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Artículo correspondiente al número 255 (26 de junio al 9 de junio de 2009)
La aparición de nuevas actividades también marcó la diferencia en la nueva élite local. Los salmoneros incentivaron deportes como el golf, el running, el ciclismo aventura y el esquí. Aquí sobresale el club El Alba, que surgió en 1991 y tiene entre sus socios fundadores a Jaime Donoso (D&A Representaciones Acuícolas), Juan Vergara (gerente general de Prona) y Arturo Clement (gerente general de Multiexport).
El salmonero también se asocia a lugares específicos de entretenimiento. En Puerto Varas el más conocido es el Pim´s, lugar que ha sido testigo de varios conciertos de rock y amenizado por bandas “salmoneras”. Es el caso de Anadromus, una de las más conocidas, que está íntegramente formada por ejecutivos de diversas empresas de esta industria.
El antes y el después
Sergio Martínez es un reconocido consultor de la producción salmonera. Hizo sus maletas a fines de los 80, cuando emigraron a Chiloé unos 30 ó 35 gerentes para hacerse cargo del inicio de actividades de varias empresas. En su caso, se trataba de Antarfish, por ese entonces controlada por la familia Simonetti y otros socios. Cuenta que en ese ámbito se está plenamente consciente de que no se logró establecer relaciones y se produjo un alejamiento muy grande entre muchos de los ejecutivos que llegaban y la gente regional. Pero esto no siempre fue así.
Recuerda que al comienzo la relación fue muy estrecha y los primeros ejecutivos que fundaron la industria en terreno tuvieron una vinculación particularmente cercana. Por eso, diferencia entre los que arribaron al inicio de esta nueva actividad y los que llegaron en una segunda ola, cuando lo principal ya estaba construido. Estos últimos se mostraron mucho más distantes y menos proclives a establecer lazos, principalmente por las exigencias que traían desde Santiago en cuanto al cumplimiento de metas.
“La relación de ellos con el entorno era muy leve y poco relevante, porque estaban preocupados de producir… y parte importante de los problemas que están viviendo hoy es consecuencia de esta falta de integración con una cultura que es totalmente distinta”, explica el director de Pedagogía en Historia de la Universidad San Sebastián en Puerto Montt, Pablo Fábrega.
Las disparidades –añade– pasan por el hecho de que en un comienzo todos experimentaron urgencias. Quienes llegaron al sur necesariamente tuvieron que luchar para que en sus empresas hubiera electricidad, agua y otros servicios básicos, lo que de paso también llegó a las comunidades vecinas. Eso les ayudó a entablar relaciones más cordiales con los lugarños, lo que incluso se tradujo durante algunos años en varias actividades sociales como las olimpíadas que se desarrollaron a mediados de los 90, en que participaban ejecutivos, trabajadores y gente de la comunidad.
El cambio vino después. Las empresas entraron en una segunda fase de industrialización, con mayor crecimiento y una ola de fusiones, lo que hizo desaparecer esta relación y privilegió los resultados. “La gran razón del alejamiento entre la industria y su entorno fue la frase reducción de costos que apareció a comienzos de esta década y que hizo que los ejecutivos se sumergieran hacia el interior de las empresas”, recalca.
Gerardo Saldes es otro de los ejecutivos que se instalaron en el sur. Llegó a Puerto Montt en 1986 como parte de la firma Robinson Crusoe. Dice que en su caso también hubo una relación estrecha, pero más que nada con sus trabajadores. Reconoce que mucha gente que no estaba en ese ambiente lanzó críticas hacia las compañías y sus ejecutivos, pero que mucho de lo que se ha dicho es parte de una “estigmatización”, a la que no hicieron frente adecuadamente.
De hecho, el gerente general de Multiexport, Arturo Clement, identificándose como sureño, cree que, desde un punto de vista más bien sociológico, muchas personas a nivel local “tienen complejos” con lo foráneo, y el hecho de que hayan llegado tantos afuerinos les genera suspicacias y envidias.
Poca RSE
Parte importante de esta estigmatización también tiene su origen en que la zona cuenta con precedentes anteriores de empresas que aterrizaron y no se dedicaron más que a producir y producir. Incluso, más allá de la cuenta. A mediados de los 70 llegó a la zona un contingente importante de compañías extranjeras dedicadas a la extracción de distintos tipos de especies autóctonas, como choritos, almejas, machas y hasta centolla, que por ese entonces se reproducía de manera importante en los canales interiores de la Décima Región.
La imagen que quedó de esta primera ola industrial es que se hizo una sobreex-plotación de recursos –pues sus instalaciones se movían fácilmente de un área a otra–, sin pensar en su renovación, para luego abandonar las operaciones.
La experiencia lleva a que ahora se eche de menos de parte de la industria una dedicación mayor por el fortalecimiento de las relaciones con la comunidad, y pese a que en varias empresas reconocen que han dedicado muchas horas y esfuerzo a temas de responsabilidad social empresarial –“más que varias otras industrias”, dicen– todavía hay cuestiones que no se explican. Un conocido párroco cuenta que las empresas salmoneras siempre se han mostrado distantes a la hora de solicitarles ayuda. Afirma que, hace un tiempo, para pintar su iglesia optó por recurrir a empresarios de Santiago, porque en Puerto Montt no encontró eco a su petición.
En la misma línea, otros como el ex presidente de la Cámara de Comercio de Puerto Montt y dueño del restaurante Club de Yates, Eduardo Salazar, califican la relación con el mundo salmonero como muy lejana. “A pesar de que realizamos varios intentos por acercarnos, incluso hace como dos años los llamamos para ponerlos en contacto con unos importadores de Rusia que querían comprar salmones nunca nos devolvieron los llamados”, se queja.
Por esto, las palabras de Montanari con que partió este artículo tienen hoy más que nunca su razón de ser. Todos concuerdan en que la industria es capaz de levantarse de la grave crisis financiera que vive como consecuencia del virus ISA –con deudas que sólo con la banca superan los 2.500 millones de dólares–, pero la siguiente etapa necesariamente tiene que traer cambios. Además de un mayor acento en lo sanitario-ambiental, también tendrá que traducirse en un mayor acercamiento con el medio en que conviven. Sólo así podrán volver a ser productores relevantes en el mundo.