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Artículo correspondiente al número 259 (21 de agosto al 3 de septiembre de 2009)
Si analizamos la alta dependencia de nuestro país respecto de los combustibles fósiles, pensar en alternativas propias es mas que lógico. En ese marco aparecieron en los últimos años varios proyectos para producir biocombustibles, mucho mas ecológicos y, lo mejor de todo, elaborados a partir de insumos en los que Chile tiene octanaje: biomasa forestal y algas. Está todo por pasar. Por Cristian Rivas N.
En junio de este año, la gigante inglesa British Petroleum (BP) presentó su Informe estadístico del mercado energético mundial, en que advirtió que las reservas mundiales de petróleo bajaron a 1,25 billones de barriles. Cualquiera pensaría que la cifra es enorme y que bien podría mantener funcionando las máquinas del planeta por mucho tiempo. Pero no es así. La proyección que hace la petrolera es que, al nivel de consumo actual, esas reservas sólo servirán para los próximos… 42 años.
De más está decir que las imágenes de generosos pozos desde los que brotan intensos chorros negros de petróleo –al estilo de los que se descubrían en el viejo oeste o los que manan en medio oriente– pasarán a ser parte de la historia. Por eso, las palabras del consejero delegado de BP Tony Hayward, en la presentación del informe, tienen especial sentido: “el desafío mundial para hacer frente a la demanda por energía en el futuro está sobre la tierra y no por debajo”. Es esto lo que explica la fuerza que tiene la investigación en biocombustibles en la mayoría de los países del mundo.
Chile no se queda atrás. De un tiempo a esta parte hemos sido testigos de un sinnúmero de proyectos en áreas muy diversas. Se pensó en su minuto dedicar algunos cultivos a la fabricación de aceites que pudieran transformarse en biodiésel –como el que se extrae del raps– pero el alto costo y la falta de tierras en condiciones agrícolas, sumado a que iban a competir con cultivos para el consumo humano, le restaron fuerza.
Después vinieron otras ideas que incluso continúan desarrollándose con relativo éxito. Hablamos, por ejemplo, de fabricar biodiésel a partir de aceites usados y grasas animales, o biogás a partir de residuos, pero su escala de producción todavía es menor para incentivar una mayor demanda, pese a que se ha declarado a los biocombustibles exentos del impuesto específico y a que desde el gobierno se quiere que al menos el 5% de los combustibles que se usan hoy (unos 6 millones de metros cúbicos de diésel al año) provenga de esta área en el corto plazo.
Fue el año pasado cuando diversos estudios públicos y privados convergieron en que el futuro de Chile en materia de biocombustibles está en la biomasa, y en particular en los bosques y las algas marinas, denominados biocombustibles de segunda generación porque se desarrollan con materiales que no impactan en las fuentes de la alimentación humana.
Es ahí donde está todo por pasar. Ya hay un conjunto variopinto de instituciones, entre generadoras eléctricas, forestales, empresas públicas, inversionistas extranjeros y distintas universidades del país, metidas en investigaciones y en tratar de dar con el proyecto que reúna las mejores condiciones para su ejecución.
Petrobras corre con ventaja
“En la medida en que la economía mundial se recupere y los precios del petróleo escalen, el interés por comercializar biocombustibles aumentará”, describe el ministro de Energía, Marcelo Tokman. Por eso, dice, el gobierno se ha empeñado en fomentar todavía más la puesta en marcha de todas las iniciativas comercialmente viables, y preparan una política de biocombustibles, que dará a conocer en los próximos meses, en la que se establecerá un conjunto de medidas y acciones tendientes a desarrollar estos energéticos.
Por lo pronto, el arribo de la brasileña Petrobras al país promete cambios en el modelo de distribución de combustibles. El gerente general de la firma en Chile, Vilson Reichemback, dice que el proyecto de traer etanol es algo que desarrollarán paso a paso, pero siempre con la idea de que el país cuente con biocombustibles muy pronto. “Ya se han realizado pruebas piloto y debemos evaluar los resultados. No es fácil introducir un nuevo modelo energético. Para eso mantenemos reuniones con las autoridades y con Enap, para ir viendo su factibilidad en el más breve plazo”, afirma. Aunque lo más probable es que el primer cambio que hagan en las estaciones de servicios adquiridas a Esso sea comenzar a vender gas natural, lo que tienen previsto para este segundo semestre.
“Estamos seguros de que a medida que el país vaya avanzando en la incorporación de los biocombustibles y éstos se vayan desarrollando, las medidas que se impulsen deberán ir ajustándose a los nuevos escenarios. Por ello creemos que, sin lugar a dudas, las mezclas permitidas en el futuro serán superiores al 5% actual, tal como ya sucede en muchos países”, sostiene el ministro Tokman.
De hecho, especifica que la industria automotriz ya está fabricando vehículos que puedan usar mezclas de bioetanol hasta de 10%, sin mayores problemas. Más aún, existen los vehículos llamados flexfuel, que permiten usar mezclas de hasta 85% y 100% de biocombustibles.
Sopa de madera
Pero más allá de lo que eventualmente podría llegar importado en el mediano plazo, Chile tiene varias alternativas para producir biocombustibles propios. De todas ellas, la biomasa a partir de las plantaciones de bosques es la que más avance tiene. El director de Innova Chile, Claudio Maggi, cuenta que el año pasado ese organismo dependiente de Corfo entregó fondos por 4.100 millones de pesos a dos consorcios que comenzaron a investigar la producción de bioetanol (símil de la bencina) y biodiésel (símil del petróleo diésel) a partir de los recursos forestales, pero con procesos distintos.
En el primer grupo están las tres principales forestales: Arauco, CMPC Masisa, junto a la Fundación Chile y las universidades de Concepción y Católica de Valparaíso; las que, reunidas, formaron el consorcio Bioenercel. Mientras que Enap Refinerías, el Consorcio Maderero y la Universidad de Chile, agrupadas en Biocomsa, están embarcadas en la búsqueda de alternativas para el biodiésel.
Es tal el entusiasmo de estos grupos, que no dudan en afirmar que en el mediano plazo son las opciones más viables para Chile. Esto, desde luego, implicará un nuevo salto en las plantaciones forestales del país, que hoy suman unas dos millones de hectáreas, principalmente de pino. Se habla de reforestar territorio erosionado, con especies que no requieren mayor tiempo para su desarrollo y que incluso podrían ir rotando todos los años. Por eso es que el sector está empeñado en que el gobierno renueve a partir de 2010 el Decreto Ley 701, que incentivó las plantaciones en las últimas décadas.
El gerente de Asuntos Corporativos de Arauco, Charles Kimber, consigna que el equipo detrás de Bioenercel trabajan intensamente en la búsqueda de tecnologías que ya se estén aplicando en el mundo para transformar la biomasa en etanol. En términos simples, el procedimiento que utilizarían para su producción sería paralelo al que realizan hoy para la elaboración de celulosa: la madera recolectada en los bosques se ingresa a un digestor, que es algo así como una olla a presión que hierve durante cuatro horas a unos 160 grados, con el fin de separar la fibra del resto de los químicos agrupados bajo el concepto de licor negro. La tarea tecnológica se realizaría sobre este líquido, para separar los químicos y extraer el insumo con que se elaboraría el etanol.
Dice que levantar una planta para ejecutar este proceso podría implicar una inversión tan grande como la de una planta de celulosa y la sitúa en un rango de entre 300 y 400 millones de dólares.