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Artículo correspondiente al número 214 (05 al 17 de oct 2007)
¿Por qué no nos sentimos orgullosos de la comida chilena y siempre estamos mirando para el lado? Por Pilar Hurtado.

Desde que llegué a Chile, hace ya 20 años, el 18 es mi fiesta favorita. Siempre me ha llamado la atención que durante septiembre aparezca ese sentimiento patriótico –alimentado a fuerza de pura “Consentida”, chicha y empanadas– y que acaba por extinguirse junto con el último día del mes. Está claro que no es una festividad compartida con el mismo entusiasmo por todos los chilenos (seamos realistas, no falta quien encuentra picantes estas manifestaciones), pero bueno, por unos días se expande un sentimiento nacionalista que hincha el pecho de orgullo por nuestras cosas. Me encantaría que ese fervor septembrino durase todo el año. Creo que nos haría muy bien sentirnos orgullosos de lo que somos y de lo que comemos de enero a diciembre. Eso pasa en otros países, como México, Francia, Italia o, más cerca, Perú, pero ¿por qué no ocurre con nosotros?
Desde hace un tiempo vengo pensando que nuestra gastronomía tendría que estar al mismo nivel de nuestros vinos. Como mínimo. En los últimos años la cosa ha progresado mucho, y creo que en muchos casos lo que comemos sí está a la altura de la calidad de los vinos que producimos. El punto es que no nos creemos el cuento y queda la sensación que, como en muchas cosas, en cocina los chilenos estamos siempre mirando para el lado. El pasto del vecino es más verde: la gastronomía de los peruanos, franceses o tailandeses, esas sí que son buenas. Pero la nuestra, un pastelito de choclo, una humilde carbonada, unos porotos granados. Que si la empanada no es originaria de Chile, que si el Valdiviano es el único plato netamente nacional. Que la cazuela está en todos nuestros países en distintas versiones. Cierto, pero qué importa. Tenemos un interesantísimo y riquísimo capital gastronómico en Chile, una cocina mestiza de indio y español que sigue recogiendo influencias gracias a que cada día el mundo está más globalizado, viajamos más y tenemos acceso a más cocinas y más cultura.
Hay textos, aunque no sean muchos, que estudian nuestra cocina. Lo que pasa es que no los conocemos, pareciera no interesarnos un acto que realizamos todos los días y que es parte de la naturaleza humana, alcanzando en algunos casos matices casi divinos. Aparte de eso, estamos siempre menospreciando nuestra cocina, echándola para abajo, cuando lo que debemos hacer es convertirla en un emblema. Tenemos productos increíbles, recetas entretenidas y platos exquisitos. Puede ser cierto que, puestos a compararnos con otras gastronomías, no siempre llevaríamos las de ganar. Pero todo depende de cómo se hagan las cosas.
Para mí lo ideal sería que los chilenos nos sintiéramos orgullosos de nuestra cocina, y para eso tenemos que partir difundiendo nuestra riqueza culinaria. En los colegios, en las escuelas de gastronomía, por favor, con algún seminario o cursillo que dé a conocer las bases de nuestra cocina, de dónde vienen, cuáles son nuestros productos. Qué importa si el maíz viene de México: nuestro pastel de choclo es maravilloso, y las humitas para qué decir.
Hay mucha información relacionada con la comida que es atractiva y entretenida. Sería maravilloso poder hacer un curso así en colegios, veríamos sus frutos en un tiempo y de ese modo los chilenos, nos convertiríamos en los mejores embajadores de nuestra cocina. Creo que los peruanos lo han hecho muy bien. Su cocina es maravillosa, por cierto, pero también han hecho un uso apropiado del marketing con Perú mucho gusto (www. perumuchogusto.com), creando un concepto culinario de nivel mundial. Claro, eso debe haber prendido tan bien porque los peruanos son amantes de su historia, de su cultura; son más nacionalistas que nosotros, pienso. Pero aún queda patria, compañeros. Hagamos el intento, juguémonos por nuestra cocina, investiguemos, probemos, divulguemos. Busquemos una historia culinaria en común que, en un lenguaje fácil, pueda ser comprendida y abrazada por todos los chilenos.