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Artículo correspondiente al número 257 (24 de julio al 6 de agosto de 2009)
Ni picada ni descubrimiento. Palma es un restaurant de barrio de esos que salen en las películas neoyorquinas que uno añora, pero que nunca sabemos si realmente existen. ¿Por qué no hay lugares así en Santiago? Por Paola Doberti.
Ni picada ni descubrimiento. Palma es un restaurant de barrio de esos que salen en las películas neoyorquinas que uno añora, pero que nunca sabemos si realmente existen. ¿Por qué no hay lugares así en Santiago? Por Paola Doberti
No era pensable desaprovechar una última noche en Nueva York, y el destino era el Village. Dar con ese restorancito de barrio y con onda, rústico en estética y ojalá en la cocina, bueno y sabroso. Era tan fácil equivocarse como lograrlo. Y fue caminando por Bleecker St. hasta toparse con una angosta y encantadora calle, Cornelia, que llamaba la atención porque a mitad de cuadra aparecían unos toldos a rayas y colores, uno rojo frente a otro amarillo, que parecían juntar ambas veredas.
El de las lonas amarilla era el Palma, con sus ventanales abiertos y emplazado un par de peldaños sobre la acera que lo hacía más atractivo aún. Era ese lugar encantador que andábamos buscando. Y quizás más. La primera sala prácticamente abierta a la calle, a un domingo de noche de primavera, tenuemente iluminado; las mesas son de madera, los platos de cerámica oscura y de forma irregular. Hay flores frescas, un bar con botellas iluminadas como una instalación. El espacio se angosta en la mitad para desembocar en un patio interior encantador y repleto, completamente integrado a los departamentos del barrio, desde donde se ve a más de alguien conectado a su computador en una esquina de su seguramente estrecho dormitorio.
El Palma es definitivamente un restaurant de barrio, de gente joven, también familiar, donde también podrías encontrar comiendo a Gwyneth Paltrow pero no a Lindsay Lohan. Todo me cautivó del lugar. La iluminación, la loza, el ruido, el servicio, el discreto desor-den, las flores frescas y esa comida mediterránea, sencilla, sabrosa y colorida y con buenas materias primas. En una palabra, consistencia.
Luego nos enteramos de que la especialidad de la casa son los productos del mar. Pero eso fue después. La ensalada de baby rúcula, betarragas ligeramente salteadas y queso de cabra –blando, de textura levemente granulosa, fresco y apenas tibio–, simplemente espectacular. La variedad y calidad de los quesos la llevan, aquí. Probamos también mozzarella en una colorida y vibrante caprese. Luego, fettucine ai funghi que haría la abuela, con rústica pasta casera y penetrante salsa de variedad de setas. La porción resultó algo chica, así que pedimos repetición. Los vinos son principalmente italianos; optamos por copas de Pinot Grigio de Trentino y Nero D´Avola de Sicilia. Pocos postres: la panacota con salsa de balsámico añejado, suave y buena.
El Palma tiene menú de almuerzo, comida, brunch y además ofrece catering. Y es mucho más conocido que lo que nos imaginamos cuando lo “descubrimos” en esa encantadora y tan neoyorquina calle con esos toldos de colores que parecían juntar ambas veredas.... Pero eso fue después.