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Artículo correspondiente al número 255 (26 de junio al 9 de junio de 2009)
No sólo problemas sanitarios y financieros carga en sus espaldas la industria salmonera. La cuenta de pasivos también arroja una deuda pendiente con la comunidad local, celosa del impacto que tuvo esta floreciente industria –y su batallón de nuevos ejecutivos- en sus costumbres, tradiciones y medioambiente. Los aludidos reclaman estigmatización, pero reconocen que en el futuro algo tendrá que cambiar. Por Cristian Rivas (en Santiago) y Maria Eugenia Gonzalez (desde Puerto Montt
Ocurrió hace pocos días: el empresario Mario Montanari formuló varias autocríticas a la forma en que las compañías salmoneras y sus ejecutivos se han relacionado con el entorno de las regiones sureñas donde operan. Al salir del último directorio de SalmonChile, gremio que agrupa las principales firmas del rubro, dijo que había que pensar en una nueva forma de hacer salmonicultura, basada en mejores sueldos y condiciones sanitarias y, sobre todo, involucrarse más con las comunidades.
“Así, cuando un día de lluvia pasemos por un camino de tierra en nuestras camionetas y veamos a una señora caminando, nos detendremos y la llevaremos”, fueron las palabras que usó a su salida del Hotel Meliá en Puerto Varas.

Aunque para muchos la cita no refleje más que un bien entendido sentido común, resume de manera muy gráfica uno de los principales cargos que se hacen a los principales ejecutivos que emigraron –desde hace más de dos décadas– a la zona sur para desarrollar esta pujante industria. Se dice que con ellos llegó todo un cambio socio-cultural respecto a la relación que había antes en la zona, donde la agricultura, la ganadería y la pesca eran las principales actividades económicas, con una elite constituida principalmente por inmigrantes alemanes con quienes se compartía de tú a tú.
Se habla de gerentes que, además de hacer empresa, crearon sus propios barrios, colegios, clubes y centros de esparcimiento, y se desenvolvieron dentro de este “ghetto”, sin darle importancia a una relación más estrecha con la comunidad originaria. Esto mismo, al final, llevó a que la industria no lograra compenetrarse plenamente con su entorno ni con el resto de las actividades que también venían creciendo en esas regiones, como el turismo. Más bien, ocurrió lo contrario: crecieron diferencias y enemistades que, con el tiempo, han tomado incluso más fuerza.
La defensa del sector habla de una actividad económica que fue capaz de empujar aceleradamente a una zona alicaída, aportando mayor empleo y con él, más consumo y crecimiento de las ciudades. Dicen que en el mismo lapso de tiempo en que la industria pasó de cero a 2.000 millones de dólares en exportaciones, Puerto Montt creció de 70 mil a 175 mil habitantes, con más de 50 mil puestos de trabajo asociados directa o indirectamente a esta actividad.
Pero la visión en la comunidad local no es siempre la misma. Un breve recorrido por el centro de la capital regional basta para darse cuenta de que, si bien se reconoce el adelanto que ha traído este quehacer a la región, también hay percepciones menos positivas en la retina de las personas e, incluso, una marcada imagen de arrogancia. No faltan quienes recuerdan las declaraciones que emitió a comienzos del año pasado el presidente de SalmonChile, César Barros, cuando dijo que si desapareciese la salmonicultura, Puerto Montt volvería a la prehistoria, con lo que se ganó el reproche de un amplio espectro de habitantes sureños. “Si desaparece la salmonicultura, esas regiones vuelven a la Edad de Piedra, Puerto Montt volvería a ser Muerto Montt, capital de la Pésima Región”, fue la cita textual que utilizó en ese entonces el representante gremial.
Edificando muros
El estilo de vida de los empresarios y altos ejecutivos salmoneros no ha pasado inadvertido en el sur. Lo primero que comenta la gente en Puerto Montt es que mientras en el pasado las distintas clases sociales solían mezclarse en lugares como el banco o la plaza, el salmonero tendió a crear espacios propios. Así, mientras para los alemanes vivir en el centro de las ciudades era un avance y una comodidad, porque permitía estar más cerca de colegios y oficinas, la elección de los salmoneros fue por las parcelas de agrado, lo que se convirtió en una de las primeras fuentes de alejamiento.
La zona elegida por la mayoría fue Puerto Varas, rebautizada localmente como Salmon Hill. En los alrededores de esa ciudad –camino a Ensenada, a orillas del lago Llanquihue, Molino Viejo o camino a Alerce–, fue donde se vieron los cambios más significativos. Es por eso mismo que la ciudad a orillas del lago fue la que creció más rápidamente y atrajo la llegada de tiendas exclusivas.
Otro tanto ocurrió en Chiloé con el sector de Nercón, entre Castro y Chonchi, donde proliferó la construcción de viviendas de alto estándar, con valores por sobre los 130 millones de pesos.
La educación fue un tema que también provocó distancias. Los colegios alemanes y los de congregación, fueron –y son, por tradición–, donde se educan las elites sureñas. Sin embargo, el mundo salmonero se vinculó a otro colegio, el Puerto Varas, que ellos mismos fundaron en 1995 y del que siguen siendo parte del directorio. Aunque en esto puede haber mucho de mito, los locales ironizan con que la creación de este colegio fue para “evitar que sus hijos tomaran el típico acento sureño cantadito”. No obstante, ejecutivos de la industria que formaron parte en su creación dicen que fue únicamente porque no había capacidad instalada para la llegada de nuevos alumnos a las instituciones que ya existían.
También en 1995 surgió un instituto de similares características en Aysén, la otra región donde se desarrolló fuerte la salmonicultura. El Colegio Santa Teresa fue creado gracias a la donación de salmoneras emblemáticas como Friosur (ligada a la familia Del Río), Pesca Chile (de capitales españoles) y Salmones Antártica (de origen japonés), que aportaron el capital inicial para la compra del terreno y su edificación. Allí, los ejecutivos salmoneros también formaron parte del directorio de la fundación que administraba la entidad.