Artículo correspondiente al número 238 (3 al 16 de octubre de 2008)
La nueva novela del francés Patrick Modiano reconstruye un París que ya no existe y va tras los pasos de una generación perpleja.
La nueva novela del francés Patrick Modiano reconstruye un París que ya no existe y va tras los pasos de una generación perpleja. Por Marcelo Soto.
Si Cortázar hizo de París un crucigrama, el reverso de un mapa más mental que físico de la ciudad, Patrick Modiano hace con la capital francesa algo más notable: la vuelve tan real como un sueño. Cuando pasamos la última página de En el café de la juventud perdida se tiene la impresión de venir saliendo de una noche inquieta, cuando se confunde la pesadilla con la vigilia, y en algún momento no queremos despertar, sino hundirnos en la oscuridad.
Nacido en 1945, Modiano es uno de los autores franceses más relevantes de hoy. Su última novela, tan breve como intachable, aborda el misterio de una muchacha a quien llaman Louki, que visita cada tarde un café de la orilla izquierda del Sena, en los años 60, antes que ese sector se llenara de tiendas y restaurantes de lujo. Se reúnen allí, en Condé, jóvenes de futuro incierto, estudiantes e intelectuales de pacotilla; viven el momento, se emborrachan y desperdician sus vidas, porque sospechan que lo que viene no puede ser sino peor
La novela se estructura a partir del recuerdo de esta chica impasible que hacen dos tipos que la conocieron y un detective que sigue su pista, luego de que su marido diera la alerta de desaparición. En esta parte el libro da un giro y alcanza un tono policial divertido y casi surrealista: el investigador parece sacado de una novela de Proust, alguien que se regodea en los detalles que no aclaran el misterio. “La verdad es que tuve la suerte, las dos o tres veces que la estuve esperando en una de las mesas de ese café, de que ella no fuera aquel día. Me habría resultado violento espiarla sin que se diera cuenta, sí, me habría dado vergüenza mi cometido. ¿Con qué derecho entramos con fractura en la vida de las personas? ¡Y qué desfachatez la nuestra al mirarles en los riñones y en los corazones!”, dice el detective.
En otro capítulo es la propia Louki quien habla, aunque sólo lo hace para aumentar la intriga. Hija de una bailarina del Moulin Rouge, su vida ha sido una sucesión de rompimientos con un pasado que, sin embargo, siempre vuelve como una mala broma del destino. “No era de verdad yo misma más que mientras escapaba”, confiesa. “No tengo más recuerdos buenos que los de la huída o evasión”.
En el último tramo del libro, Rolland –su último novio- toma la palabra. El es un aprendiz de escritor, medio embaucador, quien igual que Louki intenta dejar atrás ciertos hechos desagradables. Así, se siente libre sólo en los sectores turbios de la ciudad. “Había en París zonas intermedias, tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso. Podía disfrutarse allí de cierta inmunidad. Habría podido llamarlas zonas francas, pero zonas muertas era más exacto”.
En el café de la juventud perdida es una novela vela encantadora, dotada de una melancolía que nunca se vuelve hostigosa. Escrita con una precisión que se acerca tanto al lirismo como a la epifanía, el libro de Modiano habla de la imagen de la adolescencia que nos acecha, del recuerdo de los días despreocupados, como una enfermedad de la memoria que se agrava con los años y que en las noches no nos deja dormir. “A veces se te oprime el corazón cuando piensas en las cosas que habrían podido ser y que no fueron... Yo era feliz aquella mañana. Y me sentía ligero. Y notaba cierta embriaguez. Teníamos por delante y a distancia la línea del horizonte, allá, hacia el infi nito”.