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Dicen que esta, la decimaquinta economía del mundo, esta llamada a encabezar un nuevo bloque BRIC. Con un 3% de su territorio en el viejo continente y el resto en Asia, esta nación, que ha albergado tres imperios a lo largo de los siglos, es un puente natural entre occidente y oriente: uno que, mas allá de lo cartográfico, puede hacer dialogar a dos universos culturales. Texto y fotografías, Roberto Sapag.
Como pocas, esta des- comunal urbe de 16 millones de habitantes irrumpe con violencia por la ventanilla, arrojándole al pasajero un enjambre impresionante de minaretes que emergen desde cientos de mezquitas, hasta agujerear el cielo. Basta hacer el ejercicio de difuminar la vista y embriagar la conciencia para sentirse en otro siglo.
Sin embargo, es el siglo XXI y es Estambul, no Bizancio ni Constantinopla. Una ciudad que es la puerta de entrada y emblema de una nación en que hace rato no se combaten cruzadas, sino que se libra una campaña nacional por conquistar posiciones de vanguardia en el mapa económico mundial.
Turquía, la nación con que Chile acaba de suscribir su más reciente TLC, está número 15 en la tabla de posiciones económicas a nivel planetario y podría alcanzar hacia 2050 el noveno lugar del orbe, según Goldman Sachs. Hablamos de una economía pujante, crecientemente industrializada, que aspira ingresar a la Comunidad Europea y que muchos ya califican como “la nueva China” o la futura columna vertebral del nuevo bloque BRIC que, sin duda, emergerá cuando los actuales Brasil, Rusia, China e India se ralenticen.
Fuimos a Estambul, conversamos con su ministro de Comercio Exterior, recorrimos sus calles y navegamos por la garganta del Bósforo, todo lo cual nos permitió palpar una ciudad que, a diferencia de lo que dice el Premio Nobel Orhan Pamuk en su libro Estambul, no trasunta amargura, sino más bien un empuje que le permitirá romper amarras.
Pasado, presente y futuro
Una de las cosas que sorprenden al recorrer como peatón las sinuosas calles de Estambul es la aparente naturalidad con que conviven fenotipos culturales variados. Conversando animadamente se puede ver a mujeres cubiertas de riguroso negro y a otras con ceñidos jeans, iPod en ristre y uno que otro loco peinado nuevo.
Aunque no nos pareció que abundaran, también es posible ver por las calles de Estambul ejecutivos tipo banco de inversiones que, eso sí, a la hora de almuerzo no salen a zamparse un hot dog, sino que a degustar un té oscuro y a fumar narguilé en privadas plazoletas, al tiempo que hojean la última edición del Fortune 500 Global. Un rito simplemente alucinante que progresa a la misma velocidad con que las brasas consumen el tabaco.
La religión, hasta donde pudimos registrar, no se vive con dramatismo. Se podría decir que sin miedo a Dios ni a los fanáticos de Dios, los fieles turcos del Islam (el 99% de la población) pueden aceptar con libertad la invitación a rezar que cinco veces al día se formula con potentes altavoces desde las mezquitas. Quienes necesiten hacer contacto con su fe simplemente ubican los lugares apropiados (a veces, una vereda al costado de un templo) y se inclinan hacia la Meca. Quienes tengan otras cuitas que atender, siguen sin hacer melodramas con su tranco.
Ya lo dijimos, pero lo reiteramos: Estambul dista de ser una urbe cuadriculada, como las que conocemos por estas latitudes. Sus serpenteantes bordes costeros (europeo y asiático) envían un urgente mandato urbano al resto de la ciudad, que alberga casi sin aspavientos un patrimonio histórico invaluable. La metrópoli, de hecho, estará de gala en 2010, año en que ostentará el título de capital cultural europea.
Con vistas a esa conmemoración, hoy son muchos los monumentos que están siendo remozados, cuestión que –digamos de paso– obliga al visitante a marchar atento porque, de lo contrario, puede ocurrir que se esté tomando sombra a los pies de una columna con 17 siglos de historia sin percatarse, como casi nos sucedió.
En fin, tras paladear Estambul por casi una semana, se termina decantando la idea de que esta enorme ciudad no sólo se levanta sobre muchas capas de civilización, sino que también está pujando por entrar al galope a la modernidad. Ya sea en sus palacios de Topkapi, Dolmabahce y Ciragan repletos de turistas; navegando por el transitado Bósforo; en la imponente Mezquita Azul o en la ecuménica y conmovedora iglesia-mezquita de Santa Sofía, o en los comerciales Gran Bazar y Mercado de la Especias, Estambul destila pasado y palpita futuro.

Dos puentes, un mundo
Sobre el Bósforo hay dos puentes: uno de 1973 y otro de 1988 que, sencillamente, se denominan Primer Puente y Segundo Puente. Anclados en Europa y Asia, se podría decir que ambas estructuras simbolizan la fusión de dos mundos que se produce en esta ciudad. Por algo se dice que es aquí donde el sol sale y se pone simultáneamente en Europa y Asia.
Turquía, bajo la conducción de Mustafá Kemal Pashá (más tarde distinguido como Atatürk o padre de los turcos), tomó una decisión laica y occidental a principios del siglo pasado. Quien fuera fundador y primer presidente de la República de Turquía, no sólo hizo una destacada carrera militar, con un sobresaliente desempeño en Gallípoli, sino que planteó una firme opción por las reformas radicales, con acento en la secularización y la europeización del país. Tan claro tenía el camino que debía seguir Turquía, que en lo personal e institucional fue un firme promotor de los cambios.