Por Jorge Rosenblut
¿Sabe usted qué se discutió en la Cumbre de Copenhague?
26 Ene 10
Queremos crecer y, a la vez, queremos hacerlo de un modo sustentable. Cumplir con la meta de reducción de emisiones planteada por el gobierno requiere abordar ahora el papel que juega la generación de energía eléctrica en dicha contribución.
Una vez concluida, en diciembre de 2009, la XV Conferencia de Cambio Climático de Naciones Unidas, más conocida como Cumbre de Copenhague, en muchas partes del mundo– incluyendo a nuestro país– se dio paso a los balances sobre sus resultados. Las expectativas generadas por esta reunión, a la que concurrieron los
líderes más destacados del mundo desarrollado y de las naciones emergentes, eran altísimas. Gobiernos y sociedades civiles discutieron en la capital danesa sobre cómo detener los efectos del creciente cambio climático antropogénico –es decir, el creado por el ser humano–, producido por lo que, en general, conocemos como emisiones de dióxido de carbono (CO2) o, más técnicamente, emisiones de gases de efecto invernadero. No podía ser de otra forma, el problema es real y los países deben tomar acciones.
En general, el resultado de Copenhague dejó abiertasalgunas interrogantes en nuestro grupo. Lo anterior, porque faltaron señales claras, tanto de corto como de largo plazo, para el sector privado. Serán necesarios más análisis respecto de las reales implicancias de este proceso para el mundo empresarial, especialmente en el establecimiento de un marco global de acción.
Sin embargo, hoy existe un consenso mundial en orden a realizar las acciones que sean necesarias para mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2°C hacia el 2020. La meta es ambiciosa y requiere que todas las naciones del mundo hagan lo suyo.
Chile nuevamente destacó. Nuestro país asumió voluntariamente una meta ante las más de 190 naciones reunidas en Copenhague. Así, la ministra del Medio Ambiente, Ana Lya Uriarte, anunció que Chile se compromete a llegar al 2020 con una “desviación significativa de hasta un 20% de la línea base de sus emisiones de gases de efecto invernadero”. El país ha ido ganando una conciencia creciente sobre la materia, lo cual se ha reflejado en exitosos esfuerzos público-privados que inciden en el tema, como son las iniciativas que se han realizado en el marco del Programa País de Eficiencia Energética, iniciado en 2005 y que en 2008 pasó a depender de la Comisión Nacional de Energía.
Cumplir con la meta de reducción de emisiones planteada por el gobierno requiere abordar ahora el papel que juega la generación de energía eléctrica en dicha contribución. Somos un país que aspira al pleno desarrollo para la misma fecha en la que se ha asumido la meta de reducción de emisiones: 2020.
Queremos crecer y, a la vez, queremos hacerlo de un modo sustentable. Lograr un ritmo de crecimiento que
nos llevará a los estándares de bienestar de los países desarrollados implicará necesariamente un aumento en las emisiones. Esto es, en parte significativa, producto del uso de combustibles fósiles para la generación de la electricidad necesaria para cimentar el crecimiento.
Según estudios de la Universidad de Chile, la demanda eléctrica aumentará 3,2 veces en las próximas dos décadas, pasando de los actuales 7.500 MW a casi 22.000 MW, considerando sólo el Sistema Interconectado Central. El deseable desarrollo de energías renovables no convencionales y la mayor eficiencia energética serán una condición necesaria, pero no suficiente por sí misma por razones técnicas y económicas, para suplir esta demanda y frenar el aumento en las emisiones.
De acuerdo al Plan de Obras de la Comisión Nacional de Energía, hoy el sector eléctrico genera un 26% del total de las emisiones del país. Hacia 2020 esta cifra crecerá a un 35% del total. Si a ello se suma el hecho de que la población de nuestro país prácticamente ya no crece, las emisiones per cápita sólo pueden aumentar. El cuadro que enfrenta Chile en la materia es preocupante, por decir lo menos.
Es por ello que resulta clave que, como país, impulsemos ahora aquellas energías limpias que Chile tiene a la mano. Como lo expresaba en una reciente columna de opinión el ministro de Energía, Marcelo Tokman, no hacerlo implicará “encarecer nuestra producción energética, pero, lo que es peor aún, poner en riesgo nuestra competitividad”. El impacto que pueden tener las restricciones al comercio internacional ligadas a la llamada huella de carbón es preocupante para un país con vocación netamente exportadora, como es el nuestro.
Hasta el momento, han sido dos las alternativas que han capturado la atención del debate en Chile. Una es el desarrollo de la nucleoelectricidad y la otra, el aprovechamiento a plenitud del potencial hidroeléctrico que tiene el país. Ninguna de ella genera emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera. Vuelvo a parafrasear lo dicho por el ministro, en el sentido de que no nos podemos dar el lujo de desechar alternativas como la nucleoeléctrica por motivos ideológicos y desaprovechar abundantes recursos naturales renovables, como el agua.
Dicho esto, es necesario considerar que la nucleoelectricidad podría constituirse en un aporte operacional no antes de acercarnos al 2030. Los estudios que hasta el momento se han hecho sobre la materia, como el realizado por la Universidad Adolfo Ibáñez por encargo de la Comisión Nacional de Energía, muestran que recién a partir de 2027 el país podría contar con centrales nucleares. Para
que así sea, será necesario al menos a) estudiar a cabalidad la viabilidad tecnológica y económica de su incorporación a la matriz energética; b) contar con capital humano especializado, hoy inexistente en Chile; c) asegurar las altas inversiones y el financiamiento que requieren este tipo de centrales; y d) tener las normativas adecuadas que garanticen su seguridad en el largo plazo. Aquí, sin duda, hay
un potencial que podrá ser explotado, especialmente en el norte del país, por empresarios innovadores con mirada de largo plazo.
Pero, estimadas lectoras y lectores, por lo pronto debemos seguir echando mano a ese gran obsequio con el
cual ha sido bendecido nuestro territorio, que alguna vez el entonces presidente Patricio Aylwin denominó –en un discurso de 1993, en la Universidad de Concepción– nuestro “petróleo renovable”; esto es, nuestras abundantes caídas de aguas. Ya hay países que han tomado decisiones en este sentido, como es el caso de Brasil. En el plan de obras de dicho país, hay más de 7.000 MW de energía hidroeléctrica
sólo hasta el 2014.
Y, volviendo a Chile, se calcula que hay más de 20.000 MW en potencial de energía hídrica presente en todo el país, buena parte del cual se encuentra en el sur, la que puede ser desarrollada de manera más económica y en situación operacional tan temprano como el 2017, a tiempo para aportar a nuestras metas asumidas en Copenhague. De hacerlo, daríamos un gran paso para satisfacer de modo sustentable las necesidades del país.
Afortunadamente, Chile ya cuenta con todas las capacidades que se requieren. Tenemos la experiencia y tecnologías exitosamente probadas. Tenemos los talentos profesionales y técnicos de clase mundial. Tenemos empresas capaces de acometer con serenidad y rigor estas inversiones y, lo más importante, tenemos –sectores público y privado– una credibilidad ante la industria financiera internacional líder en la región, lo que permite financiar estos importantes proyectos y a costos de economías desarrolladas, a 20 y 30 años.
Entre éstas, por cierto, se encuentran proyectos como el de Hidroaysén, el cual aprovecharía alrededor de un tercio de los 9.000 MW de potencial de generación eléctrica que existe en la undécima región, que se sumarán a los más de 5.000 MW de operación hidroeléctrica exitosa con que ya existe cuenta. Lo anterior, sin lugar a dudas, se implementarse bajo los más exigentes y modernos estándares medioambientales.
Al entrar este proyecto en pleno funcionamiento, será equivalente a la producción de siete centrales termoeléctricas y evitará la emisión a la atmósfera de gases de efecto invernadero similares al 25% del total que hoy emite el país. Además, permitirá una ahorro de alrededor de 700 millones de dólares anuales en combustibles fósiles. Un tema operacional, si bien interno, pero importante, es que además, por el régimen de lluvias de la undécima región, Hidroaysén generará más energía en aquellas temporadas en que la zona central se ve mayormente expuesta a fenómenos más secos. Hoy está en manos del país el seguir siendo líder en materias de protección y cohesión social, así como de crecimiento económico, realizando una contribución importante para el bienestar de generaciones venideras que sentirán orgullo por nuestro liderazgo en el esfuerzo de alejar la amenaza del cambio climático.