Por Ricardo Solari
Alfa, Serrano y la mano invisible
08 Jul 09
El mercado bursátil depende, críticamente, de la confianza. Este es un bien de inmensa importancia y un recurso escaso que es crucial proteger.
A propósito de nuevos problemas con una corredora de la Bolsa de Comercio de Santiago, resurgen archivadas propuestas de autorregulación y repetidas ideas de mejora de la gestión corporativa de nuestra principal plaza bursátil.
Ellas, aunque se anuncien como propuestas nuevas, siempre actúan como parches para las heridas. Y pese a lo reiterado y aparentemente estéril de estos impulsos, sin embargo en mi caso no impide que me sorprendan sus fundamentos. Oír comentarios de algunos agentes económicos pletóricos de intereses, que promueven –como si fuese una religión milenaria– tras cada “nuevo problema”, las bondades de la autorregulación. Ideas, aparentemente candorosas, construidas de espaldas a una reflexión sobre la condición humana y la experiencia histórica y que son impulsadas por sus autores con las dosis altas de inefabilidad de una encíclica papal. Ellas suponen, además, que la comunidad política, el parlamento, el gobierno, cuando actúan o legislan, están objetivamente siempre en contra de la libertad.
Este meta relato se construye a partir de la convicción de un cierto principio de libertad que desafortunadamente no atiende el interés, en este mercado específico, de los jugadores más débiles. Por eso creo que a estas alturas hay que tener certeza de que una legislación o la acción más activa de la autoridad es mejor que una autorregulación tan imperfecta que –como resultado de su falta de control– deja, cada tanto rato, a pequeños y medianos inversionistas al garete. O a la espera de un largo juicio legal costoso y de resultado incierto. Esta es una autorregulación que más parece desregulación.
El mercado bursátil depende, críticamente, de la confianza. Este es un bien de inmensa importancia y un recurso escaso que es crucial proteger. Sin embargo, en la bolsa local no parece existir consenso respecto de la estrategia para fortalecer esa confianza pública. Nuestra Bolsa de Santiago funciona a la manera de una cooperativa, donde hay socios más fuertes que otros y donde realizar cualquier modificación al status quo significa afectar a los más poderosos de la asamblea. Y muchas veces los que han propuesto cambios han sido derrotados en el intento.
En Estados Unidos, este debate está en el corazón de las oportunidades de reactivación. El retorno de la confiabilidad de los mecanismos de ahorro, que a su vez apalancan el sistema de pensiones y los instrumentos de financiamiento de las empresas y las viviendas, depende de que se reconstruya nuevamente la convicción de que el sistema legal resguarda los intereses colectivos, que son los de los inversionistas minoritarios, pequeños.
Hay cosas que siempre me han sorprendido de la bolsa. Cuando algún operador local hace mal uso de dinero o valores de quienes les confiaron sus ahorros, las responsabilidades institucionales se diluyen. Inmediatamente se transfiere la tarea a la Superintendencia o a los tribunales de justicia. ¿Cómo es posible que ocurran casos como los de Alfa y la corredora del señor Serrano en menos de año? La Bolsa de Comercio anuncia procedimientos de modernización cada tanto pero, en verdad, no se ve ningún esfuerzo por cambiar su gobierno corporativo, ni la claridad de sus prácticas. De alguna manera no se permite que se le meta mano a la letra chica del sistema de transacciones que está en el centro del sistema económico vigente.
Pregunta simple: ¿cómo figuran entre los máximos directivos personas que son juez y parte? ¿Por qué no existe especialización en una función tan crítica en el mundo de los negocios?
Las oportunidades en que actúa el superintendente provocan fuertes reacciones, pero hasta ahora la justicia siempre lo ha respaldado. Creo que es la oportunidad para que la autoridad, con la ayuda contundente de la experiencia comparada y de la tecnología que hoy es barata y abundante, avance en la resolución de los problemas más básicos.
Exigencias mucho más fuertes de patrimonio, para quienes realizan operaciones como simultáneas y forwards. Para los efectos de la custodia, cualquier cliente debería tener acceso al Depósito Central de Valores, para verificar la situación de sus papeles.
Por último se requieren normas fuertes, exigibles por los propios directivos, que amparen a los ahorrantes y sancionen a los que defraudan la confianza pública. Y si hasta el fútbol profesional pasó del grupo de amigos a las sociedad anónimas, ¿por qué no la Bolsa de Comercio?