Artículo correspondiente al número 268 (24 de diciembre de 2009 al 28 de enero de 2010)
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Dambisa Moyo, ex economista de Goldman Sachs, está convencida de que Africa está surgiendo y podría salir de la crisis más fuerte antes de lo que muchos creen. Moyo, de Zambia y educada en Oxford y Harvard, causó una pequeña conmoción este año con la publicación del libro Dead Aid, en el que aboga por el término de la asistencia financiera a Africa en diez años. Su argumento es que el “dinero fácil” occidental ha hecho que para muchos gobiernos resulte más sencillo llamar al Banco Mundial pidiendo fondos que emprender las reformas necesarias para que el continente dé un salto al desarrollo.
La crisis, en su opinión, podría romper el círculo. Como Occidente está enfocado en sus propios problemas económicos, es probable que los flujos de asistencia disminuyan, llevando a los líderes africanos a innovar para poder gobernar sin ese dinero.
Nuevos motores
Tras la crisis, Africa necesitará nuevos motores de crecimiento. Es poco probable que llegue un retorno a las condiciones inusualmente favorables en el ambiente global que había hace dos años. Antoinette Sayeh, directora del departamento africano del FMI, sostuvo en un discurso reciente en Washington que las últimas proyecciones del FMI muestran que la economía mundial está empezando a crecer de nuevo, aunque la recuperación es dispareja y depende del apoyo político.
“Medidas para mejorar el ambiente de negocios, desarrollar mercados de capitales bien regulados, para aumentar la productividad laboral y aumentar la eficiencia en el sector público son siempre importantes, pero lo serán todavía más en el Africa subsahariana en los próximos meses”, señaló Sayeh.
Dambisa Moyo
Sayeh llamó la atención sobre el hecho de que en ocasiones anteriores los países tuvieron un espacio de respuesta muy limitado. Los déficit presupuestarios solían ser grandes y las políticas monetarias demasiado relajadas, lo que los ponía en una situación muy vulnerable. Esta vez estaban en mejor posición al comenzar la crisis: los presupuestos para la región como un todo estaban en general equilibrados en 2008, los niveles de deuda eran menores que a comienzos de los 90, la inflación estaba bajo control y, como resultado, los países habían acumulado más reservas.
Esta recién descubierta flexibilidad debería contribuir a moderar el impacto adverso de la crisis, aunque la clave para el futuro será cómo se use; es decir, si se utiliza para proteger el gasto social, por ejemplo, o para terminar proyectos críticos de infraestructura.
El FMI ha aumentado de modo notable el financiamiento para los países de bajos ingresos en el último año. Hasta octubre de 2009, los nuevos compromisos del Fondo hacia el Africa subsahariana llegaban a poco más de 3.000 millones de dólares, en comparación con los cerca de 1.000 millones de dólares para todo 2008 y apenas 200 millones de dólares en 2007. Se espera que el total del año sea de poco más de 4.000 millones de dólares.
El impacto de China
Quienes visitan Africa con frecuencia han visto el cambio de los últimos años. Lukas Lundin, ejecutivo minero, contó a un periodista de Financial Times que en 2005 viajó en moto desde El Cairo hasta El Cabo, una travesía de unos 12.800 kilómetros. Tardó cinco semanas en atravesar el continente, pasando por Sudán, Etiopía, Malawi, Zambia y Botswana. Lo que llamó su atención fue que el 85% de los caminos que recorrió era asfaltado y de alta calidad; muchos, construídos por empresas chinas.
Desde entonces, el interés de China por Africa se ha intensificado. En noviembre de 2006 hubo una cumbre chino-africana en Beijing, donde se hicieron promesas de una nueva era de cooperación en un escenario de lujo asiático que incluyó el desfile de elefantes y jirafas por las calles de la capital.
Ese mismo año, el gigante asiático firmó acuerdos comerciales con países africanos por más de 60.000 millones de dólares. El stock de inversión extranjera directa de China en Africa se disparó sobre los 120.000 millones de dólares. En 2006, Angola superó brevemente a Arabia Saudita como principal proveedor petrolero de China y Africa representa hoy casi 30% de las importaciones chinas de petróleo.
El interés principal de China es asegurar acceso a petróleo y minerales, pero sus acciones no se han limitado a ese ámbito. En 2007, Industrial and Commercial Bank of China, el banco más grande del mundo en términos de depósitos, pagó 5.600 millones de dólares por un quinto del Sudáfricano Standard Bank. El mes pasado, en otra cumbre, esta vez en Egipto, Beijing prometió nuevos préstamos de bajo costo por 10.000 millones de dólares a Africa. También acordó eliminar los aranceles sobre 60% de las exportaciones y perdonar la deuda de varios países. El comercio entre Africa y China saltó el año pasado 45% a 107.000 millones de dólares, un alza de casi diez veces respecto de 2000.
La inversión china en la zona ha causado muchas críticas en Occidente, donde se argumenta que estos recursos permiten la perpetuación en el poder de regímenes dudosos. China, y en menor medida Japón, replican que el historial de occidente tampoco es ejemplar.
China no es un donante desinteresado, pero ofrece una posibilidad a Africa. En los ocho años hasta 2007, antes de la crisis financiera, los países africanos crecían en promedio más de 4% al año, gracias a una mejor gestión económica y a los mayores flujos de capital (en parte, proveniente de China) pero también a la subida en los precios de los commodities provocada por la demanda china. Moyo, la economista zambia, ha planteado que su rol es más amplio, sofisticado y empresarial que el de cualquier otro país en el período de postguerra.
El énfasis chino en infraestructura implica que, aun si la corrupción es ineludible, el país receptor termina con un camino, puerto, hospital e incluso un estadio. Mucho del crecimiento de Asia, incluyendo el de China, partió con infraestructura. David Pilling, columnista de Financial Times, comenta que las autoridades japonesas con frecuencia comparan el enfoque nipón orientado a los negocios hacia el sudeste de Asia (a países como Tailandia y Malasia) con las dudosas estrategias de desarrollo impuestas por Occidente en Africa.
La abundancia de recursos podría terminar en los bolsillos de caudillos y burócratas. Pero aunque tenga efectos secundarios, la carrera por invertir en Africa sin duda será mejor que el precedente colonialista.