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Artículo correspondiente al número 205 (01 al 14 de jun 2007)
El destacado economista chileno, profesor de la UCLA, se aparta de las cifras macro y entra con su primera novela al mundo del espionaje. Su relato toca fibras sensibles de la política continental de las últimas décadas y ya ha tenido réplicas.
Por Marcelo Soto; foto, Enrique Stindt.
Imaginen los años 70. Un grupo de estudiantes de economía de la Universidad Católica intenta descifrar El Capital, de Karl Marx. La traducción es pésima y nadie entiende nada (por suerte). Alguien entonces propone lo imposible: leer el mamotreto en su idioma original, pese a que ninguno sabe alemán.
Uno de esos alumnos era Sebastián Edwards. “Sí, aprendí marxismo con Marta Harnecker”, reconoce hoy. “Me causa risa decirlo, pero tratamos de leer El Capital en la edición germana. Yo me conseguí un diccionario, pero al cabo de unos días me di cuenta de lo inútil que era”.
Cuatro décadas después, Edwards es profesor en la Universidad de California - Los Angeles (UCLA). En sus clases defiende el liberalismo y da entrevistas criticando las opciones populistas. ¿Cómo Sebastián Edwards se transformó en Sebastián Edwards? Algunas de las respuestas están en El misterio de las Tanias, la primera novela de este académico, uno de los más destacados en su disciplina a nivel del continente.
En su debut narrativo, el autor plantea una tesis que sin duda va a irritar –y ya lo está haciendo– a la izquierda más retrógrada: la existencia de agentes del castrismo, mujeres guapas y talentosas, infiltradas en las altas esferas de los países latinoamericanos.
“En una conversación con amigos, surgió el tema de Tania o Tamara, la espía que se infiltró en Bolivia para ayudar al Che Guevara en la guerrilla de 1967”, cuenta Edwards. “No recuerdo quién me contó la historia, pero inmediatamente me obsesioné. Empiezo a investigar y para mi sorpresa nadie había escrito sobre el tema”.
-Pero hay biografías sobre Tamara.
-Claro, sobre ella hay libros y libros, una literatura enorme, una infinidad de sitios web, pero la noción de que era una espía entre muchas otras no existe. O sea, la idea de que hubo varias Tanias, en muchos países, nadie la había planteado. Para mí, resultaba increíble. Sobre todo a partir de los cuatro de Cambridge, esos aristócratas ingleses que eran espías soviéticos. Uno de ellos era amigo de Graham Greene, y muchos plantean que no eran cuatro, sino cinco. ¿Dónde está el quinto?
-La película El buen pastor, de Robert DeNiro, trata sobre este asunto, la doble vida de los espías. ¿La viste?
-Sí, por supuesto. En esa cinta aparece el tema de la mediocridad de los servicios secretos. En mi libro, el narrador entrevista a un ex espía argentino que cuenta cómo los antecesores de la CIA estaban totalmente desinteresados en América latina y eran unos diletantes que lo único que les interesaba era jugar el polo y comer beef.
-No existen muchas novelas latinoamericanas de espías, ¿por qué quisiste probar este género?
-En Nuestro hombre en La Habana, de Greene o El sastre de Panamá, de Le Carré, los latinos son los malos, de mostacho, guayabera, narcotraficantes, torturadores. Pero en mi novela es al revés. Los que investigan, los inteligentes y los que resuelven el problema son latinos, son chilenos: quise escribir una novela de espías en la que los latinoamericanos no son tontos, quizá un poquito amateurs, pero al final resuelven enigmas.
1.MI NOMBRE ES TAMARA
Antes que nada, un poco de historia. A fines de los 90 fueron trasladados a Cuba los restos de Tania, la famosa guerrillera que murió en 1967 durante la incursión del Che Guevara en Bolivia. Tania en realidad no era Tania, sino Tamara. Aunque su nombre oficial era otro. Eso no importa. Lo que importa es que Tania, o mejor dicho Tamara, era la esposa de un importante empresario de La Paz y tenía relaciones de amistad con jerarcas políticos y militares bolivianos.
Hasta antes de ser descubierta, ella había sido la espía perfecta. Por años se había hecho pasar por alguien que no era. Pero cambió vida, dejó novio y futuro en Alemania y se integró a la clase alta boliviana, esperando pacientemente que la revolución cubana pidiera sus servicios. En 1967 fue llamada a colaborar como enlace de la guerrilla de Ernesto Guevara. Por un error de principiantes, la policía logró identificarla y debió unirse al grupo armado. Murió poco después, en una emboscada, en un río, en la selva.