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Artículo correspondiente al número 268 (24 de diciembre de 2009 al 28 de enero de 2010)
Fuimos al Tanta, del Parque Arauco, y al Olivalimón, del Alto Las Condes, para entender por qué los restaurantes de mall crecen como la espuma. Y sin desinflarse, necesariamente. Por Paola Doberti.
Ubicación, ubicación, ubicación. Un dogma. Con rotación asegurada, los restaurantes en los principales centros comerciales capitalinos aumentan proporcionalmente al número de sus estacionamientos. Era que no. La esencia del mall es responder a ese “mucho más que comprar” con que tan acertadamente se inauguró el Parque Arauco hace ya 27 años (así no más es). Y pareciera que cada vez responde con más agudeza. Será que sabe leer lo que el público necesita o será que el público se adapta a lo que el mall le ofrece.
El Tanta eligió el Parque Arauco para instalarse. Un boulevard en constante movimiento que se ha convertido en un paseo obligado y gozoso de la mitad de los santiaguinos, con fuente de agua, escaleras mecánicas, menos sombra de la necesaria, música en vivo en las tardes –juicios estéticos aparte– y variadísimas alternativas gastronómicas que resisten hasta un Parrón con la capacidad de un estadio (¿han entrado alguna vez? Es impresionante el metraje del local). Revisando el concepto del Tanta –uno de los negocios del imperio gastronómico del gran Gastón Acurio, que reúne “todos los sabores peruanos” y apunta a un público más familiar y cercano- se entiende que el Parque Arauco haya sido “El” lugar elegido.
El Tanta se impone de inmediato, por el colorido de su logo, por su prolija informalidad. Da la sensación de invitarte a pasar (o será que yo tenía tantas ganas de conocerlo). Ofrece comida a toda hora y para “cualquier” tipo de apetito y bolsillo. Hay ceviche, tacu tacu, lomo saltado y chupe de camarones, (el peruano, claro: la sopa con huevo y arvejas; ya hemos hablado de este gustosísimo plato), también sanguches (como se dice en el país vecino), empanadas, pasteles, tortas, alfajores, queques muy bien presentados, muchos de ellos disponibles para llevar. La repostería es la especialidad de Astrid (la mujer de Acurio) y se nota aquí el amor por lo dulce, siempre decorado y juguetón. El local tiene también un rincón de objetos artesanales y un buen stock de libros de gastronomía (entre ellos, el premiado Gastón Acurio, 500 años de Fusión). Como todos los locales del chef y empresario, Tanta cuenta con un atento personal de servicio compuesto de peruanos y connacionales, estando los primeros encargados de “entrenar” a los nuestros, no siempre tan solícitos en el oficio.
El Mirador del Alto es el nuevo boulevard del Alto Las Condes. Inauguró con ruido, con ferias gastronómicas, con restaurantes nuevos (Caprese, Olivalimón) y otros no tanto, pero con prestigio (Santa Brasa). Su fuerte es la vista sobre los cerros de Santiago, pero le falta todavía esa gracia “espacial” y ya recorrida del Parque Arauco.
Por lo lindo del local, por sus famosos y numeroso dueños, nos tincó empezar por ahora con el Olivalimón. La carta abre el apetito con una propuesta claramente mediterránea: pescados, jamón serrano, mozzarella, aceitunas, albahaca, tomate. Unos platos mejor presentados y logrados que otros, ingredientes frescos, acompañamiento esta vez poco fino, un muy rico fondant de chocolate (queques de centro líquido), ensaladas como platos de fondo en porciones más pequeñas de lo esperado (y que resulta
recomendable). Estando en marcha blanca se puede ser un poco condescendiente. Servicio atento pero no enfocado. Vamos a darle otra vuelta. Y eso, estando en el mall, es mucho más que probable.