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Entre Los Vilos y Tongoy

Artículo correspondiente al número 277 (4 al 17 de junio de 2010)


Justo después de ese largo y fome trayecto nortino, aparecen Guanaqueros y su restaurante El Pequeño, de amplia trayectoria y reputaciín. Un negocio familiar, al fin y al cabo, que hace honor a su fama. Por Paola Doberti.

Una de las hermanas propietarias y administradoras de El Pequeño organiza con espontánea pero concienzuda estrategia la lista de espera. Los futuros comensales esperan en la terraza. El interior del gran bloque de cemento que alberga –el seguramente alguna vez– “pequeño” restaurante bulle. Las mesas son en general grandes, grupos de 12 personas, otras -las menos- apenas de 2. Da la impresión de que son las chicas las mejor atendidas. Las mejor dateadas quizás, hay más tiempo y concentración en el pedido. En la caja, prácticamente en la mitad de la sala No Fumadores, la otra hermana propietaria apenas levanta la vista.

A mi pareja lo reconocen como cliente y le mandan un garzón que lo trata por su nombre. Le ofrece pescado fresco, le recomienda la jaiba, al parecer extraída de ahí mismo, de la linda bahía de Guanaqueros. No podíamos pasar por alto las famosas empanadas de El Pequeño (venía pensando en ellas desde Los Molles).

El pisco sour llega rápido y nos sorprenden lo bueno que está, su estructura (goma y algo de cáscara del cítrico), no demasiado dulce, adecuada temperatura. Llega la empanada de mariscos, la corto por la mitad y dos lenguas de machas se deslizan en el plato: medianas, rosadas, blandas. La masa, aceitosa pero crujiente; el relleno, justo en cantidad, buena sazón y jugos correspondientes. Hubiera comido tres más. Luego, una suerte de “timbal” de jaiba tibia desmenuzada, rodeada de pequeñas pinzas del crustáceo. Carne fresca con gusto a jaiba. El limón era sutil. Como plato de fondo, dos cortes del centro de corvina (se le pidió expresamente al mozo que no fueran colas) blancos y frescos a la plancha, con ensalada de lechuga, bien verde y cortada delgadita, como la comíamos antes.

La carta ofrece también chupes, carnes, pollos. Pero sabemos que en este tipo de restaurantes con vista al mar vale la pena pedir lo fresco y evadir lo elaborado; especialmente las salsas. Los pescados de la zona que ofrecen son lenguado, congrio colorado, blanquillo, palometa... Y hay vinos de bodegas de la zona, como Falernia y Tamaya.

Guanaqueros es una bahía-caleta que se asoma luego de un largo trayecto de estepa, de semi desierto. El pueblo costero es conocido como zonas de camping, populares y un poco más pitucas también. Los fundadores fueron alemanes y hay varias calles que los homenajean. Según me cuentan, El Pequeño es una especie del Aquí está Coco de la zona. Al que le ha salido dura competencia con el Centro Gastronómico El Suizo, una suerte de patio de comida que reúne distintas cocinas a cargo de las mujeres de los pescadores. Se cuenta que El Suizo cedió ese predio para cooperar con el aumento de los ingresos a trabajadores artesanales. Dicen los viajeros frecuentes que hay un stand que tiene las mejores empanadas de las inmediaciones. Pasamos por ahí y estaba desbordado del público ese viernes 21 de mayo. Hace sentido festejar las glorias navales mirando el mar.

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