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Artículo correspondiente al número 229 (30 de mayo al 12 de junio de 2008)
Un libro póstumo de Gonzalo Millán confirma a su autor como nombre clave de la poesía chilena reciente. Por Marcelo Soto.
Aunque haya muerto hace dos años, Gonzalo Millán es una presencia viva, vital, inspiradora. Quizá no haya otra figura de la poesía chilena reciente tan generosa en visiones, tan provocativa en lecturas. Su influencia en las nuevas generaciones pareciera crecer día a día. Tal como dijo Andrés Anwandter, “algunos leímos a Millán antes de leer a Neruda o a Parra”.
Millán representa un camino propio en la lírica local, ajeno tanto al lenguaje de la calle como a los laberintos del pensamiento. Su poesía no es cerebral como puede serlo en un punto la de Enrique Lihn, porque al autor le interesa el poder de la imagen antes que los prodigios mentales; tampoco se aprecian en su obra esa fascinación por la provincia de un Jorge Teillier ni el deseo de escribir como se habla, característico de la antipoesía.
Es una obra fresca, más visual que musical, atributos evidentes en Gabinete de papel, poemario que el autor dejó corregido poco antes de morir en 2006. Aquí aparece la obsesión del autor por la pintura, por la representación, por el arte figurativo y el libro asemeja en ciertos momentos el recorrido por un museo privado, en cuyas paredes hay obras de Tiziano, Caravaggio o Van Gogh. Uno de los mejores poemas del volumen alude al conocido cuadro de Edward Hopper, Noctámbulos. “Termina un día que nunca empieza/ Un día que no es lo que fue/ y que ya no será lo que pudo ser. Sólo queda contemplar una mosca insomne/ fi ja
como un clavo en el mesón de linóleo/ y oír la polilla que choca contra el ventanal/ como dedos avisando una imposible llegada”.
Del mismo modo, el retrato del papa Inocencio X según Velásquez por Francis Bacon inspira los siguientes versos: “Suponte que despiertas de una pesadilla/ vestido como un hombre con faldas. Estás sentado con la boca abierta/ en el sillón del dentista;/ en el carro de una montaña rusa,/ estás aullando en una silla eléctrica”.
Millán habla de lo que el pintor quiso pintar pero no quedó en el cuadro, aquello que intuimos pero no vemos, fuera de la pintura y más allá de la vida. Porque por más que el artista intente robar un instante vital para hacerlo eterno, ese instante se nos escapa. Detrás del cuadro sólo está el vacío. La nada capturada por el pintor amenaza tragarse al espectador como un agujero negro.
Revisado cuando el poeta sabía que su enfermedad, un cáncer al pulmón, era sin vuelta, mal que enfrentó con un coraje admirable –testimonio del cual es su extraordinario Veneno de escorpión azul– hay un dolor resignado en estos versos, un dolor que por mucho que se acepte no deja de ser indignante. “¿Recordaré la luz del mediodía/ cuando esté más allá de las tinieblas? ¿Podrán reconocer mis llorados ojos/ la sonrisa que rubricaba su belleza?”.![]()