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Artículo correspondiente al número 227 (2 al 15 de mayo de 2008)
“Cambios que llegaron para quedarse”
Por Enrique Ostalé,
gerente general de D&S
Los cambios en los patrones de consumo que se observan actualmente en Chile nos muestran un país muy distinto de aquel de la década pasada, cuando las cadenas de supermercados comenzaban su expansión para abastecer a una creciente masa de consumidores.
A medida que el ingreso per cápita crecía se comenzaban a manifestar los signos de un patrón de consumo más cercano al de economías desarrolladas, donde el gasto en alimentación ha ido perdiendo peso en el total del gasto familiar –y no es que su consumo disminuya–, dando paso a otros gastos que se han tornado indispensables en la vida moderna, aun para los grupos socio-económicos de menores ingresos. No resulta extraño comprobar en la nueva canasta que regirá el IPC en los próximos 10 años la relevancia que ha adquirido el gasto en servicios de telecomunicaciones y transporte. Los chilenos de todos los estratos gastan ahora una parte significativa de sus ingresos en telefonía móvil, Internet y movilización, tanto o más que en alimentación.
En plena consistencia con este fenómeno de un consumo que ha crecido y se ha diversificado, los retailers también han crecido en estos años y han ampliado su oferta para atender estas necesidades, que ahora se pueden considerar básicas, derivadas del desarrollo vertiginoso de la tecnología. El aporte de las cadenas de distribución de estos productos ha sido un factor clave para explicar la situación actual. Ninguna economía que haya alcanzado niveles de desarrollo como los que hemos conocido en Chile en esta década lo ha hecho sin la existencia de cadenas logísticas altamente eficientes, que son capaces de dar acceso al consumo de dichos productos a vastos sectores de la población, llevando los costos de abastecimiento a niveles impensadamente bajos.
No sin razón hay quienes sostienen que la operación de estas efi cientes cadenas de distribución de alimentos y productos del hogar –destacando entre ellas las supermercadistas–, es parte esencial del crecimiento económico. Dicho de otra forma, son parte de la solución del crecimiento y del desarrollo, no parte del problema.
Con todo, en el último tiempo la escasez relativa de algunos alimentos básicos ha puesto una señal de alerta. La tendencia a seguir disminuyendo el peso de la alimentación en el presupuesto de las familias podría verse frenada si, como está ocurriendo, productos de consumo básico suben de precio; ya no por razones estacionales, sino como resultado de una escasez mundial. En este contexto, el rol de las cadenas de distribución y su capacidad de ser aun más eficientes se torna crítico. Las ineficiencias en el abastecimiento finalmente las termina pagando un consumidor ya impactado por el alza de los precios de alimentos que no puede dejar de tener en su casa. Nunca fueron más necesarias las sinergias de estas cadenas, para afrontar tiempos que serán exigentes.
Apostar por el Chile del mañana
Por Oliver Flögel,
gerente general de Movistar
Los resultados que muestra la Encuesta de Presupuestos Familiares reflejan que Chile es un país cada vez más desarrollado. Aunque nos falta bastante para igualar a las economías más avanzadas, no son menores las señales que dan las familias chilenas al mostrar cambios en sus pautas de consumo.
Lo que esta última medición muestra es el reflejo de lo que se pudo prever en la medición de hace 10 años. A medida que los ciudadanos aumentan sus ingresos, su capacidad para destinar recursos a otros ítems aumenta. Lo interesante es que en Chile tomamos decisiones sumamente asertivas a la hora de distribuir nuestros gastos. Destinar parte importante del presupuesto familiar a telecomunicaciones nos habla de chilenos que ven como una inversión y no un gasto la necesidad de estar comunicados.
Así como en el pasado la educación ejercía un peso determinante en el gasto, hoy las comunicaciones juegan un rol similar. Ello, porque no sólo permiten el desarrollo país, sino porque en el siglo XXI permiten a las familias democratizar el acceso a la información y, por ende, a la educación, entretenimiento, en fin… a una mejor calidad de vida.
El aumento en el gasto en este ítem, y en particular en telefonía celular y banda ancha, nos habla de ello. La masificación de la industria móvil, impensada hace 10 años, nos explica el nivel de importancia que en Chile le damos a la necesidad de estar comunicados. En este país el nivel de penetración de la telefonía celular es comparable e incluso superior al de otras naciones desarrolladas. Ello significa que las familias quieren estar comunicadas, aumentar su seguridad y acceder a tecnologías que antes parecían sólo para unos pocos. Las empresas del sector también han jugado un rol clave en generar este acceso para todos, gracias a mejores efi ciencias, inversión y políticas corporativas.
Pero más que hablar de lo que revela la actual Encuesta de Presupuestos Familiares, lo interesante es analizar qué señales nos entrega respecto al futuro. Los niveles de sofisticación alcanzados por los chilenos en el acceso a las tecnologías nos obligan como país a pensar en los chilenos de 10 años más. Chile está en un momento crucial para determinar las políticas que permitirán que cada vez más las telecomunicaciones sean el eje del mejoramiento en la calidad de vida de las personas.
Si en estos 10 años el acento estuvo puesto en el acceso, es decir, que todos pudieran acceder a la telefonía, en el futuro el eje debe ser propiciar políticas que permitan a las empresas masificar productos que son más sofisticados y que hoy aún son asequibles sólo para unos pocos, como es el caso de la banda ancha.
Las telecomunicaciones del futuro apuestan por la convergencia y el uso personal de las tecnologías. Al menos, las empresas del sector así lo vemos. La 3G y la banda ancha móvil es lo que viene y son los ejes en que estamos centrados todos. Sin embargo, necesitamos las señales de las autoridades que nos permitan seguir firmes en lograr que estas tecnologías también lleguen a todos.
El crédito, el gran factor del cambio
Por Mario Lübbert,
presidente de Young & Rubicam Chile y director
de la carrera de Publicidad de la UDD.
Cuando se habla de los cambios de hábitos del consumidor chileno se comete un sutil error. Si se remonta a la década del 60-70, este era un país muy pobre, cerrado al mundo, el contrabando surtía a algunos privilegiados de colonias, jeans, medias, etc. La oferta era muy escasa, sólo de cosas básicas, alimentos, vestuario, transporte.
Ya al final de los 70 esta oferta crece con la apertura comercial, llega al país lo que veíamos a través del cine. Las vitrinas de electrodomésticos se llenan de ojos asombrados, los autos se venden por sus pisos alfombrados, se puede abrir la tapita de la bencina desde un comando interior. El país entero gozaba como niño ante tanta oferta, tras décadas esperando que estos juguetes llegaran a nuestras manos.
Si a todo este fenómeno se le suman tres cosas: el nacimiento de las grandes tiendas, el crédito y el mayor poder adquisitivo, era evidente predecir cambios. Cambios que no nacen del consumidor, sino más bien de la oferta. El consumidor se deja querer. Ante sus ojos y su bolsillo, tiene la posibilidad de optar.
Creo que todos estos cambios de opción del consumidor no podrían haber ocurrido sin el crédito. Las grandes tiendas, a pesar de las muchas críticas recibidas por sus tasas, son las que permiten que hoy los chilenos se vean en un gran porcentaje con una calidad de vida más pareja: las diferencias al ojo de la calle son cada vez menos.
Evidentemente, a esto hay que agregar un dólar barato, productos chinos a muy bajo precio, un cobre en alza, etc... Todo esto puede ser una suma de factores que ayudan a un mejoramiento de la vida, aunque esto puede ser pasajero.
Parece que al final del cuento, Chile crece, vive mejor y algunos predicen que llegaremos pronto a ser un país desarrollado.
Ayyyyy… señor… ¿valdrá la pena?