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Artículo correspondiente al número 234 (8 al 21 de agosto de 2008)
La fórmula del Tierra Noble es inteligente, moderna y lograda. Carnes y pescados a la parrilla en un ambiente minimalista y cálido. Por Paola Doberti.
El Tierra Noble inauguró un concepto bien único. Buenas carnes, pescados y mariscos a la parrilla. Esa es la oferta de este restaurant que tiene algo más de un año funcionado y al que le costó encontrar estabilidad.
Instalado donde hoy todos quieren estar (la esperadísima cebichería de Gastón Acurio abrirá pronto en el barrio, el nuevo desafío del encantador y mediático cocinero Carlo Von Muhlenbrock también, en fin), el Tierra Noble ocupa una casa esquina remodelada con paños horizontales de madera que le dan un estilo rústico y moderno. En el interior, espacios amplios, una iluminación muy cálida, otra vez la madera como protagonista.
El servicio es profesional. Pido champaña por copa y me callan la boca ofreciéndome espumantes. Mi partner de esa noche, experto en pisco sour, queda encantado con el suyo. La lista de entradas es adecuada y variada: carpaccio, tártaro de hongos y alcachofas, de wagyú, foie gras, provoleta. Decidimos comenzar con las ostras, frescas y de buen tamaño, de borde negro, espléndidamente bien presentadas sobre hielo, rodajas de limón y sal. Acompañan
pequeñas tostadas cortadas en círculos, tibias y ligeramente saborizadas. Perfecto, salvo por la ausencia de ese sabor mineral, salino que esperamos de las ostras en esta época.
Llegué con la fijación de volver a probar el pulpo (lo mismo hago casi cada vez que voy al Rivoli, ahí el molusco grillado es una gloria). Llegó rebosante, con los cristales de sal gruesa incrustados en esa especialísima carne blanca, sensación que sólo el fuego de la parrilla pude lograr. Quizás sacrificaría el tamaño de la porción y no incluiría las “base” de los tentáculos, más callosos y definitivamente menos sabrosos. Un pinot noir de Casablanca servido a muy buena temperatura acompañó muy bien. Los pescados sugeridos, que no probamos esta vez, son grasos y firmes para resistir mejor el tipo de cocción: hay mero, claro. También, cangrejo dorado y langosta. Las carnes van de la sencillez máxima como el asado de tira a la sofisticación del magret de pato o el faisán. Elegimos una buena costeleta para quedarnos con gusto a carne a secas. La porción llegó jugosa, dorada, blanda, casi viva. Pedimos los ultra bien recibidos por la crítica tallarines de panqueques con erizos, gratinados al horno con queso, buenos, y un puré rústico, menos logrado.
De postre, crème brûlée en tres versiones, prescindible, siempre es mejor el clásico en tamaño normal, y esa delicia de chocolate con centro líquido y tibio.
La sensación que deja el Tierra Noble es que encontró su centro, que sabe lo que ofrece y lo hace con buenos estándares. Ese miércoles en la noche estaba muy animado. Lo mismo pasa cualquier domingo al almuerzo. El Tierra Noble se ganó dos nuevos clientes.