Califica este artículo
Otros artículos de la sección:
Artículo correspondiente al número 276 (20 de mayo al 4 de junio de 2010
Restaurantes asiáticos diferentes, alternativos, para ampliar el espectro de aromas y sabores. Una apuesta azarosa, pero contundente. Por Paola Doberti.
Diversidad. La cocina asiática es amplia. Comprende países como China, Japón, India, Tailandia, Corea, Vietnam, Singapur, Malasia, Indonesia, Filipinas… Sus características están más determinadas por las condiciones climáticas que por las fronteras políticas. Sí podríamos decir, en general, que en todas las regiones hay un énfasis por los aromas y sabores, por los alimentos frescos. Por los pescados, las verduras, las especias, las salsas, el picante. También, que buscan el equilibrio entre dulce, salado, picante y ácido. Es misteriosa para nosotros tanto como el origen remoto de sus pueblos y territorios.
La cocina asiática, se sabe, tiene tradición milenaria. Y dicen que una cultura madura no se deja simplemente copiar. Por eso, a pesar de que hoy el mercado ofrece tantos ingredientes, los insumos en su condición climática, en su óptimo estado de madurez y/o conservación, la mano autóctona, la atmósfera tan particular, hacen de esta cocina una difícil de imitar. Y muchas veces también de gustar.
Lo real es que este tipo de comida está en alza en Santiago. No estamos hablando de la comida china, japonesa o india. Son los otros. Los otros asiáticos. Nuevos restaurantes como el Vietnam Discovery, que hace un par de años no habrían obtenido ni una línea en la prensa y hoy marcan tendencia. Vamos por ellos.
Vietnam Discovery
Serán la magia y la fina reputación de la comida vietnamita, pero la semana pasada (para cuando lean esto) viví uno de aquellos momentos bien inolvidables. Esta vez, en un vietnamita en Patronato, sencillo y escondido, el Vietnam Discovery, que tiene algo más de un año, no más de ocho mesas y que nació como delivery. Pequeño y encantador, lugar sin pretensiones y con harto “espíritu”. El garzón conoce la carta (es lo que se espera de ellos pero no siempre se consigue), ésta abre el apetito y cuando los platos llegan a la mesa, mandan la sorpresa y gratificación: por lo lindo de los platos, por el contraste, primero, y el equilibrio, luego, de texturas y sabores, por la frescura de los ingredientes, por lo liviano del after taste.
Probamos espléndidos y crujientes nem de cerdo en papel de arroz hecho fajita con lechuga y menta en hojas tiernas y definidas y de muy bonito color. También apanados de camarones (que me gustaron un poco menos). El congrio dorado (fresco, firme), también apanado, al lemongrass, finísimo plato en sabores, y el Bo Bun Chao Gió, preparación jugosa con valmicelli, lonjas blandas de vacuno, trocitos de nem lechuga, pepino, menta, cilantro, maní y salsa vietnamita: un plato tibio en el que todos los ingredientes se mezclan. Rico, dulce y picante; fresco y entretenido. Ojo con las salsas que advierten picantes (¡lo son!). Los postres son franceses con toques asiáticos como la creme brulée con leche de coco. Muy buena fama tiene el servicio de delivery, hay que probarlo (Loreto 324, 7372037).

Pad Thai
La gastronomía de Tailandia suele ser algo picante pero con una mezcla fascinante de sabores y olores. Este restaurant, de ambiente ad hoc, es sencillo, bastante amplio, con terraza y una pésima ventilación interior. La carta es variada, el servicio informal, simpático y bastante zen, a cargo de chicos y chicas jóvenes con onda. Partieron advirtiendo que los platos se ofrecían en 5 grados de picor, lo que encontramos “pro”. Los ingredientes base son camarones, pollo, carne y cerdo, verduras, curry, noodles.
Probamos el plato típico tailandés del que toma el nombre el restaurant, el Pad Thai, de camarones esta vez. Los fideos de arroz, salteado de camarones, tofu, maní, y salsa de tamarindo, resultaron abundantes y sabrosos. Lo mejor fue el curry verde con leche de coco y berenjenas, en grado 2 de picante, suficiente para estos comensales. Nos dejó una buena sensación. Fresco y dulce Satay de piña de postre. Lugar para gente joven, de espíritu sereno y curioso. Como su dueño, un cocinero chileno encantador y quieto que sólo quiere poder viajar al país del sudeste asiático y poner esa experiencia en pos de su propio Pad Thai (Manuel Montt 231, 2641957).

The Gaon
Llegamos al lugar y supimos sería difícil. Restaurant de coreanos profundos, lo que inmediatamente indica que lo que ahí comeremos será versión original. El lugar pretende ser “elegante”, pero rápidamente la mirada se fija en las paredes desgastadas, lo que se enfatiza con una iluminación infame. Estilizados extractores de aire (color cobre) cuelgan sobre las mesas (menos en la nuestra). La mesa vecina nos abre el apetito y nos embarcamos en el pedido como si creyéramos que los platos coreanos tuvieran el tamaño de los dim sum.
En la cocina asiática, nos enteramos leyendo, no existen los platos principales, cada uno tiene su importancia, su lugar. La carta de todos modos parte con las entradas; no nos extraña entonces que la carne llegue antes que el pescado. Primero, tofu apanado relleno con hongos shitake, rico pero rústico, prescindible. Luego, sopa picante con tofu, almejas y huevo, en paila para dos. Espesa, colorida y sabrosa reducción de las almejas, mucho tofu blando, el marisco en su concha, y ese huevo pochado que al tocarse se mezcla y termina de cocer en el calor del condumio. Plato delicioso, potente por el cual volveríamos y con el cual también quedamos “comidos”. Pero el pedido iba en la mitad. Asado de tira al vapor con verduras, en plato de sopa, caldo algo graso pero bien caliente, la carne quizás no de categoría premium pero si blanda y gustosa. No pudimos comernos el mero (era oil fish en realidad) por espacio y porque no nos gusta. De postre, una combinación de fruta con puré de porotos negros y helado que el dueño tuvo la amabilidad de aconsejarnos que lo mezcláramos con el hielo frappé que sostenía el resto de los ingredientes. Toda la razón: limpió y refrescó el paladar (Manquehue Sur 674, 2420082).
