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Artículo correspondiente al número 249 (3 al 16 de abril de 2009)
El ministro de Hacienda, figura clave en el juicio que la ciudadanía hace del gobierno de Bachelet, le pone paños fríos al debate sobre la regulación. Dice que lo primero es sacar a los heridos de los escombros y que luego habrá tiempo para revisar las normas antisísmicas. En el caso de Chile, hace ver que hay mucho camino avanzado, de modo que no se desvela ante propuestas de todo tipo que surgen casi como reflejo pavloviano, ya sea que postulen mas Estado o menos impuestos. Por Roberto Sapag; fotos, Verónica Ortiz.
Probablemente ya se puede decir en voz alta: Andrés Velasco está ganando... y con él, la presidenta. Sí, porque han pasado tres años del gobierno de Michelle Bachellet, y este ministro de Hacienda se ha hecho un espacio de respeto en el duro juego de la política. Y eso que manotazos le han tirado a troche y moche, desde flancos dentro y fuera del gabinete. Pero él, fiel a su perfil, no se ha despeinado. Ordenado, con un sentido de humor un tanto alemán y sin frases para la galería, este economista ha hecho la pega en la arena política sin atraer focos. De hecho, puesto en la foto de los ministros de Hacienda de la Concertación, Velasco podría inscribirse como el más impermeable de todos a los coqueteos e ingratitudes de la política... Aunque quizás, dado que es humano, en su caso la procesión va por dentro.
Como sea, en momentos en que el país ya entró a un año electoral que muchos definen como el más crítico de la Concertación y mientras el mundo aún sufre las andanadas de la crisis económica más feroz de las últimas ocho décadas, Velasco no pierde el foco. Lo suyo, está claro, es blindar la economía contra los azotes externos. De hecho, pocos días después de que esta entrevista tuviera lugar, se le vio escoltando a la presidenta Bachelet el día del anuncio de un nuevo plan económico, esta vez enfocado en el crédito a las pymes.
Hacemos ver el punto, porque ilustra a la perfección al personaje. En efecto, la entrevista se realizó tres días antes de los anuncios, en un entorno inusual que no permitía anticipar que él y su equipo estaban de lleno diseñando ese conjunto de medidas: la terraza del Starbucks de Alonso de Córdova a eso de las 9 de la mañana. El ministro, probablemente después de su trote matinal, caminó desde su casa hasta el local, chaqueta al hombro. Allí disfrutó un caffé latte, saludó efusivamente a conocidos (como el escritor Rafael Gumucio y el director espiritual de The Clinic Patricio Fernández) y conversó con Capital.
-Ministro, citando a Felipe Lamarca, hay una frase que dice: “las prisas pasan, las cagadas quedan”. ¿Es posible que frente a las actuales urgencias económicas se pueda reaccionar en exceso, regulando más allá de lo prudente?
-Parto por hacer una distinción entre Chile y el resto del mundo, porque las situaciones son radicalmente distintas. Si bien en el mundo avanzado hay una crisis financiera y bancaria, en Chile eso no sólo no existe, sino que recientemente las agencias de rating subieron la clasificación de los principales bancos y a la República como un todo… Así, mientras otros bajan, Chile sube en solidez financiera.
La segunda distinción tiene que ver con la naturaleza misma de los sistemas financieros. Si hay un mercado ue se distingue por necesitar más vigilancia y más supervisión, ese es el mercado financiero y eso es algo que ciertamente no descubrimos ayer. Es una de las lecciones obvias de la crisis del 82, es una de las lecciones obvias de muchos otros remezones financieros de la década del 90 y es una lección relativamente evidente de lo que pasó en los últimos años en Estados Unidos y Europa. Ahora, enfatizo el punto de los mercados financieros, porque esas lecciones obvias no corresponde aplicarlas a rajatabla a otros mercados. Como decía Patricio Meller, el mercado de los préstamos no es el mercado de las papas.
-Pero más allá de lo obvio, lo cierto es que hubo una falla masiva del Estado y los privados, y que el tema del rol de cada uno está sobre el tapete.
-Indudablemente, hubo una falla regulatoria masiva. No se entendieron las implicancias de un conjunto de activos nuevos cuyo precio era difícil de fijar. Allí donde los reguladores debieron estar alerta no lo estuvieron. Fallaron también otras instituciones cuyo rol es tocar las campanas de alarma. Por ejemplo, las clasificadoras de riesgo privadas, que hasta poco antes de que reventara la crisis daban a algunos de estos activos tóxicos clasificaciones muy altas. Y fallaron los privados porque sus estructuras corporativas, sus modos de remunerar ejecutivos y los incentivos de los intermediarios financieros los hacían demasiado propensos al riesgo y creaban muchas veces conflictos de interés con los accionistas pasivos, no controladores. Eso ha quedado en tremenda evidencia, incluyendo el último bono de AIG.
-Si uno quisiera buscar culpables esos son, pero lo que está en juego ahora es cómo se ponen las dosis de remedio adecuadas pero sin trabar el fluido movimiento de los mercados... Es algo que está en la agenda del G20.
-Yo no creo que la prioridad número uno del G20 deba ser rediseñar hoy el sistema financiero del futuro. Y digo esto no porque no sea crucial (claro que lo es), sino porque hay otras prioridades más urgentes. Cuando hay un terremoto, primero corresponde llegar al lugar y salvar a las víctimas. Más tarde habrá tiempo para repensar los códigos de construcción y las exigencias estructurales. La prioridad hoy del G20 debe ser coordinar una respuesta macro a la tremenda caída de la demanda y del comercio internacional, que no tiene precedentes desde la II Guerra o acaso desde la Gran Depresión. Eso implica coordinar la respuesta fiscal de un conjunto heterogéneo de países, en donde hay algunos que han hecho políticas fiscales contracíclicas –como Chile–, y otros que tienen tremendos superávit, pero que no han actuado contracíclicamente.
Lo segundo que debe hacer el G20es coordinar políticas para estabilizar los sistemas financieros de modo que el crédito vuelva a fluir dentro de los países y entre países… Chile está en una situación privilegiada, porque tiene muy baja deuda pública y alta liquidez, pero hay muchos países emergentes que no están en esta situación y que se van a ver afectados por la falta de liquidez.
Y tercero, el G20 debe dejar muy claro que se rechaza el proteccionismo en todas sus formas… financiera y comercial. Esto es un asunto candente en los países avanzados. En momentos en que el comercio internacional se está contrayendo, añadir barreras comerciales sería muy nocivo.
-¿Es el modelo de mercado, el capitalismo, el que quedó malherido? ¿Podrían recobrar vida teorías que estaban en los estantes y que propugnan más Estado?
-Creo que una afirmación planteada a ese nivel de generalidad no es especialmente reveladora ni útil. Vuelvo a la idea inicial: hay mercados y mercados. Obviamente existen áreas donde se necesita la activa participación del Estado para regular y controlar riesgos. Es el caso de los mercados financieros, en donde esta crisis nos ha permitido sacar como lección adicional que la muy necesaria supervisión no debe limitarse al crédito bancario, porque hay muchas otras instituciones que no son bancos y que en los hechos extienden crédito. Ahí, indudablemente, hace falta algún grado de supervisión y transparencia.
Hay también otro papel para la política pública que a mi juicio ha sido insuficientemente discutido en Chile, pero que en estos días no puede estar más sobre el tapete: la política pro competencia. Los mercados funcionan bien cuando hay competencia. A veces se da sola y a veces hay que garantizarla por la vía de la fiscalización. En Chile hemos dado pasos tremendos en esta materia y el asunto de las farmacias lo deja muy en claro. Aquí nos estamos acercando a las mejores prácticas de los países desarrollados que tienen autoridades pro competencia con músculo. En Chile las tenemos y las vamos a tener aún más cuando se apruebe el proyecto de ley que está en el Congreso…