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Artículo correspondiente al número 228 (16 al 29 de mayo de 2008)
Jonathan Schwartz asumió como CEO de Sun Microsystems cuando la empresa atravesaba una gran crisis. No ha sido fácil superarla y repuntar, pero los últimos resultados avalan su gestión, caracterizada por un estilo particular que lo ha transformado en una de las figuras más respetadas de la industria tecnológica. Por Daniel Trujillo Rivas, desde Silicon Valley.
Si algo debe caracterizar a los mandamases emblemáticos de las principales compañías tecnológicas es que, junto con ser visionarios, han de poseer un carisma especial, una identidad, un nombre que resuma la visión de la empresa. Microsoft fue, es y será indisoluble de Bill Gates y su estampa de nerd, sumada a su talento genial para diseñar software y su instinto depredador para los negocios; Oracle es lo que ha sido en gran medida por los trajes Armani y la lengua filosa de Larry Ellison; para qué hablar de la simbiosis cool que existe entre Apple y Steve Jobs o del fenómeno sociológico con ribetes mesiánicos ue hoy es Google, delineado bit a bit, en el plan para conquistar el mundo de la dupla que forman “Pinky” Sergey Brin y “Cerebro” Larry Page.
Desde sus inicios, Sun Microsystems fue una empresa innovadora, con buenas ofertas de valor y una plataforma tecnológica de alta calidad. Nadie medianamente informado negaría que sus sistemas operativos le dan cancha, tiro y lado a los más usados, o que sus servidores ofrecen un alto performance, son confiables y eficientes, ni desconocería que hoy es imposible vivir sin Java en el mundo global.
Sin embargo, después de alcanzar la cima cuando lo que importaba era únicamente la tecnología, allá por los primeros años 90, la empresa de Palo Alto inició un descenso en picada en el que se hacía evidente su falta de un líder carismático, un inspirado que bajara del cielo para guiar al pueblo del Open Source en la travesía hacia la tierra –nicho de la industria– prometida. Okey, estamos de acuerdo en que su fundador, Scott McNeally, estará en los libros de historia como alguien que supo ver el futuro de las tecnologías de la información cuando éstas eran lo que hoy es para nosotros la conquista de Marte. Pero estamos hablando de otra cosa, de algo tal vez indefi nible pero que, sin duda, posee su sucesor, Jonathan Schwartz.
En abril de 2004, McNeally no terminaba aún de vociferar su discurso anti Bill Gates, obsesionado por ganar en los tribunales lo que no era capaz de conseguir en el mercado, cuando el directorio de la empresa que creó en el seno de la Universidad de Stanford dio un golpe de timón, obligándole a tragarse sus cacareados principios y a aceptar un jugoso cheque por 1.600 millones de dólares, firmado por su archienemigo, el inefable CEO de Microsoft, Steve Ballmer; deponer las acciones legales y entregar las llaves de su oficina… Para entonces, Sun completaba un par de años de pérdidas sostenidas y gastos en investigación y desarrollo por más de 2.000 millones de dólares anuales que no servían para nada. Entonces, un extraño de pelo largo se hizo cargo de una empresa que había extraviado el norte.
La primera vez que coincidimos con Jonathan Schwartz, semanas antes de suceder a McNeally, parecía deseoso de decir algunas cosas por su nombre pero prefería quedarse calladito, a la espera de que pasara el chaparrón, aun cuando reinaba a sus anchas en la única provincia del imperio Sun que no estaba en crisis: el área de software energizada por el sistema Java, cada vez más imprescindible en celulares y la web.
Ya entonces actualizaba religiosamente su blog cuando tener uno era excéntrico. Sin meterse en las patas de los caballos, Schwartz peinaba su largo cabello con una coleta adolescente y cultivaba un estilo sencillo, amable y afectuoso, muy diferente al de su jefe. Cuatro años después volvimos a encontrarnos con el mismo hombre y su mismo peinado, la misma sonrisa llana y el mismo ímpetu blogero, del cual en el intertanto ha hecho un arma de negocios, un estilo de gestión y liderazgo y un paradigma de comunicación eficiente. Cuando Jonhatan Schwartz escribe, todo el universo tecnológico pone atención, toma nota, se prepara y aprende. Genio y figura, hizo lo que parecía imposible, reflotó a Sun, y se transformó en el icono que la empresa merecía tener.
-Permítame decirle que da gusto ver que Sun ha cambiado desde que usted está a cargo. No sólo está revirtiendo los malos resultados, sino que parece haber recuperado su alma. ¿Cuál diría que ha la clave para lograrlo?
-Me alegra que lo note. Pero yo diría que el alma de la empresa sigue siendo la misma: nuestra capacidad de inventar tecnologías que mejoren las redes computacionales y potencien todos los sistemas, lo que en dos palabras significa que, a través del mundo, 3,3 billones de personas cuentan con teléfonos celulares cada vez más complejos y eficientes, por ejemplo. Lo que sí ha cambiado dramáticamente es nuestro foco en comunidades y desarrolladores, con quienes trabajamos mano a mano. Los desarrolladores ya no compran cosas, sino que unen cosas, para diseñar mejores herramientas para los usuarios. En este periodo también hemos sido capaces de entendernos mejor y colaborar con otros actores relevantes de la industria, y ello redunda en que nuestra oferta de valor es mucho más defi nida y clara. El verdadero cambio en los últimos dos años ha sido saber trabajar con el ecosistema de desarrolladores, desde estudiantes hasta partners que integran tecnología de otras empresas, empoderándolos con una visión de negocios centrada en entregar un servicio integral, en el cual nuestros productos tienen un rol fundamental.