos económicos, debilidades de la enseñanza primaria y secundaria que repercuten en la superior, niveles de investigación todavía deficientes, discusiones estériles y poco conducentes en varios ámbitos. Sin embargo, también es posible apreciar notables progresos y buenas noticias que conviene recordar y cuyo contenido es necesario profundizar.
En primer lugar, el sistema de libertad universitaria ha permitido un crecimiento amplio de programas, proyectos, universidades y títulos, lo que ha ampliado a su vez la cantidad de estudiantes en ese espacio, ha provocado competencia y con ello ha beneficiado a los alumnos y sus familias con una oferta más completa y muchas veces más accesible a los intereses y necesidades de la población.
Como consecuencia de lo anterior, hoy es posible apreciar una tremenda transformación social, impensada tiempo atrás y de insospechadas consecuencias hacia el futuro: hoy, siete de cada diez estudiantes que cursan la enseñanza superior son el primer miembro de la familia con estudios universitarios. Esto habla de oportunidades, movilidad social, de un sistema que piensa en las personas.
En segundo término, se ha producido una consolidación de algunos proyectos de enseñanza superior privados, lo que contribuye también a la valoración de este tipo de universidades y sus programas, así como también de sus estudiantes. Una investigación reciente estimaba que en la evaluación de los egresados, las universidades que estaban en los cinco primeros lugares eran dos “tradicionales”, la U. Católica y la U. de Chile, y tres “privadas”, la Universidad de los Andes, la U. del Desarrollo y la U. Adolfo Ibáñez. Esto es positivo porque derriba mitos (por ejemplo, el de la “cota mil” o el supuesto “negocio” como fin de estas instituciones). También, porque incentiva nuevas ideas en diversos ámbitos: la Universidad Diego Portales encabezó la Reforma Procesal Penal; el proyecto de extensión de la Universidad Gabriela Mistral es de los más amplios y atractivos, especialmente por su difusión hacia los colegios; la Universidad de San Sebastián es la que más ha progresado en el Aporte Fiscal Indirecto; el CIDOC de la Universidad Finis Terrae constituye un ejemplo de trabajo histórico y documental. Todos esos son claros ejemplos de un sistema universitario complejo y con buenas perspectivas de creatividad y desarrollo.
Un tercer aspecto se refiere a las dos grandes, la Universidad Católica y la Universidad de Chile. Ellas están entre las 500 mejores del mundo, en una lucha siempre difícil contra los colosos del norte, de mayor tradición y recursos. Entre ambas desarrollan gran parte de la investigación científica chilena, lo que habla bien de ellas, pero no del sistema ni de los esfuerzos de otras instituciones. Por lo mismo, son también las que cuentan con mejores profesores y alumnos dentro del nivel universitario, en un esquema que sería necesario ampliar a otras casas de estudios, entre las que destacan la USACh y la de Concepción, por mencionar dos de las más relevantes.
Un último aspecto, de los muchos que se podrían mencionar, se refiere a la consolidación de dos instituciones de enseñanza superior en el área técnico profesional, como son Inacap y el DUOC UC. Muchas veces olvidamos que las Ues no son todo, que hay otras entidades buenas y necesarias. Si antes algunos miraban a estas instituciones como “de segunda categoría”, hoy la situación refleja cambios, tanto por el prestigio de las mismas como por una mayor conciencia sobre la necesidad de la formación en áreas técnicas, cuyos egresados reciben muchas veces mejores sueldos de que los de algunas profesiones que se imparten en las universidades.
Queda mucho por hacer todavía. Gran parte de los que estudian en las universidades públicas y privadas son del 20% más rico de Chile y persiste una injusticia en la asignación de recursos estatales a los alumnos. El primer problema tiene su origen en el desastre de la enseñanza chilena en sus niveles básico y medio; el segundo asunto se refiere a la aplicación de malas políticas públicas que debieran ser reemplazadas por otras mejores y más justas. Pero podemos estar confiados, ya que las buenas noticias en la educación superior hablan de un sistema que avanza, de posibilidades que se abren para los jóvenes, de una competencia que obliga a todos a estar atentos y de una época que permitirá construir nuevas oportunidades sobre cimientos sólidos y con verdadera visión de futuro. Cuando esto sucede en una sociedad, las consignas son reemplazadas por ideas y los lugares comunes por información real. De esta manera, Chile puede confiar en el desarrollo del sistema, en el que los proyectos de calidad dejan en el pasado los prejuicios. Las buenas noticias no sirven sólo para celebrar, sino también para trabajar más y mejor.