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Una arbitrariedad para septiembre

Artículo correspondiente al número 236 (5 al 16 de septiembre de 2008)

 

El mejor arrollado de huaso y la cremosidad de un queso de antología pueden poner en los planes de este mes un paseo culinario único, sencillísimo e inolvidable. Por Paola Doberti.



Romper la rutina, hacer un alto a lo convencional es siempre recomendable. Se valora lo uno y goza lo otro. Sábado en la mañana. Sol y transparencia perfecta. Bien acompañado de un partner capaz de gozar los caprichos de un momento de inspiración diferente. Qué suerte!

En auto dirigimos todos los sentidos a nuestro destino final: un picoteo frente al mar de Algarrobo. Ruta 68. Primera parada: Dulces ISSA. Clásicos e irresistibles por décadas y generaciones. Son para el postre, pero imposible no probar uno. Seguimos. Segunda detención: Viña Morandé. Nos fuimos por los tintos Cabernet Franc, Syrah y Pinot Noir, de la línea Edición Limitada, complementos de primera necesidad para nuestros siguientes ingredientes. Pasamos el pueblo de Casablanca y la entrada de Viña Casas del Bosque y justo antes de que aparezca la torre de la Iglesia de Lo Vásquez, a la derecha, al final de la gran bajada encontramos los mejores quesos de la décima región, “Dos Castaños”. Compramos uno cremoso y de sabor inigualable. Estábamos a la mitad del camino, nos miramos cómplices y reanudamos. Cinco kilómetros más allá las señales nos indican la dirección de Las Dichas y de ahí Mirasol y Algarrobo sólo cuestión de minutos. La belleza y variedad del paisaje húmedo y brillante alimentan mientras tanto nuestro espíritu y nuestra conversación, transformándose en un elemento contenedor muy importante de la aventura que vamos dibujando kilómetro a kilómetro. Por el camino viejo a Algarrobo empalmamos –después de algunas curvas– con la ruta que comunica con San Antonio. Al llegar al cruce El Totoral-El Quisco, tomamos a la izquierda por un camino cercado de pinos y eucaliptus que nos lleva directo al pequeño villorrio de nombre El Totoral. Algunas casas, una sencilla iglesia de intenso rojo colonial y el cementerio son testigos de nuestra golosa detención frente al único quiosco del lugar. En él se ofrecen productos artesanales, pero nosotros sólo íbamos por el arrollado huaso que lo ha hecho famoso. Estábamos de suerte, recién lo habían cocinado y el condimentado aroma que salía de las fuentes de greda nos invadió con generosidad. No lograron tentarnos ni el licor artesanal –que sí probamos– ni las conservas, lo adquirido nos parecía perfecto. Al entrar finalmente a Algarrobo, nos detuvimos en una panadería en los altos, justo cuando comienza el comercio. La hallulla recién salía del horno. Sólo nos faltaba llegar para que en ceremoniosa actitud – de esa que reservamos para los mejores momentos con nuestros amigos – nos preparáramos en platos y bandejas el cóctel perfecto para un paseo diferente y terminar disfrutando de la mejor y más luminosa vista al mar. Celebramos cada bocado que nos llevamos a la boca. El aire marino, el sol y el relajante cansancio de los más de 130 kilómetros de ruta nos recomendaron una reponedora siesta antes de volver… y soñar con repetirlo no una sino muchas veces más… La próxima seremos cuatro, a lo menos.

(La otra arbitrariedad es que el autor intelectual del paseo y de este artículo es el partner habitual de nuestra columnista en las lides gastronómicas, Felipe Rillon).

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