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Artículo correspondiente al número 237 (17 de septiembre al 2 de octubre 2008)
Muchos creen que los más fuertes son quienes sobreviven. Craso error. En la naturaleza y en los negocios la supervivencia no es privativa de aquellos que hacen gala de su fuerza bruta. No: quienes perduran son los adaptables, los flexibles. Empresas Torre, una firma familiar oriunda de regiones que por estos días cruza la frontera de la tercera a la cuarta generación, lleva 120 años escribiendo su potente historia de crecimiento en un cuaderno de composición que tuvimos el privilegio de hojear. Como las compañías centenarias no abundan por estos lados, vale la pena revisar sus claves. Por Roberto Sapag; fotos, Enrique Stindt.
Haga el ejercicio y pregúntele a su abuelo si recuerda haber comprado cuadernos que traían láminas históricas de regalo. Pida a su padre que escarbe en su memoria a ver si encuentra la imagen de un cuaderno gris, con las tablas de multiplicar o el mapa de Chile en la contratapa. Repase si el que usted hizo repollo al terminar cuarto medio tenía la foto de una puesta de sol en la tapa. Vaya y revise la mochila de su hijo y vea qué personajes animados de la TV o de la computación dan vida a sus carátulas.
No es de ociosos que le pedimos este ejercicio. Es porque al hacerlo es posible que termine dando con un denominador: una de las empresas familiares de mayor trayectoria en el país y que en su recorrido por los negocios ha logrado mimetizarse con nuestros recuerdos. Hablamos de Empresas Torre, una firma fundada hace 120 años con otro nombre por inmigrantes alemanes y que, tras dar sus primeros pasos en la V Región, tendió redes al resto del país y hoy ostenta más del 50% del mercado en que participa, y exporta a una decena de países.
En la propiedad de la firma hay varios socios, aunque la mayor proporción del accionariado (sobre 70%) está radicado en la familia Mex, cuyas tercera y cuarta generaciones ocupan diversos cargos directivos y ejecutivos.
En el directorio están los hermanos Mex: Ernesto (74), Harald (77) y Bernardo (68); y en sus líneas ejecutivas, Verónica y Christian.
La historia de esta empresa es aleccionadora. Y lo es, porque cada una de sus decisiones estratégicas habla de olfato comercial, de adaptación y, por qué no decirlo, de premonición a la hora de diseñar la gestión y la forma de hacer los traspasos del mando.
Tome nota: esta empresa está cumpliendo 120 años en el mercado y ha tenido en el tiempo un devenir bastante ordenado. Eso no es algo que pueda tomarse a la ligera, máxime si se tiene en cuenta que quienes estudian con fines académicos a las empresas familiares han establecido que la barrera de la tercera generación de una empresa familiar es crítica; tanto, que en algunos países sólo entre un 10% y un 15% de las compañías de este tipo sobrevive hasta ese punto... El resto pasa a engrosar las tasas de mortalidad.
Conversamos con representantes de las dos últimas generaciones de los Mex que comandan la empresa y con ejecutivos de la compañía y descubrimos, no sin sorpresa, que para ellos esta historia recién comienza.
Ernesto Mex Luetjen, director de Torre, junto a su hermano Harald y a su sobrina Verónica, explican de entrada a Capital que tienen clara la herencia que les dejaron sus predecesores en la empresa. Dicen que no se trata de maquinarias o de terrenos. Incluso, extremando el punto, se podría decir que ni siquiera dentro de ese saco cabe el portafolio de marcas que administran. Para ellos la herencia que les dejaron los fundadores de la compañía se relaciona con una forma de hacer las cosas, la cual va desde cómo organizar la estructura de la sociedad hasta cómo relacionarse con los consumidores.
Tras conversar con ellos, sin embargo, nos quedó la sensación de que esa herencia tiene que ver también con cierto olfato comercial, con ciertos modelos de administración que les fueron transmitidos y que les han permitido a lo largo de más de un siglo de historia no sólo sobrevivir a las obvias crisis que marcan el devenir de un país, sino también alcanzar posiciones dominantes e internacionalizarse... Y todo, como veremos, a partir de un pequeño negocio instalado en Valparaíso por allá por 1888 por Ernesto Mex K. y Jorge Stahr.
El tercer Ernesto Mex, que nos recibió en la planta de la compañía en Quilicura, obviamente no tiene registro de esos primeros pasos de la empresa. Por eso, para reconstruir esos capítulos iniciales, echa mano a algunas anécdotas que le contó su padre y a documentos y registros históricos que aún perduran y que dan cuenta de aquella Sociedad Stahr y Mex, que inicialmente se dedicara a la compraventa de mercaderías de todo tipo (“hasta pianos”, dice), y que pronto mutaría a la producción de bienes.
Fue el ingreso a la propiedad de César Schauenburg, primero como trabajador y luego como socio, el que favoreció ese giro. Mex y Schauenburg, como pasaría a llamarse la empresa, tomó dos definiciones clave como unidad productiva: se enfocaría en los productos de papel de fabricación especial y se expandiría a la capital. Ambas determinaciones fueron, ingenuo sería negarlo hoy, tal vez las más decisivas en los orígenes de la empresa.
Don Ernesto Mex enfatiza que había mucho empuje en aquellos socios y apunta que esa cualidad probablemente está en el común denominador de todos los inmigrantes que prueban suerte lejos de su hogar. “De verdad creo que eso es algo que no tiene tanto que ver con una época, sino que con las personas que viajan de un país a otro a buscar fortuna. Usted ve ahora, por ejemplo, cómo trabajan los latinos en Estados Unidos para hacerse un espacio”, ejemplifica.
Como sea, a poco andar los hijos de ambos socios tomaron las riendas del negocio, fortaleciendo el área de impresión que había nacido luego de que un cliente en problemas pagara una deuda con un taller de litografía.
Los herederos también se hicieron cargo de otro reto, uno que habla de su olfato comercial, y que fue buscar una marca que fuera su caballo de batalla en el mercado. No lo discutieron mucho: como Schauenburg en español significa castillo o fortaleza, no hubo dudas en que la marca debía ser Torre.
Por aquellos años se uniría al núcleo duro de socios Félix Georgi, quien ingresó primero como ejecutivo y luego como propietario de un porcentaje. Para los Mex de hoy, este cambio de estatus de un ejecutivo que era valioso para la empresa confirma que hace casi un siglo los fundadores ya tuvieron la visión de sumar talentos por la vía de hacerles un espacio en la propiedad, algo que la jerga administrativa actual se denomina stock option.
“Para mí es muy claro que los fundadores querían integrar a los mejores trabajadores y que entre ellos mantenían las mejores relaciones. Don Félix trabajó codo a codo con mi padre y ambos estaban tan integrados que era todo un icono ver por décadas sus escritorios uno al lado del otro”, recuerda Ernesto Mex.
La Gran Depresión, las guerras mundiales y los rencores que surgieron en el mundo contra los alemanes fueron escollos que los fundadores de Torre debieron superar, forjando de paso el temple de Ernesto Mex Andwanter. “Mi padre dedicó toda su vida a la empresa. El era hijo único y, producto de la muerte de su padre, tuvo que comenzar a trabajar a los 17 años. Quienes trabajamos con él siempre vimos que lo hizo con gran entrega. Estuvo más de 70 años en la empresa, prácticamente hasta el día de su muerte a los 96 años, en 1995”, evocan hoy Ernesto hijo y su hermano Harald.