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Artículo correspondiente al número 268 (24 de diciembre de 2009 al 28 de enero de 2010)
La pasión que genera el futbol convertirá al continente africano en protagonista y foco de la atención mundial, algo poco acostumbrado; y menos, si no involucra hechos de violencia o crisis humanitarias. Pero entérese: África –o al menos parte relevante de los paises que la componen- ya no es lo que era. Crecimientos en torno al 7% en los ultimos años, mayor demanda interna y un atractivo flujo de inversión foránea –especialmente, China– mejoran el panorama. Por Marcela Corvalán.
Conozco un par de personas que ya tienen todo listo para emprender en junio su viaje a Sudáfrica. Obviamente, lo de ellos es pura pasión futbolística. Nada de paseos por la sabana africana ni de recorridos por los sitios históricos que conocieron la historia de lucha de Biko o Mandela.
Pero entre penales, goles y fouls, algo de Africa quedará en sus retinas, como a los millones de telespectadores que seguirán a la distancia los acontecimientos en torno a esta décima novena edición de la Copa Mundial de Fútbol. No mucho, quizás, porque Sudáfrica no es suficiente como para reflejar la muy distinta realidad de los más de 50 países que se distribuyen esos 30 millones de kilómetros cuadrados que convierten al continente en el tercero según extensión, pero con menos del 16% de la población mundial.
En Africa se encuentran los países más pobres y peligrosos del mundo, los más corruptos y el mayor número de “estados fallidos”, según el índice anual de la revista Foreign Policy. Un ejemplo extremo es el de Somalia, primero en el listado de Foreign Policy: según un informe del Centro de Combate al Terrorismo, de West Point, Al Qaeda tuvo una experiencia muy mala tratando de operar desde Somalia, por las mismas razones que las fuerzas de paz fracasaron en el país en los 90: pésima infraestructura, violencia y criminalidad excesivas y pocos servicios básicos, entre otras. En breve, Somalia estaba demasiado fallida hasta para Al Qaeda.
Al mismo tiempo, hay historias de éxito. Botswana, por ejemplo, donde la bonanza generada por las exportaciones de diamantes ha contribuído a la estabilidad del país y a mejorar la calidad de vida de sus habitantes, cuyo PIB per cápita bordea los 15.000 dólares.
En muchas capitales africanas, la década de crecimiento interrumpida por la crisis financiera se tradujo en cosas que, para quienes viven en países desarrollados, forman parte de lo cotidiano. Por ejemplo, en Nairobi, Dakar o Accra, una Blackberry confiere acceso a comunicaciones del siglo 21. Gracias a empresas Sudáfricanas y asiáticas, existen centros comerciales y supermercados con provisiones abundantes. Hay ciudades en las que hasta se puede ir al cine. Hay menos tanques en las calles.
Hubo unos 90 golpes de Estado exitosos en el continente en 50 años; sólo siete en la última década. Pero la inestabilidad política y los conflictos siguen siendo impedimentos para el desarrollo del Africa subsahariana y sus 48 países.
En los 90, Costa de Marfil y Zimbabwe estaban entre las bases más atractivas para las empresas, con la infraestructura y los servicios más eficientes en el continente, junto con Johannesburgo. Hoy, Abidjan trata de recuperarse de la guerra civil y la economía de Zimbabwe se ha contraído en 60%.
Las diferencias entre países han hecho de los refugiados algo común. Un ejemplo, a propósito del Mundial: a mediados de diciembre la selección completa de fútbol de Eritrea (un país que se independizó de Etiopía en 1993 y cuyo gobierno es presentado por la prensa internacional como uno de los más represivos del área en la actualidad) pidió asilo en Kenia, tras viajar a Nairobi por un campeonato regional. Eritrea, de apenas cuatro millones de habitantes, fue la segunda mayor fuente de asilados en el mundo el año pasado, después de Zimbabwe. Casi la mitad de ellos, unos 34.000, huyeron a Sudán por tierra, pero se cree que muchos más salieron del país sin registrarse en la agencia de refugiados de Naciones Unidas.
Un golpe duro
Los países del Africa subsahariana también recibieron el golpe de la recesión global, pero esta vez –al igual que América latina– parecen haber estado en mejor posición que en crisis anteriores y mostraron signos de resiliencia. En la primera mitad de este año, los grandes polos regionales de crecimiento (Sudáfrica en el sur, Nigeria en occidente y Kenia en el este) sufrieron las sacudidas de la turbulencia en los mercados financieros internacionales y los exportadores de petróleo vieron desplomarse sus ingresos, contagiando a otros países más pequeños en el interior. El continente también supo de medidas extraordinarias: según el Fondo Monetario Internacional, la mayoría de los países de la región pudo absorber al menos en parte los golpes externos, mediante aumentos en los déficit fiscales y recortes en las tasas de interés. Además, en general, se permitió el ajuste de las tasas de cambio.
Lo cierto es que, hasta la llegada de la crisis, Africa parecía estar, por fin, levantando cabeza. Su PIB prácticamente se habría duplicado desde los 130.000 millones de dólares en los 80 a unos 300.000 millones en 2008, según datos de Goldman Sachs. La tasa de expansión en general ha sido cercana al 7% en los últimos años, muy por encima del 2% de los 90. El auge de los commodities ayudó, pero también otros factores: hay una demanda doméstica creciente por bienes y servicios, una mayor inversión en infraestructura social y física y mejores gobiernos. Según Transparencia Internacional la percepción de corrupción en Africa parece estar declinando. El sistema financiero africano está madurando: se han abierto al menos ocho bolsas de valores en la última década, lo que eleva el total a casi una veintena. Los bancos de Nigeria, Sudáfrica y Kenia, entre otros, estaban expandiéndose y ampliando su alcance regional y hacia el sector empresarial.
Hay 17 países con calificaciones de crédito, lo que les permite atraer capitales privados. Y para conseguir esas calificaciones, han tenido que hacer reformas tendientes a garantizar su solvencia y voluntad de pagar.