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Artículo correspondiente al número 281 (29 de julio al 15 de agosto de 2010)
La oferta gastronómica capitalina crece como la espuma. A continuación, lo que hemos probado y lo que nos queda en la memoria. Que no es poco. Por Paola Doberti
En esta calle hay un par de los mejores restaurantes de Santiago. Hace un tiempo cerró el Mercat (cuyo chef en su momento fue sindicado por la crítica entre los prometedores de la nueva generación), así como culminó su ciclo World Delicatessen, especie de restaurante-tienda-taller, del también elogiado chef Mazzarelli, para reabrir con el chileno alternativo Aitué. Ahora hizo su estreno Mezzanotte –italiano, de más está decirlo–, con una apariencia menos establecida de lo que luego ofrece su mesa. Por fuera se ve básicamente una informal terraza. Por dentro, un segundo piso que es todo un comedor (que no es lo mismo que toda una belleza). Me hubiera demorado en ir de no ser por los buenos comentarios de mis colegas Daniel Greve y Pilar Hurtado. Pastas, pizzas y ensaladas deliciosas, como la de pera y rúcula: montaña de hojas verdes cubierta de delgadas láminas de jugosas peras, nueces, aliño de miel y mostaza y queso brie gratinado. Inolvidable. Probamos gnocchi a los cuatro quesos (de calidad promedio, pero ricos) y fettuccini, que no eran caseros. Buena selección de vinos. Servicio atento. 
En la vereda de enfrente al espléndido Ichiban (que se luce en sushi y marinados y salsas para acompañar, no tanto en platos calientes) brillan por lo llamativo de sus infraestructuras dos nuevas instalaciones. Una es el Sol de Máncora, peruano del que tenemos escasa referencia por ahora. Y exactamente a su lado está el bastante alabado en su estreno Casa Mar. El lugar está muy bien puesto, bien iluminado, es grande, tiene distintos espacios y entretenidos detalles, como la preciosa pecera en el primer comedor. Por fuera llaman la atención la terraza del segundo piso y el agua que rodea el perímetro. Los comedores del fondo me los imagino con grupos de parejas jóvenes, de noche, compartiendo cebiches y tiraditos. El chef propietario es un cocinero que tuvo una encantadora y sencilla terraza con propuesta de comida “inteligente” en Providencia, el Creative Kitchen. Los otros socios están vinculados a una pesquera; por eso, los refrigeradores en la entrada con productos para llevar. La carta es amplia y variada y los productos del mar mandan. Probamos una pasta (gruesa) con relleno de krill rico y abundante, y salsa de camarones, cebolla morada, champiñones, pimentón, ají verde… en salsa blanca con fondo de marisco; sabroso, grande, un plato cariñoso. La merluza austral estaba perfecta: generosa porción del pescado fresco, blanco, carnoso, sobre puré de papa de apio. Buenos vinos a muy buenos precios: tomamos Casa Marín Pinot Noir, un pequeño lujo. El servicio ese domingo al almuerzo estaba un poco desocupado, lo que se tradujo en una sobreatención. Un lugar puesto con muchas ganas de brillar y de posicionar su cocina autoproclamada “inteligente”. Hay que meterse a facebook para indagar más el concepto. No es lo mío.